La Marcha Verde, la mayor movilización de la historia de Marruecos, lanzado por Hassan II sobre las fronteras del Sahara Español.
Marruecos organizó lo de Ceuta. Puede discutirse quién diseñó la operación, quién dió las órdenes y qué sector del régimen se benefició más. Lo que no resulta creíble es que 72.000 personas atraviesen en dos días una de las fronteras más vigiladas de África, sin la colaboración marroquí. La avalancha no fue el resultado espontáneo de unos bulos en las redes sociales. Fue posible porque Marruecos la hizo posible.
Rabat ha demostrado que puede ocupar Ceuta sin disparar un tiro ni movilizar a su Ejército. No se ha producido una ocupación militar o jurídica, y la soberanía española se mantiene. Pero, un mes después, 8.000 inmigrantes continúan por las calles y plazas de la ciudad o acampado en sus playas. La vida cotidiana se mantiene alterada, los servicios públicos sometidos a presión inaguantable, se agrede a militares y policías en las calles, y los ceutíes sienten que el Estado no les protege, mientras medios afines al Gobierno los califican de racistas y fascistas. Si se trataba de desestabilizar la ciudad, la operación ha resultado un éxito.
Marruecos no ha necesitado mandar soldados. Le bastó con dejar que forzara la frontera una multitud desarmada que España no podía frenar militarmente, y que ha provocado una emergencia humanitaria que obliga después a negociar con el mismo régimen que permitió la entrada, para que acepte el retorno de los que llegaron.
Rabat crea el problema y luego colabora en su solución.

Camiones trasportan voluntarios marroquís de la Marcha Verde a la frotnera con el Sahara Español
Los hechos tienen un precedente obvio: la Marcha Verde organizada en 2975 por Hassan II. El padre del rey Mohamed movilizó 350.000 civiles y los lanzó contra la frontera, colocando a España ante el dilema de tener que disparar contra una multitud desarmada o abandonar el territorio. La marcha cruzó las alambradas, pero no avanzó hacia el interior: la Legión y otras unidades españolas protegían las posiciones defensivas y el terreno había sido minado. Hassan ordenó la retirada de los civiles tres días después, pero la operación alcanzó su objetivo. España aceptó negociar su salida y Marruecos acabó ocupando el territorio.
Cincuenta años después, Rabat ha vuelto a utilizar una masa de civiles para desbordar una frontera española. Esta vez no encontró delante a la Legión, sino a un Gobierno acobardado, empeñado en no señalar a quién abrió las puertas. La fórmula se había ensayado en 2021, cuando Marruecos permitió la entrada en Ceuta de miles de personas, en represalia por la atención médica prestada en España al líder Polisario, Brahim Gali.
La avalancha descuartiza la política diplomática de Sánchez. El giro sobre el Sáhara, todavía inexplicado, decidido sin consultar al Parlamento, se vendió como el inicio de una etapa de confianza, estabilidad y colaboración. España cedió el Sahara, sin pedir a Rabat garantías públicas sobre Ceuta y Melilla, las aguas territoriales, la inmigración o el respeto a las fronteras. Cuatro años después, la “relación privilegiada” desemboca en la mayor agresión sufrida por una ciudad española en democracia. Las contradicciones del Gobierno son insostenibles: Sánchez calificó lo ocurrido como “un ataque contra la integridad territorial, y si hubo ataque, tuvo que existir atacante. No es creíble que las 72.000 personas que se lanzaron sobre Ceuta lo hiceran espontáneamente.
Los ministros exculpan a Marruecos, agradecen su cooperación y evitan cualquier reproche al régimen. Albares ha llegado a explicar la crisis como consecuencia de los bulos difundidos en las redes. ¿Bulos de quién? ¿Promovidos para qué? ¿Quién consiguió que decenas de miles de personas entraran en Ceuta? ¿Quién permitió que llegaran hasta la frontera? ¿Quién ordenó a los agentes marroquíes no impedir su paso? ¿Y quién dispuso después que se volviera a cerrar el acceso? Un bulo no retira policías ni abre controles fronterizos. El Gobierno necesita a Marruecos para devolver a los que aún siguen en Ceuta y teme que una acusación explícita dificulte las expulsiones. Ese miedo es el que explica la exquisitez diplomática, pero también demuestra el fracaso de la política seguida hasta ahora. España necesita garantías de que Marruecos no volverá a abrir la frontera. Hay que dejar de mentir sobre lo ocurrido, y preparar una respuesta europea que convierta la repetición de esta operación en algo inasumible para Marruecos. La lección del 30 de julio es demasiado grave para esconderla tras los bulos.














