La guerra ha llegado oficialmente al espacio. En realidad, llevaba allí mucho tiempo, pero ahora EEUU ha decidido reconocerlo. El secretario de la Fuerza Aérea, Troy Meink, anunció el lunes que su país dispone de “armas de control espacial” en órbita, capaces de defender a sus fuerzas frente a acciones hostiles. No explicó cuáles son, cuántas hay ni desde cuándo están sobre nuestras cabezas. Ignoramos si las armas son cinéticas, láseres, inhibidores o sistemas capaces de aproximarse y manipular otros satélites. El tratado de 1967 no prohíbe todas las armas convencionales en órbita: prohíbe las nucleares y las de destrucción masiva, y veta bases, maniobras y ensayos militares sobre la Luna y otros cuerpos celestes. La vaguedad de Meink es deliberada: se anuncia la existencia del garrote, pero se mantiene oculto su tamaño.
Un día después, el administrador de la NASA, Jared Isaacman, pidió una colaboración más estrecha entre la agencia espacial y el Pentágono, para volver a la Luna antes de que lo haga China, según dijo. Ya no es solamente un desafío científico o tecnológico, sino una cuestión de seguridad nacional: Estados Unidos pretende regresar en 2028; China proyecta hacerlo en 2030. Isaacman teme que Pekín se adelante y ocupe las mejores localizaciones del polo sur lunar, donde existen zonas con iluminación casi permanente y depósitos de hielo indispensables para sostener una presencia humana prolongada.
La coincidencia de ambos anuncios liquida la retórica romántica con la que se ha presentado la exploración espacial. Ya no se trata de ampliar el conocimiento, descubrir los secretos del universo o llevar a la humanidad hacia nuevas fronteras. Se trata de llegar primero, controlar las posiciones estratégicas, imponer las normas y demostrar quién manda.
La NASA nació en 1958 como una agencia civil, separada de la estructura militar y consagrada a fines pacíficos. Esa división nunca fue absoluta: la tecnología de los cohetes procede de la industria militar, fue desarrollada por el ingeniero nazi Wernher von Braun, creador de las bombas V2 que arrasaron Londres, y rescatado por el ejército estadounidense. Durante décadas la NASA ha colaborado con el Pentágono. Pero hay un cambio de lenguaje muy significativo.
El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 fue concebido para evitar que la Guerra Fría trasladara al cosmos su arsenal nuclear. Prohíbe colocar en órbita armas nucleares o de destrucción masiva y veta las bases, maniobras y ensayos militares en la Luna. Pero no prohíbe expresamente todas las armas convencionales en órbita. Esa grieta jurídica, abierta hace casi sesenta años, permite que Washington pueda anunciar sus sistemas sin reconocer que viola (necesariamente) el tratado.
Tampoco EEUU ha inventado esta carrera. Rusia, China, India y los propios estadounidenses han desarrollado armas para cegar, interferir, capturar o destruir satélites. China derribó uno de los suyos en 2007 y Rusia hizo lo mismo en 2021, generando miles de fragmentos peligrosos. Los satélites militares llevan décadas guiando misiles, vigilando movimientos de tropas y garantizando comunicaciones. El espacio ya era una pieza esencial de cualquier guerra terrestre. La novedad es que ahora se reconoce como escenario bélico. Las protestas de Moscú y Pekín son pura hipocresía. Ambos reclaman desmilitarizar mientras desarrollan sus propios programas. Pero la hipocresía de unos no convierte en tranquilizadora la decisión del otro. El anuncio norteamericano pretende disuadir; pero puede acelerar lo que dice querer evitar. Si EEUU declara disponer de armas orbitales, ofrece a China y Rusia el argumento para desplegar sus sistemas y revelar lo que probablemente ya mantienen.
Una guerra espacial no quedará suspendida a cientos de kilómetros de altura, toda nuestra vida cotidiana depende de los satélites: navegación, banca, telecomunicaciones, meteorología, transporte, redes eléctricas y servicios de emergencia. Destruirlos no solo dejará al enemigo sin ojos y sin comunicaciones; también cubrirá algunas órbitas con nubes de basura capaces de inutilizarlas durante años. En el espacio, los restos de una escaramuza seguirían disparando contra todos mucho después de que termine la batalla.
Lo más siniestro del discurso de Isaacman es su descripción de la Luna como un aparcamiento con pocas plazas. El tratado del 67 establece que ningún país puede apropiarse del territorio lunar. Pero cuando las grandes potencias hablan de llegar primero a los sitios mejores, la diferencia entre controlar y apropiarse es mera semántica.
A lo largo de la Historia trasladamos la guerra de la tierra al mar y del mar al aire, y ahora la llevamos al espacio: hemos necesitado apenas seis décadas para convertir aquel “gigantesco salto para la humanidad” proclamado por Armstrong al pisar la Luna, en una posición avanzada que conviene conquistar antes de que lo haga el enemigo. Hemos llegado muy lejos, desde luego, pero no logramos escapar de nosotros mismos.














