Ayer por la mañana Fernando Clavijo volvió a participar en un acto en Galdar (a este paso va camino de convertirse en alcalde pedáneo) y coincidió casualmente con Teodoro Sosa, alcalde del municipio y primus inter pares de los alcaldes y socios de Nueva Canarias que han decidido largar amarras con la jerarquía del partido. El encuentro sirvió para que ambos, también casualmente, coincidieran en su análisis de la situación que se vive en el partido de Román Rodríguez, inmerso en un proceso de descomposición acelerada. Las razones de esa descomposición, que ni Clavijo ni Teo explicaron, es de suponer que por prudencia, tienen que ver en esencia con la resistencia de Román Rodríguez a ceder sitio a gente nueva. Rodríguez lleva casi veinte años al frente de Nueva Canarias, un partido que fundó con la mayoría de Coalición Canaria en Gran Canaria, cuando Paulino Rivero –entonces mandamás coalicionero– negó a Román la opción de sostenerse cuatro años más en el poder. Paulino decidió que tocaba devolver a Tenerife el control del partido, perdido porque los nacionalistas tinerfeños optaron por desprenderse de Lorenzo Olarte, ofreciendo la presidencia a Román Rodríguez, un candidato al que consideraban de segunda fila.
Román montó entonces un gobierno con Adán Martín de vicepresidente y mandamás económico, en una suerte de reparto del poder regional entre Román y el propio Martín, que al final –en 2003- acabó decantándose a favor del político tinerfeño, y poco después la ruptura de la organización nacionalista en Gran Canaria, y el surgimiento de Nueva Canarias. El reparto del poder, quedándose con la vicepresidencia regional y el control del presupuesto –que llevó a Adán Martín a la Presidencia- fue la fórmula que Román replicaría en el ‘pacto de las flores’, aunque las cosas no acabaron igual. Cuatro años de un Román ensoberbecido e instalado en un uso arbitrario del poder, manipulando los resortes presupuestarios, controlando la televisión pública y mintiéndose a sí mismo en las encuestas, le impidieron darse cuenta de que su liderazgo no contaba ya con apoyo social. El resultado de las elecciones, donde su partido logró cinco diputados, pero él se quedó fuera del Parlamento, lo dejaron completamente noqueado: para cualquier otro, distinto a Román, ése habría sido un buen momento para ceder su ‘indiscutible’ liderazgo. Con 67 años, probablemente era el momento de jubilarse, pero Román decidió forzar a su partido a mantenerle al frente, con un sueldo de ministro que consume los recursos de un grupo parlamentario reducido. Las elecciones le habían dejado fuera, pero no tanto como para desprenderse de las ventajas y canonjías de estar en política.
Lo normal en un dirigente, cuando es derrotado de forma tan clara, es retirarse y dejar que los suyos se organicen de otra manera. Debió hacerlo, porque su lista fue menos votada en Canarias que de su partido. Probablemente pensó que nadie iba a discutir su continuidad, como había ocurrido siempre. Pero se equivocó, los alcaldes que sí habían ganado las elecciones en sus pueblos, los dueños de los votos, exigieron que diera un paso a un lado. Su respuesta fue bloquear cualquier opción de cambio, conspirar contra los críticos, blindarse con la dirección de siempre y permitir que se castigara con mociones de censura a los alcaldes de Guía y Agaete, revoltosos contrarios a la prórroga de sus veinte años de mandato ininterrumpido.
La respuesta a la negativa de Román de hacer lo que se hace en todos los partidos –es difícil que alguien logre liderar un partido democrático por períodos tan largos- ha sido la quiebra de Nueva Canarias, y el inicio –apenas enunciado- de un proceso de reunificación del nacionalismo, algo a lo que Román Rodríguez se ha opuesto desde siempre, quizá considerando que su futuro en un proyecto más grande que Nueva Canarias no estaba en absoluto asegurado.
Teo Sosa dijo ayer que él siempre ha sido partidario de la unión nacionalista en una fuerza política que pueda defender los intereses de las islas, algo que –dijo- es más importante que nunca, “porque Madrid nos desprecia”. Un argumento que coincide –también casualmente– con el que viene defendiendo Clavijo. Por si quedaran dudas, el presidente del Gobierno explicó ayer que en Coalición siempre se ha apostado por la unidad, por “una fuerza de obediencia canaria”, más potente, con más diputados, que pueda resolver en Madrid los problemas de las islas. Y es que han sido veinte años perdidos…
El proceso que se inicia ahora supone la salida de Nueva Canarias de los alcaldes independientes. Las recientes mociones de censura de Guía en septiembre y de Agaete en diciembre, han precipitado las cosas, cabreando a los que querían tomarse un tiempo para convencer a la actual dirección. Esa opción se da ya por inútil: en los próximos meses se presentará una nueva fuerza política nacionalista con un discurso municipalista y unitario. Ocurrirá más o menos coincidiendo con el congreso de Coalición Canaria en abril. Líquido y en botella.














