La zona de comienzo del camino la costa a la ermita de Sanjuanito, en Punta del Hidalgo
Yo tenía debía tener 23 y estudiaba en la Universidad de La Laguna. Vivía con dos estudiantes más en una casa terrera de una de las transversales de la calle La Higuera, pegado al barranco. En el garaje había montado una librería de libros usados, un negocio bastante ruinoso, del que yo era propietario y el principal cliente. Quizá por eso nunca me cuadraban las cuentas. Lo intentaba apuntándome a cualquier trabajo que me saliera. Creo recordar que fue en la primavera de 1981 cuando me contrataron para ayudar a hacer el padrón municipal de La Laguna, y me asignaron a una cuadrilla de encuestadores que tenía que cubrir la zona de Punta Hidalgo. Estuvimos haciendo habiendo el censo algo más de un mes, y me patee hasta el último rincón de la Punta. Casi toda la población se concentraba entonces –y ahora- en el casco urbano del barrio, pero había un camino que arranca en la playa del Roquete, cerca de la cofradía, y llevaba desde la zona del Altagay hasta la ermita de San Juanito, un paseo que podía hacerse entonces en más o menos veinte minutos. La verdad es que en ese ramal –el que lleva del apartotel a la Ermita no había entonces –ni ahora- ninguna casa en la que encuestar a nadie, pero yo lo recorrí en aquellas semanas al menos una decena de veces. Al acabar el trabajo, a las cuatro de la tarde, me gustaba ir desde el pueblo a la ermita por la costa, una auténtica reserva de aves marinas, y al llegar me fumaba un Camel sin filtro, sin tragarme nunca el humo.
Ese camino es sin duda uno de los más hermosos del norte de la isla y -desde hace cinco años- el único sendero de Tenerife y uno de los dos que hay en Canarias –en España hay 128- que cuenta con la distinción medioambiental de ‘Sendero Azul’, que reconoce la riqueza natural y el esfuerzo de conservación y cuidado de caminos costeros. Es extraño que en Canarias, plagada de paisajes costeros extraordinarios, sean sólo dos –el otro es el de El Time, en la isla de La Palma- los senderos reconocidos con este distintivo, que pretende destacas el esfuerzo y compromiso de los municipios y administraciones públicas para recuperar itinerarios que nos acerquen al disfrute del paisaje natural, contribuyan a la sensibilidad ambiental y el conocimiento respetuoso de nuestro territorio. El programa distingue senderos e itinerarios, en los que las administraciones se vuelcan con proyectos y recursos. Quizá por eso, existiendo tantos caminos de extraordinaria belleza en las islas, no han sido considerados para formar parte del catálogo. Porque en ellos no se ha hecho el trabajo que La Laguna hizo en Punta del Hidalgo. Un esfuerzo que se centró durante los últimos años en la preservación de lo que hace ya mucho tiempo fue aquél paseo de mi juventud, una senda por la que no circula el tráfico rodado, y en la que se realizaron actuaciones como la instalación en 2001 de un mirador para la observación de pájaros, que cuenta con la descripción en paneles de las aves que pueden verse con más frecuencia: garcetas y garzas reales, correlimos, vuelvepiedras, charranes, el chorlito gris, el andarríos chico, el zarapito trinador o el paiño pechialbo.
La Laguna ha logrado preservar primero y destacar después un paisaje de encuentro entre el volcán y el mar, hoy colonizado por invernaderos, accesible a charcos y piscinas naturales y frecuentado por una vida animal que se ha ido perdiendo en otras zonas de la isla. Sin embargo, el rescate y conservación del camino no ha concluido aún. En las zonas integradas a lo urbano, la construcción de edificios desproporcionados –la mastodóntica silueta del Altagay es un ejemplo- y también de otras obras menores y privadas, provocó ingentes vertidos de material de obra sobre los charcos y rocas del litoral, que hoy forman un talud que impide el desarrollo de fauna marina y el uso de las piscinas naturales. El proyecto de extracción de todo ese material arbitrariamente depositado durante más de medio siglo de descontrol, exigía una intervención municipal que redima para siempre las partes del camino a la ermita de San Juanito que aún no han sido rescatadas.
El ayuntamiento comenzó a preparar ese plan hace dos años –un proyecto de más de medio millar de páginas- y ha logrado aprobarlo y presupuestado para este, en tres millones y medio de euros, un dinero que permitirá corregir la degradación producto de vertidos sin control. Casi dos kilómetros y 50.000 metros cuadrados de intervención que amplia y mejora los espacios libres y recupera el espacio, limpiando de basura artificial toda la zona, y elimina cualquier obstáculo artificial que impida el pleno desarrollo de las mareas. Y ya puestos, crea infraestructuras marítimas que permiten el paseo, el deporte, la recreación y el ocio.
Un proyecto que supone la regeneración de la costa, fija la especialización del litoral puntero en el contexto de la ciudad, y contribuye al desarrollo económico del barrio. Un trabajo bien hecho, que comenzó hace 25 años, se aceleró durante la pandemia, y ahora se remata. Ojalá se hicieran en todos lados más cosas así, con cabeza, acuerdos y voluntad de continuidad.














