La final (del próximo Mundial)

por | 13 julio, 2026 | A babor

Maqueta del gran Estadio Hassan II, que se construye en las afueras de Casablanca

Kim Il-sung construyó en Pyongyang el estadio de fútbol Primero de Mayo, durante décadas el mayor del planeta. Hasta que nuestro vecino, el rey Mohamed decidió hacer uno más grande. El nuevo Hassan II de Casablanca tendrá 115.000 espectadores, apenas mil más que el coloso norcoreano. Aquí, como ocurre con los rascacielos, el tamaño forma parte del mensaje.

Un estadio nunca es sólo un estadio: es prestigio, influencia, poder blando y capacidad para sentar al mundo entero frente a las pantallas. Si además ese estadio aspira a albergar la final de un Mundial, el asunto deja de ser el de una infraestructura deportiva, para convertirse en una declaración geopolítica. Eso explicaría la intensísima actividad diplomática que Marruecos viene desarrollando para convencer a la FIFA de que la final del Mundial de 2030 se dispute en Casablanca y no en España. La operación, dirigida desde el entorno de Mohamed, VI tendría como principales ejecutores al presidente de la federación de futbol marroquí, un personaje con muy buenas relaciones con Infantino, y el embajador de Rabat en Washington, en una campaña que –se cuenta en los medios- está encontrando receptividad en el Consejo de la FIFA. Nada está decidido aún, pero el optimismo inicial español ha dado paso a una inquietud que ya nadie disimula.

Resulta llamativo que un país que llegó a esta candidatura como tercer socio, termine aspirando a quedarse con la final que todos daban por española. Hace apenas unos años parecía indiscutible que el cierre del Mundial se jugaría en el Bernabéu o, como alternativa, en el Camp Nou. Hoy el Bernabeu parece ya descartado –el estadio de Casablanca tiene un aforo sustancialmente mayor-, y el Nou Camp tampoco se da por segura. Naturalmente, la cuestión trasciende el fútbol.

Desde hace años da la impresión de que, en todas las negociaciones importantes entre Madrid y Rabat, la balanza termina inclinándose del mismo lado. Ocurrió con el inexplicado giro español sobre el Sáhara Occidental, anunciado mediante una carta remitida por Sánchez a Mohamed VI y conocida antes por los medios marroquís que por el Congreso de los Diputados. Aquel cambio se produjo solo dos meses después de que el teléfono móvil del presidente español figurara entre los afectados por espionaje mediante el programa israelita Pegasus, un episodio cuya autoría marroquí sigue siendo objeto de debate público y político. Desde entonces, muchos ciudadanos tienen la sensación de que Marruecos siempre acaba obteniendo de España lo que quiere. Y ahora lo que Marruecos quiere es que la final del Mundial 2030 se celebre en su estadio de fútbol.

Puede parecer un asunto menor. Y sin duda lo es, comparado con la economía, la inmigración o la política exterior. Pero también conviene recordar que el fútbol ocupa un lugar bastante peculiar en la escala de prioridades emocionales de este país. Hay españoles capaces de perdonar a un Gobierno que se corrompa, que sea incompetente o que actúe marcianamente. Pero cuesta imaginar a un aficionado aceptando con deportividad que la final de un Mundial organizado en buena parte por España termine celebrándose en Casablanca.

Las redes sociales empiezan a ofrecer una pista de por dónde pueden ir los tiros. Entre las decenas de miles de personas que se han sumado a bronca aparece una idea repetida: si España no alberga la final, quizá no tenga demasiado sentido organizar el Mundial. Es una reacción emocional, probablemente exagerada, pero revela hasta qué punto este campeonato estaba construido alrededor de una gran final en suelo español. Aunque no parece que estemos trabajando mucho el asunto: la semana pasada, en Las Palmas de Gran Canaria, que aspira a albergar algún partido, no se ha presentado ninguna empresa al concurso para reformar el estadio de la Unión Deportiva por casi 175 millones y un plazo de tres años.

Mientras nos lo tomamos con calma, una encuesta del digital The Objective refleja un rechazo muy amplio –del 95 por ciento de los lectores- a que España organice el Mundial 2030 si la final acaba en Marruecos. Otra, en el mismo medio digital, con más de 6.000 participantes, muestra que más del sesenta por ciento de los lectores preferiría Casablanca -antes que el Camp Nou- como sede del partido decisivo. Es decir, que hay quienes están dispuestos a entregar la final a Marruecos… con tal de que no la gane el rival español. Si eso no define el momento crispado que vive este país, pocas cosas lo harán.

Cuando la FIFA termine confirmando dónde se celebrará la final –apuesto por Casablanca, aunque en el fútbol, como en la política, los partidos no terminan hasta que el árbitro lo decide- quizá aprendamos algo: mientras otros naciones juegan al Mundial de la diplomacia, en España seguimos entretenidos disputando un eterno derbi contra nosotros mismos.