Ángel Víctor Torres -ministro, expresidente, dirigente resiliente- asegura que afronta las acusaciones de Víctor de Aldama con una sonrisa. Es un gesto curioso, la gente sonríe por muy distintos motivos: porque algo le hace gracia, porque es feliz, para tranquilizar a los demás, para ganar tiempo y también hay gente que sonríe cuando el suelo empieza a vibrar bajo sus pies. La sonrisa de Ábalos al entrar el jueves en el Supremo con su mochila carcelaria al hombro, es de esas últimas. Torres quiere hacernos creer que su sonrisa de estos días responde a que se siente tranquilo, duerme bien, cree que la sombra de la sospecha no le alcanza. Sonríe porque el imputado Aldama fabula sobre él. Nos vende humo. Por eso anuncia que solo responderá a las afirmaciones del comisionista “cuando haya una sola prueba que sea veraz por parte de esa persona”.
Ritual: Aldama insinúa, Torres sonríe. El primero suelta que el ministro “debería estar preocupado”, y el segundo responde con suficiencia que quien debe estarlo es Aldama, con siete años de prisión sobre su cabeza. Torres asegura que a él nada le afecta, nada le roza, ninguna de las acusaciones se sostiene. No hay una sola prueba veraz, dice. Caso cerrado, pasen página. Pero las páginas se conservan en las hemerotecas. Y en ellas, Torres no aparece precisamente como un titán de la coherencia. Antes de que Aldama le señalara con el dedo, ya existía un inventario –y no precisamente corto- de cambios, rectificaciones, desmentidos y giros narrativos a 180 grados.
Empezó por negar haber favorecido a ninguna empresa, o haber participado en los procesos de adjudicación, o haber negociado nada con Koldo, y todo eso lo hizo. Aseguró no ponerle cara a García Tapia, y lo cierto es que se había reunido con él en su despacho presidencial. Dijo en Comisión de investigación no haber tenido trato con Ana María Pérez. Y luego guasapeó en distintas ocasiones a Koldo diciéndole que estaba con ella, que le había explicado personalmente la excepcionalidad de la factura en cuestión y que si no colaboraba en resolver los pagos levantaría “para el aire” a la funcionaria (con la que no había tenido trato jamás).
Después, dijo no conocer a Aldama, aunque más tarde matizó en el Senado esa declaración, asegurando que a lo mejor se lo habían presentado en algún lado y él no lo recordaba. Después supimos que se vio con él en un restaurante en el que cenaba con Ábalos y que, además, pidió su teléfono a Koldo, para hablar con él. Koldo se lo facilitó, amablemente. No es un chisme de barra: está en la página 282 del informe de la UCO. La realidad tiene una habilidad extraordinaria para contradecir los argumentos con trampa.
En la Comisión de investigación del Parlamento Torres dijo que intercedió para desatascar el pago porque la empresa había cumplido. Hoy sabemos lo contrario: los funcionarios se negaban a pagar precisamente porque la empresa no había cumplido. Por último, aseguró que su encuentro de Agosto con el mosquetero Rotaeche, uno de los hombres del corruptor Aldama, no guardaba relación con la compra de PCRs de diciembre, que –dijo- se produjo por iniciativa autónoma del Servicio Canario de Salud. Es falso, ahora sabemos que el retraso de varios meses se produjo porque el Ministerio de Sanidad se opuso a la operación, y que Torres -no un administrativo fantasma- movió Roma con Santiago para desbloquear el asunto.
Por supuesto, nada de esto prueba delito alguno. Pero dibuja un patrón, bastante similar al de todos los implicados: no haber visto a nadie, no haber hablado con nadie, no conocer a nadie, no saber nada de nada. Y cuando la palabra de un político acumula correcciones como un coche viejo acumula óxido, las sonrisas parecen pura estrategia.
El exministro contesta a las preguntas de los periodistas preguntándose él mismo por qué no está imputado y Ábalos sí lo está. Torres se responde que es así porque lo decidió el juez: el Supremo abrió procedimiento contra tres y él no está. La Audiencia imputó a dos y él tampoco aparece. Pero la credibilidad no se juzga en los tribunales, sino en la calle. Y en la calle cuentan las contradicciones, los argumentos chapuceros, los cambios de versión, las medias verdades y las mentiras.
Torres sonríe. Pero no lo hace porque no existan motivos para fruncir el ceño, sino porque sabe que admitir preocupación equivaldría a reconocer que la acumulación de rectificaciones empieza a pesar. Que la versión se va afinando con el tiempo como un palimpsesto en reescritura permanente. Y el relato público acumula grietas visibles.
Ojalá Torres sea completamente inocente. Pero si quiere que su sonrisa resulte creíble y no una máscara a punto de cuartearse, tendría que explicar por qué tantas de sus palabras anteriores no se compadecen con los hechos posteriores. Se puede salir limpio de una investigación, pero es difícil hacerlo mintiendo una y otra vez y esperando después que nadie lo recuerde. Si hay o no delito, es cuestión de la justicia. Mantener la credibilidad, en cambio, depende de lo que –sea uno presidente o ministro- primero dice y luego hace. A veces también de lo que no se hace.














