En diciembre de 1999, la ciudad de La Laguna, corazón histórico y cultural de Tenerife, fue inscrita en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Con esta declaración, no solo se reconocía la riqueza arquitectónica y urbanística de la ciudad, sino también su papel pionero en el diseño de ciudades coloniales en América Latina. Ahora, al cumplirse 25 años de esa decisión es un buen momento para reflexionar sobre lo que la declaración de patrimonio de la Humanidad ha significado para La Laguna y sus gentes.
La Laguna fue, entre otras cosas, un ejemplo de planificación urbana revolucionaria para su época. A finales del siglo XV, bajo la dirección de Alonso Fernández de Lugo, la ciudad fue concebida según un esquema de cuadrícula inspirada en los principios renacentistas, pero con un marcado carácter pragmático. Su diseño, libre de murallas, promovía una ciudad abierta, en la que las calles fueran reflejo de una sociedad organizada y pacífica. Este modelo sirvió de referencia a muchas ciudades americanas, como La Habana o Cartagena de Indias.
Sin embargo, lo que diferencia a La Laguna no es solo su diseño urbanístico, sino la forma en que ese diseño sigue dialogando hoy con quienes habitan y transitan sus calles. Caminar por la calle Obispo Rey Redondo o perderse en los recovecos de la plaza del Adelantado supone participar de una historia que engarza el presente de la ciudad con su pasado. En pocas ciudades de Canarias ese hecho es tan evidente y marca a sus ciudadanos de una forma tan obvia y definida como ocurre en La Laguna.
Uno de las justificaciones clave de la declaración de la Unesco fue el impresionante patrimonio arquitectónico de la ciudad. Desde las iglesias y conventos, como la Catedral de Nuestra Señora de los Remedios o el Real Santuario del Cristo, hasta los caserones señoriales de la Calle San Agustín, o la Casa de los Capitanes Generales, sede de la alcaldía de la ciudad, La Laguna ofrece un catálogo vivo de estilos que van del mudéjar al barroco, con pinceladas neoclásicas y modernas. Pero más allá de la piedra y el ladrillo, La Laguna ha preservado una herencia que incorpora tradiciones religiosas -la Semana Santa o la romería de San Benito-, con una oferta cultural contemporánea que incluye festivales de música, cine, teatro y literatura. El ambiente universitario también contribuye a que la ciudad sea el centro neurálgico de la vida intelectual del archipiélago.
La declaración de Patrimonio de la Humanidad supuso, sin duda, un punto de inflexión para la ciudad: en estos 25 años, a pesar de dificultades económicas y los problemas de gestión, La Laguna ha sufrido una transformación que la consolida como destino turístico de primer orden, sin ceder su identidad de ciudad vivida y compartida por sus habitantes. Turistas y visitantes han revitalizado el comercio local y permitido la restauración de inmuebles históricos, hoy recuperados para usos comerciales, administrativos y culturales.
En este cuarto de siglo, La Laguna ha demostrado que ser Patrimonio de la Humanidad no es un timbre de honor, sino también una responsabilidad colectiva: la de adaptarse a los desafíos del siglo. La Laguna es más que un patrimonio; es una ciudad que late al ritmo de su historia y sus gentes. Veinticinco años después, su esencia sigue intacta, recordándonos que lo verdaderamente valioso se mide en la capacidad de perdurar y de seguir inspirando. El aniversario ha sido una oportunidad para actuar desde un enfoque integrador, sin sectarismos ni mezquinas reescrituras de la historia, que ha sabido involucrar en las actividades conmemorativas a todos los grupos políticos y sectores de la ciudadanía, desde las instituciones culturales y educativas hasta los vecinos y comerciantes, con voluntad de definir comunidad y pertenencia. El reconocimiento a la ex alcaldesa Ana Oramas, a la trayectoria de la catedrática Maisa Navarro, o la celebración del simposio sobre patrimonio, son sólo tres ejemplos –entre más de medio centenar de ellos- de un programa que hibrida el compromiso cívico con la Academia y la divulgación cultural.
Uno se pregunta si algo parecido a lo que ha ocurrido habría sido posible en un contexto político diferente al que hoy existe en la ciudad. El acuerdo municipal entre socialistas y Coalición Canaria, liderado con sentido de responsabilidad por el alcalde, ha permitido que este aniversario sea un verdadero acto de unión y no una celebración sesgada por desavenencias y trincheras partidarias. Contra todo pronóstico, la conmemoración refleja la pluralidad y diversidad que define una ciudad políticamente compleja, pero habituada al acuerdo. Y gracias a ese clima de cooperación y respeto, La Laguna celebra una efeméride clave, proyectándose como un modelo de convivencia, como reflejo de un espíritu que –en un tiempo de insoportable crispación- define la capacidad de los laguneros para construir un futuro compartido.














