Lo que nos han cambiado

por | 03 junio, 2024 | A babor

En apenas un par de años, todo lo que sabíamos de política ha cambiado. Y ha cambiado de una forma que nos parece imposible, es como si un tsunami imparable hubiera destruido todas las barreras existentes, se hubiera llevado por delante todo lo que antes nos impedía actuar de la manera en que lo hacemos hoy. Nos gusta creer que este cambio es algo único en la Historia, y que nos afecta a nosotros de forma especial. No es cierto: el nuestro es un planeta cada día más globalizado, donde las tendencias son cada vez más mundiales: el desarrollo del populismo, el arrinconamiento de las políticas basadas en resultados, el uso taimado y fraudulento del lenguaje, la reducción de la verdad a pura entelequia, son procesos que contagian hoy a todas las grandes democracias occidentales. En Estados Unidos, un candidato a la Presidencia está en condiciones de ganar las elecciones, aunque haya sido declarado culpable de hasta 34 delitos. Incluso si acaba en la cárcel podría ganar. De hecho, el anuncio de su culpabilidad por un jurado unánime, le ha hecho recaudar 70 millones de dólares en contribuciones de campaña en tan sólo 48 horas.

Pero la reacción de los donantes ante lo de Trump no es un ejemplo de cómo se comporta sólo la gente de derechas. La izquierda está asumiendo en todas partes discursos en los que se desprecia la independencia de los tribunales, en los que da igual lo que un jurado pueda declarar probado, porque lo que hoy merece la confianza de los ciudadanos es lo que estos quieran creer. Absolutamente al margen de los hechos. Los hechos son hoy mero adorno, decoración, circunstancia.

No es la primera vez que eso sucede: la Historia nos ha deparado cambios de paradigma en los comportamientos y actitudes de las personas y de sus dirigentes absolutamente pasmosas e inesperadas. Un país como Estados Unidos, históricamente contrario a cualquier forma de intervención militar fuera de lo que hasta entonces era su estricto ámbito de influencia –Hispanoamérica y el Caribe-, se embarcó en una Guerra Mundial que acabó costándole millones de bajas. Pero al menos hubo –Pearl Harbour- una justificación por medio. También un imperio gobernado por un político conservador detestado hasta entonces –Winston Churchill- se amparó en el apoyo laborista y aplicó medidas socialistas para hacer frente a la economía de guerra. Ocurrió hace ya mucho tiempo, es cierto, pero la Historia no para de ofrecernos cambios constantes de lo que nos parecía imposible y se vuelve posible.

Lo que realmente nos sorprende ahora es la extraordinaria velocidad a la que se producen esos cambios de opinión y de criterio, y también la intensidad militante con la que afiliados y ciudadanos se adaptan a los nuevos discursos: hace menos de un año se rechazaba la amnistía por ser claramente inconstitucional, y ese era el discurso aceptado por la práctica totalidad de los no directamente afectados. Hoy se aplaude lo que antes se rechazaba y se descalifica como fascistas a quienes se oponen a lo que antes se oponían todos. Hace dos años se perseguía legalmente a golpistas, sediciosos y malversadores, y ahora se les aprecia como aliados necesarios, se les ampara y jalea en las instituciones. Hace tres años se reclamaba la entrega de Puigdemont para llevarlo a los tribunales, hoy se reúnen con él en Ginebra y en Bruselas, con la intervención de mediadores internacionales, se escuchan sus propuestas secesionistas y se negocian con él los presupuestos, la amnistía e incluso el gobierno de la Generalitat. Hace cuatro años se apoyaba la aplicación del artículo 155 de la Constitución contra los que habían declarado la independencia de la república catalana, se suspendía la autonomía y se disolvían las Cortes por apoyar la secesión, ahora se olvida que el PSOE se sumó encantado a ese viaje, y se acusa a la derecha fascista y reaccionaria de haber llevado al país al disparadero, de haber alentado la rebelión y haber reprimido violentamente el ejercicio de la democracia.

Los cambios han sido y son tan rápidos que olvidamos los motivos que los provocan: olvidamos que la mayoría que sostiene el Gobierno ha ido necesitando ceder en todo lo que se les pedía, para poder seguir manteniendo la Moncloa. Que esa misma mayoría ha tenido que aceptar el discurso impuesto por sus socios para explicar sus sucesivas concesiones, que ha incorporado a ese discurso análisis y explicaciones que antes resultaban completamente inaceptables:  el asalto al Estado de Derecho por una caterva de jueces ultraderechistas y facciosos, la existencia de un Estado europeo con presos políticos y exiliados –esto es chocante, porque se trata del mismo Estado que se gobierna-, la división del país y del mundo entre buenos y malos, decentes e indecentes, sacrificados y asesinos.

Y cada vez, un poco más, un nuevo giro de tuerca al lenguaje, ya incapaz de sostener en pie los argumentos.