El rey Felipe habla con vecinos y voluntarios indignados, durante su visita a Paiporta
A los periodistas nos suele preocupar mucho el impacto que pueden llegar a tener los acontecimientos en la política. En los últimos días se han publicado una enormidad de artículos concienzudos y a veces interesados o militantes, con reflexiones sobre el impacto que tendrá sobre el futuro político la negligente y desastrosa reacción de las administraciones ante la tragedia del Dana. Partiendo del momento emocional que vivimos, del airado enfado de quienes o han perdido absolutamente todo, lo razonable sería pensar que ese impacto será profundo y duradero. La rabia ante la incompetencia y la desorganización, ante la falta de escrúpulos de una clase política que sigue lidiando sus propias batallas, triviales para la mayoría y mezquinas en momentos como este, debería sin duda provocar cambios en la percepción social de que todo es lo mismo, reacciones dirigidas a instrumentalizar esos cambios, y alternativas no al Gobierno o los gobiernos, sino a la forma en que hoy se nos gobierna, este cinismo de promesas y declaraciones, de concesiones al que se necesita. Un cinismo que prospera convirtiendo el relato en realidad y sólo pelea por el control de ese relato. Por desgracia, es muy difícil que ocurra un cambio real, es improbable que los grandes partidos nacionales recuperen la cultura del diálogo y el consenso y encuentren la forma de entenderse en lo necesario, para acometer transformaciones inaplazables, como una revisión a fondo de nuestro incompetente sistema de cogobernanza, donde al final no gobierna nadie y la culpa siempre siempre la tiene el otro.
Hay gravísimas responsabilidades en la demencial respuesta dada a este desastre. Algunas son técnicas, otras políticas, y las más, fruto de la cobardía de los mandarines cuando se trata de tomar decisiones arriesgadas. Pero –muy probablemente- la ira de estos días dará paso a la decepción, y la decepción a poco o nada. Tenemos multitud de ejemplos que demuestran que la ira dejó de ser transformadora, apenas provoca algunos chispazos, algunos momentos de estallido en la Historia, que luego se reconducen y agotan en si mismos. Pero ahora la ira está ahi, creciendo, alimentándose del sufrimiento, la perdida y la incapacidad, y es importante entender cómo funciona.
Ayer, la ira se adueño del discurso en las calles arrasadas de Paiporta y estalló como un vendaval de rabia y venganza contra quienes gobiernan como quieren este país y también -a los periodistas nos conviene recordarlo- contra quienes lo contamos. El inicio de la furia no tuvo tanto que ver con la visita de una comitiva de ilustres, sino con la percepción de que habían acudido para dejarse ver, acompañados por los medios para dar fe -ante el país que no sufrió directamente los estragos del DANA- de su preocupación e interés por los afectados. La ira se desató porque hay momentos en que no basta con el relato o el teatro, porque hay situaciones en las que dejarse ver interpretando no es suficiente. Las comitivas se mueven de acuerdo con su propia lógica de seguridad, pero ésta bloqueó la actuación de vecinos y voluntarios que estaban a lo suyo, y la rabia lo devoró todo.
Sin duda, la gente está cansada de cuentos, pero la actuación iracunda y agresiva de unas decenas no es un peligro real ni para el sistema ni para quienes mandan. Es significativa, eso sí. Representa no la impostación del malestar, sino su desbordamiento. Representa la desconexión entre gobernantes y gobernados y la inutilidad destructiva de la rabia. Paiporta representa incluso algo más. Es la primera vez en tantos años de muy imperfecta democracia, que las primeras autoridades del Estado –el Rey y el presidente del Gobierno- se las tienen que ver con una turba desatada y violenta, y que esa reacción no parece ser condenada por la ciudadanía, sino todo lo contrario.
Bueno, en realidad todo es ilusión: el arranque iracundo de Paiporta no derrocará ni por asomo a Sánchez, mucho menos a la monarquía. Aquí lo que de verdad está en juego es sacar de los sótanos y los garajes a los pobres muertos de la nación, iniciar el desescombro y reconstruir lo devastado, una tarea que llevará al menos un lustro. Lo demás es apenas un desahogo mal enfocado. Pero hasta de los desahogos se pueden aprender algunas lecciones, que también pueden cambiar relatos. La lección de un presidente que se retira a toda prisa porque le han tirado un palo de escoba a la cabeza, y la de un rey –y una reina- con las ropas manchadas por el barro que les han tirado, y que deciden seguir hablando con los vecinos enfadados.
Paiporta no va a cambiar nada, bastante tiene con enterrar a los suyos. Pero nos señala el enorme hastío social con todo este teatro, y también algo que estos de ahora pareen ignorar: que el liderazgo consiste básicamente en asumir riesgos de verdad, cuando es necesario.














