Sánchez terminó sus vacaciones en Lanzarote sin encontrar siquiera un momento para reunirse con el presidente de Canarias, el del Cabildo de Lanzarote o el alcalde de Teguise. Tres semanas alojado en una residencia oficial, rodeado de escoltas y atendido con recursos públicos, sin dedicar una hora a las autoridades del territorio que lo acoge. No existe ninguna norma que le obligue a hacerlo. Pero hay una lógica que pertenece a un ámbito anterior a las leyes: la lógica de educación, la cortesía y la sensibilidad institucional.
Fernando Clavijo ha preferido no convertir este nuevo desaire en una disputa personal. Dejó que fuera el portavoz del Gobierno, Alfonso Cabello, quien calificara de “sorprendente” la ausencia de cualquier contacto. Cabello preciso que lo más sorprendente no es que Sánchez no se reuniera con las autoridades de aquí, sino que decidiera mantener íntegras sus vacaciones “con la que ha caído en Ceuta”. Es una crítica razonable, pero Clavijo evitó hacerla personalmente. Una prudencia comprensible cuando uno se la juega con alguien capaz de supeditar sus decisiones a sus estados de ánimo. Más aún cuando resulta que Canarias espera aún que el Consejo de Ministros apruebe el decreto con los cien millones comprometidos para La Palma, la bonificación del 60 por ciento del IRPF y la autorización para utilizar más de seiscientos kilos del superávit. También están pendientes la cogestión de los aeropuertos (sea eso lo que sea), la financiación regional, en la que Canarias ha optado por el pájaro en mano, y la defensa de las RUP ante el nuevo presupuesto europeo. Clavijo necesita evitar que Sánchez le cierre las puertas de Moncloa, aunque Sánchez ni siquiera entreabriera las de La Mareta.
Por supuesto que el presidente tiene derecho al descanso, como todo hijo de vecino. También a pasar sus vacaciones donde crea oportuno y a preservar su intimidad familiar. No se le puede exigir que transforme su veraneo en un despacho permanente, pero si parece razonable recordarle que La Mareta no es su casa, sino una residencia oficial perteneciente al patrimonio público. Y Sánchez no visita Canarias como un turista anónimo que alquila un apartamento y desconecta el teléfono, sino como presidente del Gobierno español que se aloja en una propiedad del Estado.
Desde 2020 Sánchez ha convertido Lanzarote en su lugar habitual de descanso, en verano y ocasionalmente durante la Semana Santa o la Navidad. Sin embargo, esa reiterada presencia en tierra conejera no ha alimentado una relación institucional más fluida con las islas. Durante las vacaciones del pasado año recibió a Clavijo en el Cabildo de Lanzarote. Fue la única ocasión en que ambos se reunieron aprovechando una estancia de Sánchez en la isla. En 2024 también mantuvieron un encuentro, pero fue en La Palma. Con el entonces presidente Torres se reunió en 2021 en el castillo de San José. El balance no permite hablar de una costumbre: demuestra precisamente su excepcionalidad.
Este verano había razones poderosas para romper el tradicional autismo presidencial: Sánchez llegó a Lanzarote apenas un día después de pasar por Ceuta unas horas tras la mayor crisis sufrida jamás por la ciudad. Canarias conoce bien las consecuencias de que Marruecos utilice rehenes humanos -especialmente menores- como instrumento de presión. El Gobierno canario gestiona hace años una emergencia migratoria que ha desbordado su capacidad de acogida y ha provocado constantes enfrentamientos con el Estado. Pero ni siquiera esa situación justificó montar un encuentro con Clavijo. Sánchez ha demostrado demasiadas veces que la suya es una concepción radial del poder: los territorios existen para él cuando sus votos resultan imprescindibles. Cataluña dispone de interlocución, calendario, mesas y acuerdos negociados bilateralmente antes de ser aprobados. Canarias recibe promesas aplazadas de Consejo de Ministros en Consejo de Ministros y debe recordar continuamente que su fuero económico no es una concesión y que la lejanía supone costes reales.
La ausencia de encuentros es apenas un gesto. Pero los gestos revelan jerarquías, afectos y prioridades: Sánchez disfruta en Canarias de su clima, su tranquilidad y de una magnífica residencia pública junto al mar. Lo que parece interesarle bastante menos es Canarias misma. Puede venir a descansar sin resolver cada problema del archipiélago. Lo que no debería hacer es comportarse como si las islas fueran solo el paisaje de sus vacaciones. La Mareta está en Canarias, aunque durante tres semanas su huésped haya logrado que parezca una dependencia privada de La Moncloa, una extensión más del poder sanchista.














