El vicepresidente de EEUU, JD Vance, durante su intervención en la conferencia de Seguridad de Múnich
Hace nueve años, cuando el hoy vicepresidente Vance era un recién estrenado aprendiz de político, el éxito de su libro de memorias –Hillbilly, una elegía rural, escrito con menos de 31 años- sorprendió a todo el mundo, incluso a su editorial, que colocó 300.000 ejemplares en sucesivas ediciones. Vance, joven cachorro de una devastada familia del cinturón del óxido de los Apalaches, de esas que en USA se despachan como ‘basura blanca’, había logrado trascender el destino para que fue marcado por nacimiento, ingresando primero en los marines y dando el salto luego a la hiperelitista universidad de Yale, en la que se licenció brillantemente como abogado. Su historia, difícil de concebir en un lugar distinto de los Estados Unidos, es la de un desheredado de la tierra, hijo de una madre yonki, criado por su abuela en un ambiente bárbaro y disfuncional, que logró convertirse en un personaje asimilable por las élites, un triunfador. Este Vance, elegido senador en su Estado, un republicano clásico, conservador, religioso, decente, defensor de las tradiciones y partidario de las segundas y terceras oportunidades, fue uno de los pocos en la primera campaña de Trump, que lo criticó con saña. Es cierto que fue durante una conversación por redes con un colega, pero expresó claras dudas sobre su hoy presidente: no sabía si pensar que Trump era “un imbécil cínico como Nixon” o “el Hitler de Estados Unidos”. Luego Vance cambió de política y de postura, para ser el hombre de la Ámerica proletaria que Trump quería en su fórmula, para barrer en las elecciones 2024.
El viernes pasado, el que pudo ser portavoz del sentido común republicano, del viejo partido, y moderar las proclamas populistas y salvajes del nuevo sheriff de Washington, se descolgó en la conferencia de Munich con su primera intervención pública de proyección internacional. Escuche con interés y atención esa larga intervención, esperando encontrar en ella algo diferente a una reprimenda por los vicios europeos, por nuestro onanismo intelectual, nuestra incapacidad para actuar unidos, por la desidia en el cumplimiento de nuestros compromisos y la pérdida creciente de valores. Comparto una parte sustancial de lo que Vance dijo: el bienestar, el consumo y la ausencia de una cultura de la responsabilidad, han convertido al continente en una sociedad en la que muy pocos están ya dispuestos a asumir los peligros de defender los derechos e instituciones comunes, incluso para conservar los mitos compartidos. Una sociedad donde las palabras y discursos grandilocuentes lo inundan todo, pero muy pocos se arriesgan a decir lo que de verdad creen, y a pelear por ello.
Pero no nos engañemos: Vance no fue a Munich para obsequiarnos una reflexión neutral sobre la inanidad del sueño europeo, sobre el hedonismo egoísta de nuestras sociedades o la cobardía de nuestros líderes, incapaces de cumplir ni siquiera con la promesa de defender la integridad territorial de Ucrania. Vance fue a vendernos la idea de que la fractura entre Estados Unidos y Europa -hoy más profunda que nunca- es responsabilidad nuestra. No de la administración autoritaria y desquiciada que nos desafía amagando con un nuevo orden mundial, basado exclusivamente en la fuerza. Un retorno al orden perverso, que definió el imperialismo colonial del XIX y provocó más tarde las guerras del XX. Trump ha decidido desatar una guerra comercial planetaria, sazonada con propuestas como el abandono de Ucrania a su suerte, el vaciado de Gaza, la compra de Groenlandia o la ocupación de Panamá. Anda todo el mundo aterrado por la guerra arancelaria, y yo creo que es una excusa: provocará un retroceso del uno al dos por ciento en el PIB estadounidense y europeo, pero siendo eso grave e innecesario, es mucho más grave el peligro que supone volver a políticas donde la fuerza y el poder, lo justifican todo, políticas donde las leyes internacionales y los derechos humanos no significan absolutamente nada, ni significa nada la suerte de los antiguos socios y aliados.
Vance puede recordarnos a los europeos que esta encrucijada es fruto de nuestra idiotez, nuestra alborozada facundia, la renuncia al esfuerzo, a la educación y la responsabilidad, nuestra vagancia y cobardía. Tiene parte de razón. Pero miente -y se miente- si cree que el mundo que pretenden él y Trump va a ser un mundo mejor, un mundo más humano, más justo, un mundo de valores. No va a ocurrir eso: su reprimenda se ampara en el relato intuido en las proclamas del Kremlin sobre la decadencia de Europa, en el tono correccional de los nuevos autoritarismos, en el viejo lenguaje de los que ya tienen todo el poder y el dinero y aún quieren más.
Ojalá todo esto logre despertarnos y nos permita escapar del rapto en que vivimos.














