Jesús Ramos, diputado de ASG saluda a Clavijo y Domínguez en el pleno de ayer.
La unanimidad del Parlamento de Canarias frente a la propuesta de la Comisión Europea para el próximo Marco Financiero Plurianual es puro reflejo defensivo. Todos los grupos han coincidido en advertir de que Bruselas pone en riesgo el tratamiento diferenciado que el artículo 349 del Tratado reconoce a las regiones alejadas del continente. Y tienen razón: el problema no está en el diagnóstico, sino en el contexto en el que se formula… y en la confianza que se deposita en quienes deben defenderlo.
Porque una cosa es reclamar unidad interna y otra muy distinta confiar en que el Gobierno de España vaya a traducir esa posición en hechos. La experiencia reciente no invita precisamente al optimismo. Cada vez que el Ejecutivo central ha tenido margen para apostar de verdad por las singularidades canarias -financiación, inmigración, REF, conectividad, reparto de recursos- lo ha hecho, en el mejor de los casos, con palabras amables y compromisos vaporosos. Canarias suele recibir comprensión retórica y respaldo emocional, pero rara vez prioridad política efectiva.
De ahí la alarma expresada por el presidente Clavijo ante la posibilidad de que los fondos europeos se centralicen aún más en manos del Estado. No es una alarma exagerada. Cuando Madrid reparte, Canarias suele quedar al final de la cola. Y cuando promete defender singularidades, casi siempre lo hace subordinándolas a pactos, equilibrios y urgencias que poco tienen que ver con las necesidades de las islas.
Pero hay algo más determinante para entender las curvas que vienen que la desconfianza –sin duda justificada- en el compromiso del Gobierno Sánchez con Canarias. Y ese algo es el cambio profundo que se está produciendo en el contexto europeo.
Durante décadas, la Unión ha sido un espacio para la expansión presupuestaria, la cohesión territorial y las políticas compensatorias. Fue el tiempo en el que la política comunitaria pensaba en el bienestar. Podríamos decir que fue un tiempo de mantequilla. Ahora es un tiempo de cañones: Europa ha entrado en una fase distinta, marcada por la guerra en Ucrania, la amenaza rusa, la presión migratoria, la competencia tecnológica y comercial con Estados Unidos y China, y el repliegue estratégico decidido por Trump. No es la primera vez que la historia entra en fase de peligro y el dinero cambia de destino: menos subsidios estructurales y más gasto en defensa, seguridad e industria militar. Eso toca. Y no ocurre por ideología, sino por geopolítica. Toda Europa, con la excepción de España, se ha comprometido a aumentar hasta el cinco por ciento del PIB el gasto militar, y eso va a impedir que el dinero de Europa llegue a donde llegaba antes. Pensar que el próximo marco financiero va a tener las mismas prioridades que los anteriores es, sencillamente, poco realista. Habrá menos recursos disponibles, más control de los Estados y una competencia feroz entre prioridades. Y en ese escenario, las políticas de excepción -como son las políticas RUP- estarán permanentemente cuestionadas, aunque sigan siendo jurídicamente legítimas.
Por eso resulta tan llamativo que Canarias defienda el statu quo casi como un dogma. Mantener intacto el modelo actual no es una opción garantizada, es una pelea que se nos va a poner muy cuesta arriba. El Posei, las compensaciones pesqueras o las dotaciones adicionales de cohesión son instrumentos esenciales, desde luego. Pero también hijos de una Europa que ya no existe. Cuanto antes entendamos y asumamos que el riesgo es real, y que para afrontar lo que viene hay que hacer algo más que sumar unanimidades parlamentarias, pues será mejor. No porque seguir defendiendo las ayudas y privilegios que creíamos consolidados sea ilegítimo, sino porque pedirlo todo como si nada hubiese cambiado puede conducir a perderlo todo, porque la verdad es que todo ha cambiado.
Canarias debería empezar a plantearse cuál va a ser el paisaje más probable. Asumir que no va a sobrevivir un escenario que mantenga íntegramente el sistema actual, que hay que prepararse para asumir ajustes, sacrificios, cambios y reordenaciones. Y no por culpa de una conspiración contra las islas, sino porque Europa está reasignando prioridades a una velocidad que aquí abajo preferimos no mirar de frente.
Cambiar exige algo más que unanimidad parlamentaria. Exige estrategia, realismo y una relación menos ingenua con el Gobierno nacional. Exige, incluso, abrir debates que hoy nadie quiere abrir: qué sector primario es viable, qué ayudas deben transformarse, qué modelo económico puede defenderse en un contexto de escasez presupuestaria y rearme continental. La foto de la unidad anima, pero no basta: Bruselas no negocia con fotos, y Sánchez no pelea más batallas que las que considera necesarias para su propia supervivencia.
Es cierto que Europa sigue siendo imprescindible para esta región atlántica, pero lo que no está claro es que la Europa que conocimos pueda -o quiera- seguir siendo la misma.














