Patrico Estévanez, con su mujer y sus hijas
Patricio tuvo la mala suerte de ser hermano de Nicolás Estévanez. No porque existiera entre ellos una relación difícil -compartieron ideas, afectos, militancia y las consecuencias del exilio-, sino porque la biografía del mayor estaba destinada a ocupar mucho más espacio en la historia. Nicolás fue militar, diputado, poeta, gobernador civil de Madrid y efímero ministro de la Guerra durante la fase final de la Primera República. Protestó en Cuba contra el fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina, conspiró, escribió versos y pasó buena parte de su vida exiliado. Frente a semejante personaje, cualquier hermano corría el riesgo de quedar reducido a una nota al pie de página.
Eso es, en buena medida, lo que ha ocurrido con Patricio. Este año se cumple el centenario de su muerte, ocurrida en Geneto el 28 de agosto de 1926. La conmemoración del centenario debiera servir para rescatar al que probablemente fue el periodista que mejor definió las preocupaciones, discusiones y aspiraciones de la sociedad tinerfeña durante el cambio de siglo del XIX al XX.
Patricio nació en Santa Cruz en 1850. Era doce años menor que Nicolás y, como él, republicano federal, progresista y enemigo del provincianismo intelectual. En 1872 se trasladó a Madrid, donde trabajó en El Combate, uno de los periódicos más beligerantes del republicanismo federal. El fracaso de la Primera República lo llevó al exilio en Portugal. Vivió en Lisboa, Cascais y Oporto, publicó allí varias revistas y regresó definitivamente a Tenerife en 1880 con una experiencia política y cultural poco frecuente en las Islas de su tiempo.
Su trayectoria permite describirlo como un hombre cosmopolita sin necesidad de inflar la palabra. Viajó, vivió en el extranjero, tradujo obras, conoció directamente los debates políticos europeos y participó en las corrientes culturales y pedagógicas más avanzadas de su época. Fue –por supuesto- un destacado masón, miembro de la logia Tinerfe número 114, en la que adoptó el nombre simbólico de Tinguaro. Entonces la masonería no era una extravagancia folclórica, sino uno de los espacios de encuentro del liberalismo, el republicanismo, el laicismo y las nuevas ideas sobre educación y progreso. A su regreso a Tenerife dio comienzo la etapa esencial de su vida. Dirigió El Popular, fundó La Ilustración de Canarias –una de las publicaciones más influyentes de nuestra historia- y promovió otras publicaciones culturales y políticas. Pero su gran obra fue sin duda el Diario de Tenerife, que fundó en 1886 y dirigió durante más de treinta años, hasta que una enfermedad lo obligó a abandonarlo en 1917.
Dirigir un periódico durante tres décadas en ese tiempo supone mucho más que publicar miles de avisos y noticias. Significa ordenar la conversación de una sociedad, seleccionar sus preocupaciones y construir el escenario en el que se discuten sus conflictos. Por las páginas del Diario pasaron todos los debates de la naciente región: las comunicaciones, los puertos, la educación, la cultura, la organización territorial, los servicios públicos y el futuro económico de las Islas. Estévanez no se limitó a contar la vida de Tenerife: contribuyó más que nadie a dar a la isla conciencia de sí misma.
Fue un hombre de ideas firmes y temperamento combativo, pero no entendió el periódico como una mera sucursal de sus preferencias políticas. Sus contemporáneos reconocieron el esfuerzo por mantener el Diario de Tenerife alejado de cualquier obediencia. No era neutral -ningún periódico digno de ese nombre lo ha sido nunca-, pero aspiraba a ser independiente. Esa diferencia, que hoy parece haberse vuelto demasiado sutil, define la primera seña de identidad del oficio.
Patricio llevó además su compromiso fuera de las redacciones. Fue varias veces concejal de Santa Cruz, vicepresidente segundo del Cabildo tinerfeño, defensor de las instituciones insulares, animador cultural, bibliófilo apasionado y entregado colaborador de la Biblioteca Municipal y el Museo de Bellas Artes. En 1902 fundó y presidió la Asociación de la Prensa de Santa Cruz de Tenerife. La Asociación instituyó después un premio con su nombre que continúa reconociéndolo como figura fundacional del periodismo insular.
Sin embargo, a pesar de sus merecimientos, Patricio permanece aún hoy a la sombra de su hermano. Sepultado por su gloria y bastante olvidado. En Santa Cruz hay una calle con su nombre, un busto y hasta un premio, que son las formas más eficaces que han inventado las sociedades para homenajear a alguien sin necesidad de recordarlo. Su nombre pervive en el callejero y las convocatorias institucionales, pero su obra apenas forma parte de la memoria de las nuevas generaciones.
Nicolás representó la gran política, la aventura y el glamour de un exilio francés y conspiracional. Patricio construyó algo mucho menos espectacular, pero acaso más duradero: edificó el espacio público en el que Tenerife aprendió a discutir consigo misma. Al cumplirse cien años de su muerte, convendría sacarlo de debajo de la enorme sombra la sombra de su hermano. No para disputarle a Nicolás su importancia, sino para devolverle a Patricio la suya.














