Prologo en La Magdalena: Sánchez saluda a Juanma Moreno delante de Alfonso Rueda en la escalinata del palacio. Todos sonrien.
El encuentro de Sánchez con los presidentes de las comunidades autónomas tuvo sus momentos desagradables y sus momentos distendidos. A ratos pareció que la política española entraba en un tiempode tregua y no beligerancia ente los dos grandes partidos, que podían hablarse y escucharse unos a otros, rompiendo la maldición de los días previos. Vano espejismo: el encuentro del viernes duró seis o siete horas, contando los paseítos y saludas por el jardín.Podía suponerse al menos un fin de semana de espera, hasta los matinales de La 1 y las notas de prensa, antes de volver a la batalla. Pero ni eso.
El sábado ya se publicaron en los periódicos las primeras agresiones cruzadas. La conferencia de presidentes fue un paripé bien organizado, en el que el gran Houdini Sánchez consiguió bajar el tono de su propia agresividad, y recibió a cambio un tratamiento impecablemente institucional de la totalidad de los presidentes allí congregados, exceptuando a la madrileña Díaz Ayuso. Sánchez controla perfectamente el escenario, la iluminación, las cámaras y el guion de todas sus producciones, y el viernes produjo algo así como el quinto capítulo de su serie presidencial sobre las estaciones de Moncloa: una reunión más sin ningún resultado práctico –absolutamente ninguno- en la que logró mantener entretenida (y quizá hasta es posible que dividida) a su oposición, mientras evitaba tener que contestar a las preguntas incómodas sobre Cataluña, el nuevo café para todos, y quien pagará la deuda regional que quiere condonar urbi et orbi para poder sacar la de Cataluña y que sus federaciones no se la líen. Porque perdonar la deuda no significa que la deuda se evapore. Significa que el Estado aumenta su deuda haciéndose cargo de la regional que se condone. ¿Y quién la pagará? Nosotros y nuestros hijos.
El Gobierno Sánchez ni siquiera ha presentado en Santander unos papeles sobre lo que quiere hacer en materia de financiación, que de eso iba el encuentro. Eso deja a la vicepresidenta y ministra de Hacienda, a los pies de los caballos. A ella le corresponde encajar lo pactado con Cataluña (aún no sabemos exactamente qué es) en la financiación del conjunto del Estado. Pero Sánchez no llevó a la Conferencia propuesta alguna. El Gobierno se limita a ofrecer ocurrencias y relato, pero no propone un sistema de financiación estable, que impida que cada lustro salga ganando en el reparto quien tiene más fuerza para presionar.
Suele ser Cataluña la que siempre saca más, porque el resto de regiones del régimen común no se atreven a meterse en la pelea. Menos ahora, que son la mayoría del Partido Popular, y Génova nunca acaba de aclararse. Hace casi diez años que tendría que haberse modificado el sistema, pero aquí nadie se arriesga a decir quiero esto, excepto Cataluña, que lo que quiere es –efectivamente- esto, y luego aquello y más tarde todo lo demás. Madrid, por su parte, lo que espera es que todo siga como está, y mantener un pulso directo y bilateral entre Puerta del Sol y Moncloa.
Así las cosas, si no hubo debate real en materia de financiación, imaginen el interés que le pusieron –de Sánchez al último de los presidentes- al cuestionario de emigración o al de Vivienda. Lenguaje y escenario, lo de la Magdalena no fue un paseo triunfal para el Número 1, pero sí que logró escapar de rositas, y se permitió poner a caer de un burro –inmediatamente después de la reunión- a la única de los allí reunidos que parece en disposición de hacerle un roto: nuevamente la presidenta Ayuso, a la que Sánchez no logra monitorizar con sus juegos malabares y arte de prestidigitación.
Ayer mismo, la nueva portavoz socialista, Esther Peña, acusaba al PP que haber convertido “un foro de diálogo multilateral, en un congreso en B” con críticas sin sentido de “una presidenta hablando de impuestos, conocida su relación con un empresario que tiene causas pendientes con la Hacienda pública”. ¡Ay!, la paja en el ojo ajeno. Sacar a pasear los impuestos del novio de Ayuso la semana en que Koldo, Ábalos y Begoña tienen que rendir cuentas ante los tribunales, parece más un pequeño desquite que una maniobra de distracción.
La maniobra de distracción, la de verdad, se prepara desde el Departamento de Innovación, Análisis y Nuevas Audiencias del PSOE –Diana, en acróstico–, la eficacísima y discreta oficina de análisis e inteligencia que anda ahora trabajando en vender al país que Sánchez y su entorno familiar sufren una injusta persecución judicial. Veremos un cambio inminente en la consideración de que hay que respetar las decisiones judiciales, en la medida en que arrecie el calvario judicial del presidente. En las portadas de los medios afectos y en la tele pública. Será cada vez más intenso y disruptivo. Pero de eso mejor hablar otro día. Cuando toque.














