Una ‘leve’ falta de coherencia

por | 25 julio, 2025 | A babor

Un vecino corre en Las Teresitas

El pleno del Ayuntamiento chicharrero vivió ayer otro de esos episodios que confirman hasta qué punto la política local es capaz de convertir cualquier asunto en una ceremonia de gestos vacíos y reproches cruzados. Una polémica bastante artificial sobre la parcela hotelera en Las Teresitas ha vuelto a ocupar el centro del debate municipal, aunque no se trate de una novedad ni de una amenaza inminente, sino de un terreno cuyo uso turístico se conoce y admite desde hace más de dos décadas.

En esta ocasión, la bronca empezó con una moción presentada por la portavoz socialista, Patricia Hernández, en la que exigía eliminar por completo del planeamiento de Las Teresitas el uso hotelero en la playa. Una propuesta más bien incoherente, envuelta en una indignación impostada, porque la propia Hernández, durante su etapa como alcaldesa, no solo no se opuso al uso turístico de Las Teresitas, sino que lo avaló expresamente en distintos acuerdos de gobierno. Su firma está, de hecho, en el respaldo al Plan Especial de Las Teresitas aprobado en 2020. Y su voto, también.

El alcalde Bermúdez reaccionó como si le hubieran mencionado la bicha: recordó —visiblemente enfadado— la cronología de los hechos y distribuyó vídeos y documentos en los que puede verse a doña Patricia aprobando los usos que ahora pretende censurar. Lo hizo con cierta crueldad dialéctica, disfrutando de demostrar una contradicción flagrante. Es comprensible: cuesta entender cómo se puede convertir en principio ideológico irrenunciable —la negativa a que haya uso turístico en la playa— lo que hace no tanto era parte de tu propia gestión municipal.

Es cierto que en política este tipo de incoherencia es frecuente: desde el gobierno se intenta optar por la sensatez, y en la oposición te puedes permitir el lujo de instalarte en la demagogia y la radicalidad. Por eso, más allá de la falta de coherencia, lo que a mí me asombra es la capacidad de nuestra clase política para provocar estos debates simbólicos sobre cimientos arenosos. Creo yo que lo importante no es blindar la playa contra la amenaza imaginaria de una marea de hoteles, sino trabajar para resolver el deterioro —real, visible y cotidiano— de una de las zonas más emblemáticas de la ciudad.

La playa de Las Teresitas no necesita cruzadas contra un proyecto hotelero que —de momento— ni existe ni tiene visos de ejecutarse. Lo que necesita es planificación, inversión y sentido común. Necesita saneamiento, iluminación, limpieza, zonas deportivas, una oferta de ocio digna y servicios públicos modernos. Necesita dejar de ser una postal polvorienta y convertirse en lo que podría ser: una playa urbana, integrada en la ciudad, bien cuidada y bien equipada.

En lugar de debatir cómo se puede avanzar en esa dirección, seguimos atrapados en la idiocia de relatos heroicos sobre la corrupción del pasado que hoy no reflejan nada. Sostener que el solo hecho de admitir la palabra “hotel” en el planeamiento supone una amenaza grave e intolerable al uso público del litoral es un puro despropósito. El problema de Las Teresitas no es la construcción futura de un hotel, sino los baños cerrados, las duchas rotas, los chiringuitos moribundos, el aparcamiento pedregoso y la basura sin recoger.

El equipo de gobierno ha optado por una vía razonable: mantener en el planeamiento el uso turístico defendido en su momento por el PSOE, pero abrir también la posibilidad de usos residenciales, sociosanitarios o deportivos; dejar opciones abiertas al futuro, mientras se avanza en una modificación menor del Plan General que permita intervenir cuanto antes en la playa. Se trata de actuar —ya— en la mejora de un estado de cosas calamitoso, no de prolongar el debate estéril sobre el modelo de playa que se quiere, otros tres años más. La oposición, sin embargo, parece haber decidido que este es un buen momento para levantar una bandera simbólica, aunque sea contradictoria con su pasada ejecutoria. Y Vox, como es previsible, ha votado esta vez con el gobierno. No porque le importe mucho Las Teresitas (de momento no suelen desembarcar pateras en la playa), sino porque donde hay opción de bronca, les apetece estar.

Mientras el personal se entretiene en fuegos de artificio, lo esencial sigue sin resolverse: la playa está cada vez más sucia, descuidada y abandonada. Las mejoras anunciadas —un paseo, dotaciones deportivas, iluminación nueva— siguen a la espera de un documento urbanístico que no estará listo hasta 2026. Lo que los vecinos quieren, en su mayoría, es que el consistorio actúe en la mejora de la playa, que deje de usarse como icono de uso político, como recuerdo de una golfería que votaron todos los grupos políticos de la ciudad, y en la que participó mucha más gente de la que al final acabó en prisión.

La discusión sobre el futuro de la playa de Santa Cruz no debería centrarse en si se debe o no permitir hoteles. Esa no es la cuestión. La cuestión es cómo convertir la playa en un espacio limpio, funcional, seguro y atractivo para quienes viven aquí y para quienes nos visitan; cómo poner al día sus instalaciones, modernizar sus servicios, facilitar el acceso y mantener su carácter abierto y popular. Todo lo demás es ruido.