Tiempo de chismes

por | 30 enero, 2025 | A babor

 «Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais… atacar naves en llamas más allá de Orión, he visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.» [Roy Batty enBlade Runer, Ridley Scott 1982]

El fiscal García Ortiz dedicó casi hora y media en el Supremo a no decir prácticamente nada. Apenas dos cosas de cierto interés: una, que está convencido de que el juez que instruye su caso actúa de forma predeterminada y eso le impide descubrir la verdad. La otra, volver a negar haber filtrado al Gobierno o los medios el famoso correo del abogado del novio de Ayuso, en que este reconoce sus trampas fiscales. Siguiendo la costumbre de negarse a declarar ante el juez instructor–una costumbre convertida en moda-, el fiscal se negó a contestar al juez. Sólo lo hizo a las preguntas de su propia defensa. Y no hubo tampoco preguntas de la teniente fiscal del Supremo: Ángeles Sánchez se limitó a considerar que el origen del procedimiento contra su jefe está viciado, porque se produce como resultado de un registro que calificó de ilegal, el que hizo en su despacho la Guardia Civil el 30 de octubre por orden del Supremo. Es curioso cómo la subordinada del Fiscal General, interviene en él procedimiento intentando evitar que el fiscal sea juzgado. Es singular que esta sea la primera vez que un Fiscal General del Estado comparece como investigado ante un tribunal. Es chocante que García Ortiz elija una estrategia de defensa que se ampara en el derecho que le asiste a no contestar al juez, como suelen hacer tantos chorizos instruidos. Es sorprendente que defienda su versión, sus mentiras reiteradamente desmentidas por los guasap en las que urge recibir los correos, o en las que muestra su preocupación por perder el relato. Es chiripitiflautico que esté dispuesto a autoinmolarse en la pira ardiente de la opinión pública, para evitar que se sepa lo que de verdad ocurrió aquella noche de urgencias, lo que puede probarse que ocurrió, lo que él hizo, las huellas que dejó en sus conversaciones y guasap y luego borró de su terminal de teléfono móvil, no para protegerse –para eso era tarde-, sino para proteger la cadena de mando.

Todo es muy interesante, divertido, y entretenido. Pero no deja de ser más que ruido. Lo que ocurre en este caso es extraño: andamos ocupados de los pormenores de la intriga, dibujando diagramas Pert para explicar los juegos malabares de la fiscalía, los mensajes lobatos, las balanzas de la justicia bordadas en la corbata del Fiscal, o los exactos minutos y segundos que van desde un email recibido por el fiscal en su correo privado, a ese mismo correo en Moncloa. Todo son chismes, chismes puntiagudos, y mucho ruido. Un ruido intenso y minucioso, que todo lo invade y nos impide entender lo que de verdad pasa.

En Sapiens, su primer libro importante, Harari nos explica que el chisme nos enseñó a colaborar, a entendernos, a construir el mundo común de las sociedades tribales. Gracias al poder extraordinario del cotilleo, fuimos capaces de dar forma a las pequeñas sociedades primitivas. Luego las sociedades crecieron y tuvimos que inventar los mitos –las realidades imaginadas- para colaborar a gran escala. Sin mitos asumidos por el hombre moderno –la religión, el dinero, el Estado, el futbol, los derechos- nos habría sido imposible avanzar. Pero el chisme no desapareció, pervive triunfante como principal mecanismo de la colaboración próxima, aunque la tele, internet y las redes ya han creado el caldo de cultivo para el desarrollo del chisme planetario.

Lo que está sucediendo –no sólo en nuestro país, aunque a los que vivimos aquí lo que aquí ocurre nos resulte más evidente-, es que la cascada interminable de chismes comienza a deteriorar nuestros mitos más potentes: las falsedades y polémicas del día sepultan, cubren y ocultan el daño que sufre una sociedad que pierde sus referencias. La miseria judicial del Fiscal General, sus mentiras, estrategias, contradicciones e incongruencias nos ocupan más que la degradación institucional de nuestra democracia, el intento de controlar la judicatura como ya se ha hecho con los partidos, las empresas clave, la televisión, gran parte de los medios… La negociación in extremis entre el PSOE y Junts, desde el decreto ómnibus al decreto en porciones, los pormenores de la espera del Consejo de Ministros, o sobre el pequeño regalo envenenado –ahora al PP- del palacete parisino del Cervantes, que siguió en el decreto para que el PP no lo votara, nos enturbia la visión de que quien realmente decide lo que ha de pasar en este país es el prestidigitador que aparece y desaparece en las calles de Barcelona, el prófugo de la Justicia, el que provocó la mayor crisis institucional de la España en Democracia. El chisme nos impide ver que nuestros mitos corren peligro, y algunos ya han muerto.

Las mentiras del fiscal, el ridículo del ómnibus, las trampas de la Amnistía, los cambios de opinión del hombre enamorado, los bisnes de su mujer… no importan. Lo que importa es que las reglas que nos dimos y han preservado nuestra sociedad de la barbarie se deshacen sin que siquiera nos demos cuenta. Cómo lágrimas de replicante bajo la lluvia.