Y ahora, los tractores

Es probablemente culpa del (mal) ambiente: todos tenemos derecho a estar enfadados. Vivir se está convirtiendo en una suerte de tragedia impostada de la que parece cada vez más difícil mantenerse al margen. Una sociedad insatisfecha y frustrada ha construido descuidadamente el relato de que todo va fatal, de que el futuro se nos escapa de las manos, de que somos las víctimas propiciatorias de un mundo ineficaz y un tiempo insolidario e injusto que no cambia ni contribuye a que nada mejore. No es cierto, al menos no del todo, pero nos hemos ido acomodando a la cultura de la queja, la culpa y el reproche, que nos crispa e histeriza, nos enfrenta unos a otros, y dispara las enfermedades mentales, logrando enloquecer y desquiciar a miles de ciudadanos de los países más desarrollados. Es curioso que ocurra en los lugares del mundo dónde la renta y la calidad de vida son más altas, dónde los impuestos amortiguan el desequilibrio social y las instituciones desarrollan políticas para impedir que la pobreza destruya a decenas de miles de personas y familias. ¿Será que el bienestar no es la clave de la felicidad humana?

La agricultura de las islas -quienes aún viven de ella- no es una excepción a ese quejicoso estado de lamentación perpetua. Resulta difícil entenderlo: por salvar la agricultura –y de paso evitar el desarrollo de tendencias africanistas y antieuropeas- Canarias se integró en Europa y renunció al régimen comercial que había sido el motor de su riqueza. Desde la renuncia al puertofranquismo, la agricultura de las islas ha recibido en ayudas de Estado lo que no está escrito. Y más. Hay plataneras en islas secas, porque con dinero europeo se paga el coste del regar con agua desalada. Con ayudas se evitó que La Palma se convierta en un asilo de ancianos y se salvó la economía agraria, aunque nada impidió a los más listos, más hábiles y más fuertes hacer fortuna sobre las dificultades de los otros.

La agricultura europea es un oximorón, mantenido en pie gracias a la belicosidad de los agricultores y ganaderos franceses y la complicidad de todos. Lo de Canarias es una apuesta tan necesaria como peregrina: cultivamos plátano y tomate y frutos tropicales y flores en tierras africanas, en muchos casos con mano de obra africana importada por temporadas, porque vienen traídos para las zafras o las campañas, y luego, exportamos esos productos a Europa, con nuestro sello de calidad, y cerramos filas para evitar que los esfuerzos de la ‘gran vecindad’ y la cooperación en creación de infraestructuras, tan beneficiosas para las constructoras europeas, permita a los africanos exportar lo que producen en su suelo africano, con mano de obra africana. Y es con cosas así con las que este mundo se vuelve ineficaz, y este tiempo insolidario e injusto.  

  Aun así, la agricultura canaria retrocede, la entrada de mercancía foránea compite con la producción local con precios imbatibles, y las comercializadoras regatean hasta la extenuación. Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, hemos vivido crisis como la de la papa, problemas para la importación de semillas, y la subida hasta un cuarenta por ciento de los piensos para ganado. Los márgenes se reducen cada vez más y prende el malestar, que es muy contagioso.

La ola de indignación victimista que recorre Europa se ha instalado en el sector primario, decidido a imponer políticas proteccionistas contra las importaciones. En Francia millones de tractores paralizan los accesos a las grandes ciudades exigiendo que se aplique a la agricultura extracomunitaria las mismas exigencias de trazabilidad y cultivo controlado que en Europa y se pague a los empleados del Tercer Mundo los mismos salarios que aquí, para que pueda funcionar el libre comercio en condiciones de igualdad. Es una gran idea: podría hacerse si la ecuación fuera realmente equilibrada, porque la agricultura europea está subvencionada con la parte del león del presupuesto comunitario, mientras la del Tercer Mundo va a pelo. En Europa protestan también contra las importaciones de países donde se produce más barato –España, por ejemplo- y en España protestamos para evitar que Marruecos mande algo más que su mano de obra a los invernaderos de Canarias, Andalucía y el levante español. Aquí somos más sutiles: el aire de guerra del campo contra la ciudad que recorre las capitales europeas, amenaza saltar a las islas. Veremos tractores bloqueando nuestras calles, y la excusa será esta vez la intención del Gobierno regional de reabrir la conexión marítima entre Fuerteventura y el puerto de Tarfaya. Nos negamos a abrir las rutas comerciales para que las plagas y enfermedades de los países pobres no nos contagien. Es mejor impedir que lleguen productos de fuera que instalar Puntos de Inspección Fronteriza para controlar lo que llega. En Fuerteventura no hay inspección, pero nadie pide que se cree. Lo que se pide es aplicar a Marruecos el mismo rasero que Francia nos aplica a nosotros.