Pedro Sánchez señala a los operadores privados y a las nucleares como causantes del problema: «Vamos a exigir todas las responsabilidades»
El apagón del lunes dejó sin suministro a millones de españoles y portugueses, pero la oscuridad más profunda en nuestro país fue la institucional. El presidente Sánchez gestionó la crisis como tiene por costumbre: sin transparencia, sin asumir responsabilidad alguna y convirtiendo lo que cada vez parece con más claridad un fallo técnico en un arma de propaganda política.
Sánchez ha vuelto a aplicar en una crisis de un día el mismo patrón que utilizó durante una crisis de casi dos años: ocultar, distraer, exculparse y manipular. El gran apagón eléctrico del 28 de abril no solo nos dejó sin luz: también confirmó la incapacidad del resistente de Moncloa para asumir la más mínima responsabilidad sobre cualquier cosa que ocurra bajo su mandato. Las tres comparecencias públicas de Sánchez en menos de 24 horas bastan para revelar el talante moral de un político que ha hecho de la supervivencia personal su única agenda. Sánchez no tuvo interés en explicar nada, ni mucho menos en pedir disculpas. En las horas más oscuras de la democracia española, el líder del país se negó a aceptar que el sistema gestionado por su Gobierno falló estrepitosamente. En lugar de ejercer el liderazgo que exige una crisis, volvió a servirse de la inquietud pública para construir un relato que lo exonere de cualquier atisbo de responsabilidad.
Durante seis largas horas, el país entero esperó explicaciones. Y cuando finalmente llegó la primera comparecencia, solo escuchamos vaguedades, frases construidas en politiqués y la intención explícita de situar el problema lo más lejos posible de su epicentro, fuera de nuestras fronteras. Sánchez habló de una “oscilación técnica en el sistema eléctrico europeo”, iniciando así su estrategia de diluir responsabilidades. No aportó ni una sola prueba ni argumento sobre esa supuesta oscilación: sin datos, sin contexto, sin asomo de transparencia. Lo realmente esencial para Sánchez fue intentar fijar desde el primer minuto que el apagón era culpa de otros.
En sus dos intervenciones posteriores repitió el mismo guion: evitó dar la cara ante los medios, pospuso la entrega de información sustancial que ya se conocía y terminó siempre culpando a terceros sin pruebas. Red Eléctrica había descartado las hipótesis más alarmantes cuando Sánchez insistía en mantenerlas vivas, hablando de que su Gobierno valoraba todas las posibilidades y revelando que se mantenía en contacto con la Alianza Atlántica, dada la gravedad del suceso. Una declaración irresponsable que solo sirvió para alimentar la confusión, la especulación y el miedo de los ciudadanos. La mención a la OTAN fue una operación de propaganda: introducir el temor a un ciberataque o sabotaje externo —sin base alguna— con el único objetivo de desviar el foco de la negligencia del Ejecutivo, pese a las advertencias sobre la fragilidad del sistema, recibidas antes de la caótica jornada del lunes.
No es la primera vez que Sánchez actúa así. Durante la pandemia, su Gobierno repitió este patrón una y otra vez: opacidad, desinformación, decisiones unilaterales justificadas por comités inexistentes o supuestos «criterios técnicos», y una sistemática negativa a asumir errores políticos. Ahora, en una crisis de alcance nacional —aunque de menor envergadura—, Sánchez ha reaccionado exactamente igual. Cuando millones de ciudadanos esperábamos claridad, recibimos propaganda; cuando reclamábamos explicaciones solventes, se nos presentaron culpables prefabricados. Sánchez ha hecho recaer el peso de la explicación en los profesionales de Red Eléctrica, como si su Gobierno fuera un observador pasivo de lo que sucede. Es la misma coartada utilizada en Canarias por los dirigentes del PSOE para justificar las compras irregulares durante la pandemia: todo lo decidían los técnicos, los políticos solo seguían sus indicaciones. Un mecanismo de blindaje inaceptable en democracia. La responsabilidad de lo que ocurre en una crisis de Estado no es de los técnicos: es del Gobierno.
Además de esconderse tras los profesionales, Sánchez reorientó el debate hacia lo ideológico. En su tercera intervención, con las causas técnicas ya bastante claras, aprovechó para atacar a las nucleares y a los operadores privados, apuntalando su visión ideológica del sistema energético. Desde luego, no era el momento, no tocaba. Pero sí le sirvió para desviar el debate de su propia gestión y convertir un fallo estructural en otro elemento de enfrentamiento político. Lo que millones de españoles vivieron como una caída súbita del suministro eléctrico, él lo transformó en una reafirmación de su discurso energético y en un ataque a sus adversarios.
Esa actitud es la que mejor lo define. Sánchez nunca reconocerá la debilidad del sistema que gestiona. Prefiere negar, ocultar, trasladar la responsabilidad. No hay autocrítica, ni compromiso con la verdad. Sí, en cambio, desprecio hacia los ciudadanos, tratados durante toda la crisis como una masa infantil a la que solo se debe contar lo que conviene.
El apagón fue técnico. Pero la respuesta fue política. No se trataba de buscar culpables ni de generar alarmas infundadas. Se trataba de explicar, gestionar, asumir responsabilidades y demostrar que el Gobierno está al servicio del interés general. Nada de eso ocurrió. Sánchez optó por protegerse a sí mismo antes que preservar la confianza en las instituciones. Prefirió controlar el relato a rendir cuentas. Volvió a utilizar el engaño: convertir un fallo real en un conflicto artificial, desplazar el foco, endurecer el tono, desviar la atención. Eso no es liderazgo. Es huir hacia adelante. Y cada vez resulta más evidente.














