¿Una pobreza escandalosa?

por | 18 octubre, 2024 | A babor

Las crisis agrandan la brecha entre los pudientes y pobres, lo sabemos desde que existe la Historia, y la única forma de combatir la miseria y salvar vidas de la ruina es materializando masivas políticas asistenciales, atendiendo en el corto plazo las necesidades de alimento, vivienda, energía y salud de los que peor lo pasan, con especial atención a niños y ancianos. Por supuesto, además hay que activar la economía y el empleo con grandes proyectos de dinamización, obra pública y contratación, para que el impulso a lo asistencial no deba mantenerse eternamente, porque todas las sociedades instaladas en el subsidio acaban por fracasar. Pero los gobiernos han abandonado los grandes proyectos. Optan siempre por medidas parciales: unas perritas por aquí, una ayudita por allá, muchísimas declaraciones, la culpa es de los otros, y a esperar que escampe. Mientras los que mandan esperan con sus dádivas y ajustes parciales, sus regalitos y palabras, Canarias sigue siendo una de las regiones más pobres de Europa. Nada nuevo bajo el sol del trópico. Eso sí, cada vez que se publican las cifras de nuestro fracaso colectivo, liamos un buen escándalo. Es una especialidad nuestra. Y no es que no haya motivos para escandalizarse. Nuestra pobreza es un escándalo monumental. Pero la región consume mejor otros escándalos absolutamente artificiales, que se afrontan con mucho ruido y muy pocas nueces: hipócritas golpes de pecho, rasgamiento de vestiduras y unánimes condenas. Son escándalos cuya función principal es entretener, distraer, hacer que no estemos pendientes de las cosas que son realmente importantes. Y cuando el escándalo alcanza su punto álgido, esperar a su extinción en su propio ruido, permitir que la vida del escándalo se diluya, hasta que llegue el siguiente.

Los verdaderos escándalos no tienen la misma vida lustrosa, no acaparan titulares, no provocan encendidos debates o caldean el ambiente señalando responsabilidades irrefutables y condenas indiscutibles. Podemos hablar durante días del descuartizamiento del mes, y exigir justicia o lo que sea. Apasionarnos en el debate, irritarnos por la escasa contundencia de las reacciones de los otros. Pero al final, dará exactamente igual. Otra historia son los escándalos de verdad de los que nadie se ocupa. Por ejemplo: es un escándalo el número de ancianos que mueren desahuciados y solos, en una sociedad que se dice humanitaria y no llega a ser siquiera caritativa. Es un escándalo que el porcentaje de personas en riesgo de pobreza o exclusión social, siga siendo superior a un tercio de los ciudadanos de esta región. Es un escándalo sostenido e insoportable que las islas encabecen los porcentajes de pobreza del país, mientras un puñado de familias contrala la mitad de la riqueza. Esa situación, impropia de sociedades desarrolladas, esa sí es un escándalo. Una vergüenza que de vez en cuando se asoma a los medios de información, cuando se publica el informe Arope, o algún estudio sobre la brecha social de un equipo de investigación de las universidades locales. La información se mantiene en los medios lo que dura el soplo de un día, y su eco en el debate público se limita a alguna intervención parlamentaria en la que desde un partido se culpa a otro de tal estado de cosas.

Por desgracia, la pobreza no es algo que logre alterar la indiferencia de los Gobiernos. Porque no le interesa a nadie. Estamos habituados a que exista, incluso a que crezca, y a que sus estadísticas insípidas se escurran por las esquinas del televisor: la pobreza no motiva, ni interesa. No es asunto del que guste hablar a los ricos, ni a los políticos que se saben incapaces de revertir la situación, ni a los medios, ni a la gente común y corriente, ni siquiera a los pobres sostenidos por ayudas, que hace años creían en la posibilidad de darle la vuelta a la tortilla, en cobrarse la revancha, en el rol de la Historia y la lucha de clases, en su emancipación. Los pobres de hoy no son de esa pasta, se conforman con vivir de la prescripción pública, repartiéndose las migajas que el Estado distribuye para bajar la tensión social. Es cierto que en el relato colectivo hay variadas tipologías de pobres, desde el pobre proletario y militante del pasado al pobre actual, sostenido por la acción munificente de las administraciones, convencido de que puede vivir de ayudas durante años, conformado a esa realidad de pobreza y abandono, a una resignación que antes se consideraba indigna y hoy es la puerta abierta al reparto de dádivas.

En Canarias hay seiscientas mil personas que son pobres o casi lo son o pueden serlo. Y esto no estalla porque el sistema de clases se ha perfeccionado extraordinariamente y es hoy una maquinaria bien engrasada cuya función principal es sostener pacíficamente la brecha de una desigualdad infame y cruel. Un sistema que nos entretiene escandalizándonos de vez en cuando, con la exhibición bochornosa de la miseria ajena.