Él

por | 02 septiembre, 2026 | A babor

Foto oficial de Pedro Sánchez en la página web de la Presidencia del Gobierno

Se le preguntó por Ceuta y respondió defendiendo sus vacaciones. Se cuestionó su presencia durante la crisis y recordó que ha estado en Ceuta más veces que el rey. Se planteó la posibilidad de un relevo político y advirtió que lo que viene no es alternancia sino involución. La entrevista de Sánchez en la SER, guion de lo que probablemente dirá hoy en el Congreso, tocó asuntos diferentes, pero el protagonista fue constante, todo terminaba siempre regresando a él. Incluso cuando se hablaba de quienes llevan un mes infernal en una emergencia que ha trastornado sus vidas.

El presidente tiene perfecto derecho a descansar. Nadie sensato pretende que gobierne sin dormir ni que renuncie a unos días de intimidad con su familia. Pero no es eso lo que esta en discusión. La pregunta es si su actuación estuvo a la altura de lo que pasaba y pasa en Ceuta. Contestar reivindicando el derecho a las vacaciones es puro narcisismo: los ceutíes quieren respuestas a sus problemas no a los problemas del presidente.

Es falso que Sánchez despreciara en la entrevista con Aimar Bretos a los ceutíes. Cuando se acusa a los vecinos desesperados de ser racistas o fascistas, no es Sánchez quien lo hace. Él elogió el civismo de los ceutíes. Pero felicitar a una población por su capacidad de encaje no es asumir responsabilidades por lo que se han hecho mal, que ha sido casi todas. Ceuta necesitaba algo más que un balance favorable de la gestión gubernamental: necesitaba que quien gobierna reconozca lo que no ha funcionado y no funciona. Los problemas reales que existen y que van a prolongarse durante largos meses. Con suerte.

El recurso por comparación con el rey añadió otra pincelada muy reveladora de la psicología sanchista. El rey no está en el juego de los liderazgos de partido. No está para ser comparado con Sánchez. Que además no tiene muy clara la historia: atribuyó al monarca veinte años de reinado, cuando solo lleva doce. Puede que fuera otro lapsus, pero no lo es esgrimir que el rey no ha ido a Ceuta durante su reinado. El rey no acude a Ceuta cuando él quiere. Acude cuando el Gobierno le dice que lo haga. Es así como funciona la monarquía constitucional. Sánchez presenta el asunto como si sus responsabilidades como presidente pudieran medirse contando los viajes del jefe del Estado. No es sólo un argumento mezquino, es un argumento falaz: el propio Sánchez explicó después que esa visita debe coordinarse con el Gobierno. Y si requiere de esa coordinación, no tiene sentido presentar su ausencia como una cuenta pendiente del rey. El rey no es un competidor electoral con el que disputar quién se preocupa más por los españoles.

Ese afán de comparación resulta todavía más chusco cuando alcanza a la oposición. Sánchez negó que la alternativa existente –entre la izquierda y la derecha- merezca ese nombre, porque según dijo, no es alternancia sino involución. Es lógico que Sánchez considere que un Gobierno de PP y Vox será perjudicial para el país. Advertir de retrocesos concretos es legítimo, de eso va la política; pero convertir la propia permanencia de uno mismo en la única garantía de democracia es otra cosa. Más propia de un líder mesiánico que del presidente de gobierno de una democracia europea. La alternancia no consiste en aceptar el cambio de Gobierno cuando a uno ese cambio le parezca conveniente, cuando los adversarios hayan adquirido suficientes méritos progresistas. Consiste en que los ciudadanos puedan sustituir al que gobierna sin necesitar su aprobación. Incluso optando por políticas que Sánchez detesta. El derecho a gobernar no depende de un certificado de idoneidad de Moncloa.

Una elección democrática no convierte cualquier conducta posterior en democrática. A todos se debe exigir los mismos límites y reglas. Y por eso resulta tan peligroso sustituir el examen de propuestas y actuaciones por la división moral entre quienes encarnan la democracia y quienes la amenazan. Con ese procedimiento, la gestión deja de ser lo que se juzga: basta con invocar la maldad del adversario para pedir otra prórroga.

Ceuta, el rey y la alternancia no son el mismo asunto. Pero en las respuestas de Sánchez aparece una misma disposición a desplazar el debate desde sus obligaciones hacia su defensa personal. Los ceutíes merecen que su sufrimiento no sea tratado como una dificultad argumental del Gobierno. Y los españoles, que el presidente acepte que cambiarle por otro es una decisión política, que ser de derechas (y actuar en consecuencia) no implica carecer de convicciones democráticas.

Sánchez tiene derecho a defender su puesto. Lo que no tiene es derecho a confundir democracia con ser él quien gobierna.