Pedro Sanchez con el presidentede la Xunta, Alfonso Rueda, durante su visita al centro de coordinación operativo contraincendios de Ourense.
Cerca de 350.000 hectáreas de monte han ardido ya este verano. La cifra impresiona: equivale a al setenta por ciento de la superficie de Tenerife. Pero no hace falta traerse el fuego a casa para sentir el horror de toda esta devastación: ya son miles de hogares desalojados, muchos de ellos pasto del fuego, restos humeantes de un paisaje calcinado que tardará generaciones en recuperar su esplendor. Y, sin embargo, con el país literalmente ardiendo por los cuatro costados, la política española sigue haciendo lo único que parece saber hacer: añadir queroseno a las llamas.
Después de una semana de tostarse al sol de Lanzarote sin dar señales de vida ante el incendio, apenas alguna baladronada del ocurrente
ministro de los insultos, Sánchez decidió aplicar las recetas de su Manual de Resistencia y darse un garbeo por las regiones más afectadas. Entre fotos, declaración institucional y visita al dispositivo de extinción, sacó de su chistera la gran idea: un pacto de Estado contra el cambio climático. No explicó en qué consistirá, qué medidas debe plantear, ni qué compromisos pretende. Fue un anuncio vacío, tan difuso como esas promesas que ya no pretenden engañar a nadie, porque todos saben que no se cumplirán. Por supuesto, fue recibido con la liturgia de siempre: ruedas de prensa, grandes titulares y la inevitable indignación de la oposición.
El PP reaccionó con furia, calificando el pacto como “cortina de humo” para tapar la incapacidad del Gobierno. Aquí la tragedia se convierte en comedia: la propuesta de pacto de Estado es básicamente una filfa, palabrería hueca. Cierto, pero la respuesta es aún más estúpida. Porque incluso las iniciativas vacías, si reclaman el retorno al diálogo y el entendimiento, podrían servir de punto de partida para intentar acuerdos en un país en el que la política se envenena y enreda en formatos para no ponerse de acuerdo jamás. En lugar de discutir qué puede hacerse para evitar que el verano juegue cada año su ruleta rusa de incendios forestales, nuestros líderes se dedican a insultarse, señalar culpables y competir en el campeonato nacional del cinismo. Ocurre mientras los incendios se combaten
con el esfuerzo y sacrificio de miles de bomberos forestales mal pagados, con la ayuda de voluntarios que se juegan la vida en pueblos remotos, y con la resignación de quienes ven cómo sus casas o sus cultivos desaparecen en cuestión de horas.
La gira presidencial tuvo además su detalle pintoresco: un dispositivo especial para evitar que se repita otro “momentazo Paiporta”, antes de volverse a La Mareta a reunirse con Clavijo. A pesar del dispositivo, ocurrió: un vecino indignado le recriminó a Sánchez la falta de medios mientras las llamas arrasaban su pueblo. No hay imágenes: Moncloa cuida mucho la coreografía: visitas blindadas, vecinos seleccionados y el relato siguiendo un guion estricto. Es la política convertida en puro teatro, en un decorado de cenizas. El PP, por su parte, sigue instalado en la cómoda estrategia de negar la mano, no vaya a ser que se la tiendan. Si Sánchez propone un pacto, es porque quiere tapar otra cosa; si no propone nada, es porque no hace nada. El “no” se ha convertido en la política de la oposición. Y así, entre la palabrería hueca de unos y la negación automática de otros, el país se queda sin debate, sin acuerdos y sin soluciones.
La conclusión resulta amarga: España no tiene remedio. Y no porque ardan sus bosques —que arden cada verano, con más intensidad y más hectáreas según avanzan el calor y la sequía, como arden los de Australia, California o Canadá—, sino porque no hay forma humana de que los partidos lleguen a un mínimo consenso. Da igual que se trate de educación, de pensiones, de sanidad, de inmigración o de incendios. Aquí nadie pacta nada con nadie, salvo repartirse cargos y sueldos cuando toca.
La emergencia climática no es una conspiración de Bruselas: es un problema que arrasa cosechas, que multiplica olas de calor y que convierte los veranos en pesadillas. La realidad se utiliza siempre como excusa o como arma arrojadiza. En nuestro país no hay pacto posible porque la política ha decidido que el adversario merezca siempre más atención que el problema. Ese es el panorama. Los bosques calcinados acabarán siendo la metáfora perfecta de nuestra política: un paisaje devastado donde ya no crece nada.














