La ceguera del PP

por | 03 febrero, 2025 | A babor

Después de utilizar su penúltima presencia en el Congreso, el del PSOE canario, para exigir al PP que votara a favor del ómnibus (ahora le afea haberlo hecho), Pedro Sánchez ha aprovechado el cierre del Congreso del PSOE de Madrid para acusar a Isabel Díaz Ayuso, de haberse convertido en la líder de una multinacional ultraderechista, cuya composición y funcionamiento ha explicado a los delegados, entre los que sólo faltaba el anterior secretario general del partido, el purgado Juan Lobato. Sánchez ha dicho que la internacional de Ayuso se dedica a facilitar que se hagan negocios en donde gobiernan, con los derechos de la gente, a cambio lograr que los beneficiarios financien pseudomedios digitales y tertulianos de las televisiones y las radios para expandir los bulos, la desinformación y condicionar el debate público en la Comunidad de Madrid y en el conjunto de España: “es la coalición entre los de arriba, que tienen el dinero, y el PP y Vox, cuando es necesario, y todos ellos unidos por la pasta”.

Esa es la visión que Sánchez tiene hoy –o al menos la que ofrece- de la vida política nacional. Un acuerdo entre élites económicas y políticos de la derecha y la ultraderecha, cuyo principal objetivo es robar a los más pobres, reducir los derechos de los ciudadanos y acabar con el Estado de Bienestar.

Es difícil, casi imposible, responder desde la mesura a un discurso parecido. Algo así no se resuelve cambiando la imagen de gafapasta. Porque se trata de un discurso basado en enfrentar y dividir a la sociedad española entre dos bloques absolutamente antagónicos, irreconciliables hasta las últimas consecuencias. Uno -el bloque adversario- es el de las élites que controlan el dinero y los medios de producción, y las derechas, el PP y Vox. Ese PP que Sánchez coloca sistemáticamente en el mismo pudridero ideológico que Vox, sin asomo de diferencia, para luego deslegitimar cualquier intento de que las derechas puedan gobernar en coalición. Se trata, sin duda de una trampa del lenguaje que funciona muy bien: las dos derechas son la misma indecencia, pero si gobiernan juntas entonces son una indecencia mucho peor. De hecho, la polarización del país que le ha diseñado a Sánchez su equipo de expertos, los mismos que resucitan a Franco, entierran los consensos de la Transición y colocan al poder judicial y la jefatura del Estado en el otro bando, esa polarización es el único argumento que sobrevive hoy a las anécdotas de la política nacional. Aquí se han diseñado dos áreas de juego: la del mal, en la que están instalados Feijo, Abascal y toda la caterva de sinvergüenzas que se alimentan del sudor de los pobres y los desvalidos; y luego el área del bien, donde esta solo Sánchez, que se mantiene en ese lugar con la ayuda de gente ligeramente equivocada, pero dispuesta a mejorar: gente como los de Sumar, que sólo parecen existir para recoger el voto de izquierdas que no es nacionalista y no quiere ir al PSOE; o los de Podemos, a extinguir si es posible, pero útiles mientras sumen diputados; o los de Bildu, esa buena gente un poco bruta que ha renunciado al pasado, no seamos intransigentes; o  los de Esquerra, útiles dividir el independentismo catalán; o los del PNV, una derecha distinta que prefiere apoyar el bien a cambio de casi nada; y el revoltoso Puigdemont, que es la derecha que se ha arrepentido de querer destruir el Estado, y a la que estamos dándole la oportunidad de aprender a portarse bien. A todos ellos les define básicamente que –por muy broncas que parezcan a veces- al final siempre están dispuestos a apoyar la continuidad y supervivencia política de Sánchez, por distintos motivos. Lo que les incorpora al área de la bondad, de la política útil para las masas, de la política progresista, es precisamente eso último. Que siempre sostienen a Sánchez y el sanchismo. Cuando se pasan un poco –con el ómnibus, por ejemplo- se les perdona y se les da la oportunidad de reflexionar y pedir algo a cambio de portarse bien.

La ecuación funcionará hasta que haya elecciones. Y entonces, si el bloque integrado por el PP y Vox logra ganarlas, si los votos que pierde el PP por mantenerse en una política central, por no jugar también a la polarización extrema van a parar a Vox, el resultado que pronostican paneles y sondeos no variará, y el bloque de la izquierda y la derecha pesetera e indepe se deshará como un azucarillo, huérfano del liderazgo sanchista, y con Sánchez haciendo mutis por el foro. Pero, si el voto que abandona el PP no pasa a Vox, y se pierde, entonces cabe incluso la posibilidad de que el pacto de los buenos pueda reeditarse, y tengamos sanchismo para rato. La trampa en la que se revuelve el PP es que no quiere hacer una política extremista, que cada vez más le piden muchos de sus electores, y al no hacerla, sus votos van a parar a quienes sí condicionarán desde las instituciones una política agresivamente derechista y autoritaria. Al PP está instalado en una absoluta ceguera, no comprende lo que ocurre, y le falta un relato que entiendan sus votantes, esos a los que Sánchez ha logrado polarizar.