Leonardo Donno, del Movimiento 5 Estrellas, es protegido por empleados del Parlamento italiano y por otros legisladores durante una pelea en el recinto de la Cámara de Diputados, en Roma, el 12 de junio de 2024.
Todos los días alguien insulta a alguien y eso sale por la tele, un ministro monta una bronca en las redes sociales, un personaje denuncia una conspiración, un periodista descubre una nueva amenaza para la democracia y una fotografía irrelevante se convierte en cuestión de Estado. Nunca antes se había discutido tanto y en un tono tan agresivo. Y, sin embargo, no recuerdo ninguna otra etapa de mi tiempo vivido en el que se haya debatido tan poco sobre lo que es importante.
Ocurre porque hemos dado por bueno un mundo en el que lo primero es protegerse del rechazo. Antes de decir lo que pensamos, calculamos cómo podría interpretarse y las consecuencias que cada una de esas interpretaciones podrían tener. No nos preguntamos si una idea es cierta, razonable o defendible, sino qué etiqueta puede colocarnos quien la lea o la escuche: machista, racista, fascista, comunista, homófobo, buenista, reaccionario, woke, españolista, nacionalista, pringado, mediopensionista o halterofílico.
No se trata exactamente de censura. Nadie necesita ya prohibir un artículo, secuestrar un libro o mandar la policía a cerrar una imprenta. Lo actual es preventivo y lo ejerce cada uno sobre sí mismo. Funciona mediante el miedo al aislamiento, a perder prestigio, amistades, oportunidades profesionales o la pertenencia a nuestra tribu. Uno aprende qué asuntos puede tocar, qué palabras debe utilizar y, sobre todo, qué conclusiones no conviene alcanzar. Por eso abundan tanto las advertencias previas. Antes de formular una opinión aclaramos que no somos racistas, machistas, fachas, bolivarianos ni enemigo de los animales. Después se introducen seis matices, cuatro excepciones y una condena ritual de todos los extremismos. Cuando por fin llega la tesis, está tan protegida por decorados innecesarios que apenas se distingue de lo que piensan los demás. Hemos optado por hacer que nuestro pensamiento comparezca ante los demás envuelto en plástico de burbujas.
Lo chocante es que toda esa prudencia expositiva que nos impide, por ejemplo, opinar públicamente que dedicarse a farmear aura es una pollabobada, convive sin trauma alguno con una agresividad extraordinaria en la manera de presentar nuestras filias y fobias. Que no son ideas, pertenecen más bien al registro de las sensaciones y sentimientos. Nos hemos acostumbrado a insultar a los políticos, convertidos en machangos que todo lo aguantan, y sobre los que descargar golpes sin demasiado riesgo. Se puede llamar psicópata a Sánchez, cleptómana a su mujer, indecente a Rajoy, inútil a Feijóo, fascista a Abascal, estalinista a la señora Díaz o sicario a Puente. Cada bando dispone de sus monigotes oficiales y golpear al de enfrente se ha convertido en la acreditación de fidelidad ante los propios.
Pero eso no tiene nada que ver con un debate, son más bien los gestos y actitudes de una ceremonia de pertenencia, como si todo fuera un partido de futbol. No exige revisar ninguna convicción ni afrontar ninguna duda. Basta con repetir las consignas adecuadas y mostrar desprecio por las personas convenientes. La agresividad está muy bien, siempre que se manifieste contra los adversarios establecidos por cada tribu.
Pero lo realmente heroico hoy no es insultar al dirigente del partido contrario, sino cuestionar una certeza del propio bando. Decirle a la izquierda que la pobreza no se resuelve con paguitas, que no toda desigualdad es fruto de la discriminación o que la inmigración –aún siendo absolutamente imprescindible- plantea complejos problemas de integración. O explicarle a la derecha que la nación no es una esencia sagrada, que la familia tradicional no fue siempre un paraíso y que el mercado produce abusos que no se corrigen espontáneamente. Es ahí donde empiezan las dificultades, porque discrepar del adversario da prestigio, pero incomodar a los tuyos despierta sospechas.
Las redes sociales han agravado esta tendencia a la auto vigilancia. Cada frase se separa de su contexto, se convierte en captura de pantalla y puede reaparecer años después como prueba de una culpabilidad retrospectiva. Ya no importa comprender lo que alguien quiso decir, sino encontrar la interpretación que permita condenarlo. La discusión pública se ha transformado en un proceso judicial permanente, con millones de fiscales buscando una palabra desafortunada y muy pocos abogados dispuestos a conceder el beneficio de la duda.
El resultado no es una sociedad más respetuosa, sino una conversación más hipócrita. Las opiniones interesantes se reservan para la intimidad, donde todavía es posible decir que uno no está seguro de algo, probar un argumento, exagerar, rectificar o reconocer una contradicción. En público ofrecemos versiones higienizadas de nosotros mismos. Nos comportamos como personajes cuidadosamente construidos y definidos para no mear nunca fuera del tiesto.
Una sociedad adulta debería distinguir entre una idea discutible y una agresión, entre equivocarse y delinquir, entre resultar molesto y ser moralmente abyecto. El derecho a opinar solo tiene sentido si incluye el derecho a decir cosas impopulares, incómodas o incluso erróneas, y a corregirlas después sin quedar marcado para siempre. La democracia necesita educación y respeto, pero también cierto coraje intelectual. Necesita personas dispuestas a defender sus criterios sin consultar previamente el reglamento de expresiones autorizadas. Y necesita lectores capaces de renegar de una idea o una propuesta sin exigir la cancelación social de quien la formula.
Protegerse el culo es comprensible. Todos tenemos trabajo, familia, reputación y una tranquilidad que conservar. Pero cuando lo hacemos todos al mismo tiempo, el debate público queda en manos de los fanáticos, los provocadores profesionales y los políticos que convierten cualquier chorrada en un combate existencial. Los demás contemplamos el espectáculo desde una distancia prudente, diciendo únicamente aquello que sabemos que no nos traerá problemas.
Quizá por eso hoy hay tanto ruido y tan pocas ideas. Hemos alcanzado una libertad de expresión casi ilimitada y la utilizamos, principalmente, para repetir lo que se espera que digamos. Nunca fue tan fácil hablar. Nunca pusimos tanto esmero en no decir nada.














