Me pregunta una amiga por qué no he escrito aún sobre el machista Errejón y pienso que no lo he hecho porque ni le veo por ahora al asunto mucho rastro delictivo, ni me preocupan los pecados de lujuria ajenos, ni tampoco comulgo con los linchamientos públicos, aunque sea el de alguien por quien no siento consideración alguna. Errejón es un personaje que se vendió primero como voz del sector no leninista de Podemos, después como dirigente purgado por los pablistas, y luego como portavoz intelectual de Sumar, un partido en el que parece que basta ser capaz de hilvanar dos palabras coherentes para ascender.
Supongo que no sumarme con entusiasmo a la campaña desatada desde izquierda y derecha contra este blandito escribidor de disculpas lloricas, me valdrá ser tildado de machista, defensor del patriarcado o ideológicamente indefinido. Eso me preocupa lo justo: creo que la decisión de Errejón de retirarse de la primera línea ha respondido a la vergüenza de ver expuesta su afición al sado y al bondage, más la advertencia de los suyos de que sería ajusticiado frente a la multitud, si no lo hacía. Ante eso, Errejón se ha acobardado. O esconde algo que aún no ha salido, porque los tres asuntos que han provocado su autoinmolación (y el entusiasmo idiota de los suyos ante el espectáculo) carecen de enjundia. El primero es una denuncia anónima en una red social, que no sólo no aporta prueba alguna, es que ni siquiera identifica el momento, el lugar o el daño, más allá de revelar que su sexualidad es inadecuada. Por lo que yo sé, atribuir a la conducta sexual esa calificación era propio de curas y legisladores nacionalcatólicos. Mi generación descubrió con alborozo que la sexualidad no es ni puede ser juzgada adecuada (o lo contrario) por otros que no sean los adultos que participan de ella voluntariamente. El otro es el caso de sexo extremo que adelanta El Salto, periódico podemita, también ocultando la fuente. Pero si una alguien considera vejatorio o repugnante el sexo consentido –y debiera ser consentido el que se mantiene entre adultos durante largos períodos de tiempo-, lo que procede es actuar como adulto, cortar y concluir. En el tercer caso, éste con denuncia policial tres años después de ocurridos los hechos, lo que se nos cuenta es una historia cuando menos confusa de dos intentos unilaterales de sexo que no coronan. El primero en una fiesta –un lugar en el que suele ser normal buscar sexo, y en el que se acusa a Errejón de mostrar su miembro en una habitación con el pestillo pasado, algo también bastante normal cuando se está por la faena. Podría argüirse que Errejón intentó forzar a su pareja, pero lo cierto es que entonces no tendría sentido que su pareja le acompañara su casa, donde al parecer, lo intentaron de nuevo sin éxito. Como se transforman esos dos incidentes en un intento de agresión sexual, es algo difícil de congeniar con la narración de los hechos ofrecida por la denunciante. Y luego está alguna ex pareja de Errejón, señalando que ahora descubre su perversión. Y el ruido.
Y aquí lo que yo pienso: algunos creen que la presunción de inocencia sólo vale para los amigos, los que nos caen bien, o los ideológicamente afines. España sigue siendo a pesar de sus muchos defectos un Estado de Derecho, y Errejón es inocente hasta que se pruebe lo contrario. Con los argumentos esgrimidos, a mí no me alcanza el tipo a delictivo y él se me queda en engreído macho alfa que ha leído más a Gramsci que a Ovidio. ¿Por qué, entonces, la cobarde cartita de disculpas plagada de reflexiones sobre el ser, la nada, la masculinidad tóxica, la culpa y el acompañamiento psicológico, sea eso lo que sea? Pues probablemente porque Errejón teme que haya más mujeres dispuestas a apurar sus encuentros y a contar otras noches de fracaso entre excesos de polvo y ausencia de sexo. Teme que los suyos le crucifiquen –como se han apresurado a hacer-, o que su ahora enemigo Pablo -ése que disfrutaría “azotando hasta sangrar” a Mariló Montero- lo machaque vilmente en la tele del 1, la misma noche en que él se va.
Este patio se vuelve cada vez más peligroso: basta una anónima denuncia para ser colgado, y ya no te libra ni que tires cobardemente la toalla y prefieras no defenderte, a admitir que el sistema que has ayudado a crear da asco. A mi toda la historia me parece humo, morbo, basurilla woke y revancha. De algún ser humano herido, y más aún de los enemigos de tu bando –Podemos y el PSOE- y del bando contrario –PP y Vox- decididos a recrear un auto de fe, un proceso inquisitorial y moralista contra un cuarentón pijoprogre al que le gustan las rarezas.
Dicho eso, me sorprende este país nuestro, más escandalizado por las torpes andanzas de bragueta de Errejón, que por las fotos que Koldo le hizo a Sánchez con el corrupto Aldama, el que pagó los amoríos del segundo Ábalos, le montó el encuentro con Delcy en Barajas, gestionó en Moncloa el rescate de Air Europa y las ayudas privadas a los bisnes de Begoña, y firmó los contratos multimillonarios para las mascarillas en la pandemia. Lo de Errejón es otra cortina de humo. De humo de pajas (con perdón).














