Este país

por | 03 octubre, 2024 | A babor

El Fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz

Vivimos en un curioso país, plagado de historias difícilmente digeribles en cualquier otra latitud que no sea la nuestra. Un país de golfos que han saqueado impunemente durante décadas los recursos públicos, amasando privilegios de oro macizo sobre la miseria de los más, de empresarios ventajistas más pendientes de la subvención o la concesión que de la clientela o el producto, un país de ex presidentes que venden sus buenos oficios con dictadores sanguinarios, un país de empresas que alquilan políticos a tanto la pieza, un país de puertas giratorias y poses egipcias, un país dónde se presenta como progresismo la intervención de la necesidad con apañitos y pagas del disimulo, como se ha hecho siempre de distintas formas desde que la política se instaló en su compadreo con el clientelismo y el caciquismo.

El nuestro es un país donde un presidente socialista catalán puede homenajear sin sonrojo al presidente del tres por ciento, el más corrupto e sus colegas, donde la mujer del César puede presentar en sociedad los éxitos de su sospechosa relación con personajes muuuuy sospechosos, donde el fiscal General del Estado lo es sólo del Gobierno, donde los golfos apandadores que se pusieron las botas con la desgracia del Covid y la complicidad de nuestros próceres, pueden permitirse no decir ni una palabra cuando son interrogados y nadie les recuerda que quien calla otorga, que no contestar en una comisión parlamentaria de investigación es tanto como dar a la razón a quienes te señalan y acusan.  No es extraño este desprecio y ninguneo a las instituciones de control de la democracia, cuando el poder político se permiten alardear de que no es preciso contar con el Parlamento para gobernar, un discurso más propio de liberticidas paranoicos que de la máxima autoridad política nacional.

Y es también cierto que somos un pueblo de quejicas: nos quejamos continuamente por lo que nos toca lidiar, y señalamos lo injusto que es padecer las siete calamidades sin haber hecho nada para merecerlo, pero es que lo que nos ocurre no es casual, no es fruto de una oscura conspiración contra nuestros derechos o nuestras ilusiones. Porque también somos un país que aplaude la ratería y el desfalco, que alienta a quienes no cumplen solidariamente con sus obligaciones, que considera más listos que nadie a los que más engañan o defraudan…  un país de pícaros, de empresarios sinvergüenzas, trabajadores vagos, policías que miran para otro lado si sienten que se van a complicar la vida… un país de talleres de chapa y pintura que no emiten factura, de bares que aguan los licores, de funcionarios que se llevan a casa los paquetes de folios y las grapadoras, comerciantes que venden productos caducados o ropa de los chinos como si fueran productos de boutique, médicos que mercadean bajas y recetas, gente que se cuela en las colas, conduce bebida, pide recomendaciones en todas partes, insulta y agrede al equipo de al lado en las competiciones deportivas, trata a todos los que no son como ellos con desprecio y considera un mérito ser capaz de engañar a Hacienda y escaparse de rositas.

Un país que a pesar de ser de golfos y de pícaros, lo es también de inquisidores: ciudadanos que se rasgan las vestiduras cada vez que surge una sospecha o una denuncia. Tipos que cuando hablan de justicia se refieren a montar la pira en cualquier esquina, linchar preventivamente, aplicar la guillotina. Un país de tertulianos indocumentados dispuestos a liarla parda en cualquier barra, gente con soluciones para todos los problemas y problemas para todas las soluciones, lenguas que viven pidiendo responsabilidades por lo que hacen y no hacen los demás, un país de gente relamida que se escandaliza por las pajas y las vigas ajenas pero jamás ve las pajas y las vigas propias. Un país de torquemadas, ajustacuentas, jueces de la horca y creadores de fango que acusan a los demás de ser responsables de la máquina de embarrarlo todo, un país de gente sedienta de cárcel, sangre y cadalso.

Y también somos un país de iluminados, de gente que cree en la fórmula de Fierabrás, en las soluciones que lo arreglan todo en dos días, en las promesas últimas que mañana nos van a defraudar, en los programas políticos chafarderos e imposibles de cumplir, los milagros de la voluntad y el esfuerzo. Un país centrífugo y desquiciado, incapaz de aceptarse a sí mismo, decidido a romperse por probar que puede romperse, dispuesto a recurrir a los tanques, a la pena de muerte, a los GAL, o a la ley antiterriorista si hace falta, un país  que se traga sin chistar las grandes palabras que inventa: honradez, eficacia, libertad de prensa, independencia, justicia… un país que siempre vota por rechazo y no por convicción, que exige de los dirigentes, los políticos, los reyes, los jueces, los policías, los artistas y los curas, lo que no exige nunca a los ciudadanos. Un país que se cree sus propias y cambiantes mitologías, que descubre el Mediterráneo cada amanecer y que cree que son los otros los que tienen que arreglar el desaguisado que entre todos hemos creado. Un país de asco, en fin, el nuestro.