La detención del empresario libanés Mohamed Derbah ha sacudido el tejido empresarial, institucional y mediático de Canarias. Derbah ha sido arrestado en el marco de una operación policial en la que se investigan delitos graves como tráfico de drogas y pertenencia a organización criminal. Junto a él fueron detenidas al menos otras seis personas, entre ellas Francisco Moar, que dirigió la investigación y denuncia del ‘caso Tito Berni’. Moar es un tipo polémico que ha mantenido desencuentros y conflictos con compañeros de armas, y que fue apartado de la investigación del ‘caso Mediador’. Jubilado a finales del pasado año, ocupó puestos de responsabilidad en la Brigada Provincial de Policía Judicial. Junto a él, han sido detenidos otros dos agentes aún en activo, también destinados en el Sur. La mayoría de los arrestados –Derbah no- han quedado en libertad tras declarar, pero la figura de Derbah permanece en el centro del caso.
La personalidad de Derbah, su pasado y sus intereses son muy conocidos en Tenerife. Su figura lleva años despertando una mezcla de inquietud, respeto e incómoda fascinación en el sur de la isla, donde construyó su perfil de empresario resolutivo: nacido en el Líbano en los 60, se trasladó a África occidental, donde mantuvo negocios en zonas inestables, y posteriormente a España, instalándose en Tenerife a comienzos de los 90 como jefe de seguridad de John Palmer. Palmer, protagonista de uno de los episodios más rocambolescos de la crónica negra británica, el asalto al tren de Glasgow, fue durante años, hasta su arresto y muerte en prisión, uno de los hoteleros más reconocidos de Tenerife. La desgracia de Palmer comienza precisamente tras romper con Derbah, al que se enfrentó en las guerras por el control del time-sharing, cuando el antiguo guardaespaldas se vinculó a sectores como la restauración, la importación de materiales, la construcción y la intermediación en inversiones. Nunca fue un empresario de escaparate, pero nadie dudaba de su capacidad para tejer relaciones útiles con despachos jurídicos, mandos policiales o dirigentes políticos. Derbah fue visto siempre como un hombre que “sabía cómo arreglar cosas”. Su nombre aparecía en conversaciones donde se hablaba de favores, soluciones rápidas o gestiones delicadas. Siempre desde una posición que le permitía mantenerse en la sombra. Pero eso cambió cuando, en 2005, fue vinculado a Hezbola por el juez Baltasar Garzón, con el que se decía había colaborado previamente para facilitar la detención de Palmer. El sumario señalaba a Derbah como intermediario económico del grupo chií libanés, considerado organización terrorista por la UE. Aunque la causa no terminó en condena firme y Derbah siempre negó la acusación, su nombre quedó ligado a un turbio mapa de relaciones internacionales donde convergían política, dinero y crimen organizado.
Aun así, en Tenerife su prestigio apenas se resintió: nunca fue condenado, y su entorno siguió tratando su pasado como un episodio lejano, confuso o injusto, permitiendo a Derbhá mantenerse como una figura principal en el sur de la isla. Con la ayuda del periodista Felix Rojas creóun conglomerado de comunicación, y fundó un partido populista de nulo éxito, pero tenía interlocución con empresarios del turismo, era bien recibido en eventos sociales y cultivaba una imagen de benefactor ocasional, ayudando a la gente en conflictos privados o situaciones personales difíciles. Algunos lo consideraban un benefactor, un mecenas. Otros, un tipo oscuro dado a moverse en los márgenes.
La operación que ha llevado a su detención apunta a la existencia de una red internacional de narcotráfico con ramificaciones locales. La detención de Derbah ha causado especial revuelo, no solo por su notoriedad, empresarial sino porque al parecer había estado investigando asuntos relacionados con quienes le han detenido.
El foco sigue sobre Derbah: lo que se investiga no son actividades recientes, sino el rastro de una trayectoria ambigua que ha sobrevivido a sospechas judiciales, cambios políticos e incluso acusaciones de financiar un grupo terrorista. No es la primera vez que se habla de Derbah en los juzgados, pero sí la primera en que su figura aparece vinculada al tráfico de drogas.
La detención ha provocado un silencio incómodo en algunos sectores empresariales del sur. Personas que durante años trataron con él —o recurrieron a él— prefieren no hablar. En redes sociales, sin embargo, no han faltado mensajes en su defensa, alertando sobre su linchamiento mediático. Lo que resulta obvio, es que Derbah ya no es intocable. Su arresto marca el final de un largo equilibrio sostenido en la ambigüedad, el silencio y la influencia personal. Un equilibrio que parecía inmune al paso del tiempo, pero que empieza a resquebrajarse.
Algunas sombras, cuando desaparecen, no solo permiten ver el espacio que ocupaban. También revelan lo que preferíamos no mirar.














