Intervención del diputado de Sumar, Gerardo Pisarello, durante la votación de la Ley de Amnistía en mayo de este año, que inició una nonumental bronca en el Congreso.
La aprobación de los presupuestos del año próximo se interpreta ya como la última posibilidad de Pedro Sánchez de salvar una legislatura agónica, sacudida por una corrupción que parece ya sistémica y que se manifiesta no sólo en el enriquecimiento ilícito favorecido por el poder a sus próximos y colegas, sino también en la apropiación del Estado, la usurpación de funciones de los poderes destinados a equilibrar, la invención de nuevos dogmas para justificar viejas trapisondas y el despendole de escándalos económicos, y sexuales. En ese contexto de insensatez galopante, el Gobierno ha perdido el control parlamentario y también el discurso, contrariado por mil contradicciones y renuncias, falsedades de coyuntura y mentiras que ayer eran verdades sagradas. Mientras el Gobierno sufre de olvido de sus compromisos, e intenta sobreponerse a sus propios embustes, el Partido Popular se ha lanzado a forzar un adelanto de las elecciones generales, sin tener siquiera segura una mayoría razonable. Nadie sabe en la derecha si el bloque de legislatura que hoy sostiene al Gobierno podría o no ser reeditado. Pero mientras eso se aclara, el PP crece aprovechando los conflictos internos, la división entre el PSOE y Sumar, alimentada por devaneos parlamentarios poco serios, y la ruptura entre Podemos y la coalición de izquierdas, de la que sus cuatro diputados se sienten ya desgajados. Las crecientes exigencias de Podemos para apoyar el presupuesto –bajar el 40 por ciento el alquiler y romper relaciones con Israel- hacen presagiar que va a ser muy complejo contar con algún formato de mayoría para la aprobación de las cuentas. Si Sánchez cediera frente a Podemos, perdería probablemente a Junts y al PNV, y en medio de ese maremágnum de disputas e intrigas –agravadas tras el tsunami culebrero del ‘caso Errejón’ y la histeria punitiva de las redes- la capacidad de maniobra del Gobierno parece cada día más escasa, más reducida. Los indepes van a lo suyo, cada uno a ver lo que le saca a esta exhausta nación, tirando un poco más de la cuerda. Y en Coalición suspiran pánfilamente porque la aprobación de las cuentas permita un respiro, sirva al menos de tirita antes de la herida profunda que supondrá la voladura programada del sistema de financiación regional. Así está el patio, a punto de fundirse y con pulsiones suicidas.
Curiosamente, la polarización no parece levantar indignación en la opinión pública, dividida mágicamente en mitades irreconciliables. Hasta hace unos pocos años, la crispación era un asunto que afectaba a las alturas del poder, a las direcciones de los partidos, a sus cúpulas parlamentarias. Hoy los diputados del Gobierno y la oposición pasean por los pasillos del Congreso como autos por una carretera, unos por la izquierda, los otros por la derecha, evitando siquiera tener que darse los buenos días, no vaya a ser que un poco de buena educación mañanera eche a perder la mala sangre. Sólo se dirigen sus señorías la palabra para intercambiarse insultos, acusaciones, y bellaquerías, que tienen eco y se contagian a ambos lados del paisaje social. No es un fenómeno que ocurra sólo en lo nacional: lo vemos extenderse por los países desarrollados, cada vez más fraccionados entre izquierdas y derechas, cosmopolitas y patriotas, progresistas y fachas, rojos y azules, copiando modelos frentistas que nos llevaron en el pasado al conflicto y la guerra. Ahora la refriega identitaria tiene más peso que la búsqueda de la igualdad. Sólo se habla de ricos para envidiarlos, y de pobres para decir desde el poder que no existen, que son una vieja invención de curas y radicales. Lo cierto es que los países siguen siendo cada vez más ricos y los pobres cada vez más y más pobres, y que esta forma de hacer las cosas del mandar sin pretender cambiar nada, sólo insultar al de enfrente, se extiende por todo el globo, y no sólo infecta en su seno las sociedades cada vez más crispadas. Gritarse barbaridades se ha convertido también en el formato por el que transitan las relaciones entre países, en las que la diplomacia del entendimiento y la colaboración ha sido sustituida por una cacofonía de broncas, improperios y amenazas. Se retiran embajadores porque un presidente embravecido señala a la mujer del otro, se acusa a un país antaño aliado de ser genocida, se bombardean territorios y se masacran seres humanos que hasta ayer hablaban el mismo idioma de quien les asesina.
El mundo parece estar hundiéndose en la pérdida del oremus, y lo que trasciende en los medios y las redes es que ya no hay futuro para los jóvenes, ni redención para los viejos. Es tiempo de líderes fuertes –los Putin, los Xi Jinping, los Trump, los Erdogan, los Netanyahu, los Kim Jong-un, los Jamenei- y también de una cuadra de trileros, ventrílocuos y prestidigitadores que administran sus pequeñas democracias como si fueran circos o casinos.
Avanzamos poco a poco hacia el desastre. Nuevamente inconscientes y egoístas. Sonámbulos, exactamente como hace un siglo.














