El líder de Hezbolá, Hasan Nasralá, pomete «duras represalias y un justo castigo» contra Israel en un mensaje televisado a la población del Líbano.
Del primer capítulo de la primera temporada de ‘Juego de Tronos’, la serie de televisión basada en las novelas de George R. R. Martín, recuerdo uno de esos diálogos que convirtieron la serie en un fenómeno de culto. El protagonista principal de esa temporada, Ned Stark, ha localizado a un desertor al que debe ajusticiar. Preguntado por su vástago Bran, por qué tiene que hacerlo él, el señor de Invernalia replica que “el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada” [con la que va a cortarle la cabeza al desafortunado cobarde]. Stark le explica a su hijo que “si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no merece morir”. Y concluye: “el gobernante que se esconde tras ejecutores a sueldo olvida pronto lo que es la muerte…”
Al margen de la resonancia épica de las palabras de Lord Stark, o el regusto shakespeariano de la imaginería de Martin, lo cierto es que en sus novelas se habla de un mundo y de unas reglas que dejaron de existir hace mucho, si es que existieron alguna vez. En las guerras actuales, la muerte de los otros se produce la mayor parte de las veces sin contacto, a gran distancia del agresor, en muchas ocasiones sin riesgo alguno para quienes deciden provocar el daño o recibe la orden de provocarlo. La potencia destructiva de artefactos mortíferos, el uso de programas informáticos que deciden cuando y como actuar contra el enemigo, la instrumentalización de sofisticados sistemas de espionaje que fijan y determinan el momento de la muerte de los adversarios, han cambiado completamente las reglas éticas del enfrentamiento. Quienes pilotan hoy mortíferos drones, capaces de acabar con la vida de multitud de personas, pueden hacerlo amparados en la seguridad de encontrarse a miles de kilómetros del lugar donde actúan sus pájaros.
Desde la guerra contra los talibanes de Afganistán en adelante, la muerte certera y precisa de los enemigos se ejecuta con la asepsia y comodidad de quien se entretiene con un videojuego, sin correr el más mínimo peligro. El poder destructivo cada vez más determinante de los drones y bombas teledirigidas define las guerras modernas, envileciendo aún más la escasa ética de las actuales situaciones de combate. La superioridad tecnología es definitiva para dirimir el éxito en el conflicto. El valor personal, la pericia, la capacidad de asumir riesgos, juegan hoy un papel realmente insignificante en el escenario de la guerra moderna. Lo que cuenta es la capacidad de destruir desde lejos, la protección e impunidad desde la que se ejecuta sin compasión alguna a un adversario que no es más que una luz ominosa que se mueve por una pantalla.
Hoy no es el hombre que dicta la sentencia quien asume el rol de administrar el castigo. En la mayoría de los casos lo hacen soldados entrenados no para el combate, sino para una gestión eficaz de los recursos que conducen a la destrucción y provocan el daño y la muerte.
El reciente episodio del ataque tecnológico de Israel a Hizbulá, la utilización de buscas y walki-talkis manipulados y cargados con explosivos para acabar con la vida de sus propietarios, o herirlos de gravedad, es sin duda una brillante y brutal operación de los servicios secretos israelitas. Nos señala la dirección en la que camina la inteligencia militar, y nos revela un combate extraordinariamente desigual en el que es cada vez más difícil dirimir donde está la razón.
Siempre he creído que Israel tiene derecho a existir y a defenderse del salvajismo y la brutalidad con la que ha sido frecuentemente atacado a lo largo de su historia. Las repugnantes escenas de los hombres de Hamás asesinando cobardemente a jóvenes en un festival por la paz, o masacrando sin asomo de piedad a niños, mujeres y ancianos indefensos, me revolvieron las tripas, como a tantos. Entiendo la necesidad de una respuesta militar a la agresión. Pero si Israel pretende sostener cualquier tipo de liderazgo moral, la respuesta a las agresiones sufridas debe ser medida, proporcionada. Contestar a la barbarie con bombardeos masivos y políticas de ‘tierra quemada’, o con esta última salvajada tecnológica de los ‘busca’ explosivos, no es la respuesta de un país civilizado que busca la paz, sino el camino hacia una guerra generalizada contra todas las facciones proiraníes de Oriente medio, que quizá desemboque en un conflicto imparable con el propio Irán.
No me pregunten como debe resolverse este conflicto, porque no lo sé ni creo que lo sepa nadie. Pero sí tengo la certeza de que así no se resuelve, ni se gana otra cosa que no sea tiempo para que el odio entre judíos y musulmanes crezca y se expanda durante generaciones.














