Pedro Sánchez y el primer ministro Belga, Alexander De Croo, durante su visita a Rafah en noviembre de 2023, tras la matanza de Hamás
Quizá no sea el momento de plantearse si fue primero la gallina o el huevo, sino a donde nos conduce la pelea sin cuartel que se cursa en Oriente Medio desde hace al menos tres generaciones. Ayer tarde, Irán decidió responder a la decisión de Israel de invadir Líbano para acabar con las milicias proiraníes de Hizbulá, desatando una respuesta bélica de alcance: casi doscientos misiles balísticos lanzados contra aeropuertos, instalaciones militares y alguna zona residencial de Tel Aviv y Jerusalén desde territorio iraní, que replica –esta vez aparentemente sin complejos- su primera incursión con drones y misiles crucero de la pasada primavera. En aquella ocasión, Israel contó –como ahora- con tiempo y medios suficientes para activar sus sistemas de protección y evitar una masacre que Irán no pretendía. Ahora la cosa ha seguido derroteros parecidos, pero aumentando la escalada: Irán quería demostrar músculo militar, y puso en juego entre un siete y un diez por ciento de sus misiles de alcance balístico, la mayor reserva de todo Oriente Medio, capaces de alcanzar Israel en doce minutos –los drones enviados el 13 de abril tardaron nueve horas- y con mayor poder destructivo. Sin demasiadas sorpresas, la mayor parte de los misiles lanzados fueron interceptados por la defensa combinada de la ‘cúpula de hierro’ y la aviación estadounidense, y sólo uno de cada quince o veinte de los misiles lanzados por Irán logró alcanzar territorio israelita, aunque al parecer con escaso éxito. Anoche Israel no había reportado más que algunos heridos, mientras una incursión terrorista en un barrio a las afueras de Tel Aviv se saldaba con seis muertos y múltiples heridos de bala. Los dos terroristas que iniciaron la acción murieron también por disparos del ejército. Pero la cuestión es que para un país como Israel, capaz de provocar con una única intervención un millar de muertos en Líbano en un solo día –ocurrió ayer mismo con el derrumbe de un edificio presumiblemente ocupado por secciones de Hizbulá- el verdadero riesgo no parece venir de la acción bélica o la potencia de fuego de sus vecinos, sino del asalto en el interior del país de grupos de hombres armados dispuestos a sacrificarse matando a todo el que se le ponga por delante.
Existe una desproporción evidente entre la capacidad de Israel y sus servicios secretos para actuar –ya sea con la precisión quirúrgica con la que nos han sorprendido estos días, o en bombardeos destinados a provocar terror en la población, sin la menor cautela para evitar ‘daños colaterales’- contra los mandamases de Hamás, Hizbulá o los huties de Yemen, y la de estas milicias –todas ellas financiadas por Irán- para crear un daño que suponga riesgo real para la desaparición del Estado de Israel.
Es esta una guerra desigual, en la que Israel e Irán sacrifican vicariamente a la población civil, y que –ocurra lo que ocurra en los próximos meses- no va a ganar nadie, pero van a perder la vida miles de palestinos y libaneses, algunos centenares de soldados israelitas y puede que algunos súbditos de la dictadura de los ayatolás, mientras la comunidad internacional ensaya condenas o advertencias que no tienen valor alguno, porque la política de los países en relación a las situaciones de guerra no tiene que ver ni con la moral, ni con la verdad, ni con el derecho, sino con los intereses o las alianzas.
En ese sentido, y sólo en ese, es triste contemplar la creciente inanidad de una política exterior como la española, que en muy poco tiempo ha dejado al país completamente fuera de juego en los lugares donde aún mantenía cierta capacidad de influencia y prestigio: la mezquindad de nuestras posiciones en América Latina, condicionadas por los estados de ánimo del presidente Sánchez cuando un bocachancla cita a su mujer en un mitín, o cuando se pierde el tino en Venezuela porque a Zapatero le pica el Monedero. O lo del Sahara, una decisión inexplicable que supone un cambio en el consenso tradicional de la política española respecto a sus obligaciones como antigua potencia colonial. El absurdo de una política que nos ha enfrentado a nuestro principal proveedor de energía –Argelia- sin lograr siquiera frenar la presión migratoria que controla Marruecos. Peor aún se me antoja la idiota provocación de Sánchez a Israel tras su visita al kibutz del paso de Rafah –probablemente con la única intención de apuntarse el aplauso en política interior de sus seguidores sumarios y podemitas. Una provocación que en apenas lo que se tarda en recitar un discurso estéril destruyo nuestra neutralidad y nuestra influencia en el oriente del Mediterráneo, nuestra capacidad de mediación entre Israel y el mundo árabe, heredada de años de una política exterior solvente, consolidada con enorme esfuerzo en la Conferencia de Madrid de 1991.
Es un drama lo que ocurre fuera, en este mundo desquiciado. Y lo que ocurre dentro, un estropicio que costará años arreglar.














