Volando con Cubana

Sobre el Atlántico Norte, camino de Gadner, febrero 1987: una voz caribeña, vaga y ligeramente sensual, anuncia a los atónitos pasajeros que el viaje durará doce horas, con escala técnica en Gadner.

Viajamos en un IL62M de las factorías Tupolev. Un avión de línea anticuada y asientos duros y estrechos, de un aire militar apenas suavizado por el trasiego de las azafatas. Una visión aproximada de hasta dónde ha dado de sí el comercio de la caña. Tantas toneladas de azucar, tantas toneladas de avión: el esfuerzo revolucionario de la zafra compra el estoicismo castrense de este reactor con alma de Focker.

Voy sentado entre un mandingo de 1’80 que apenas cabe en su asiento e Itziar, una bilbaína que trabaja en una consignataria. Cuando empieza el baile de las bandejas -la misma voz de antes, un algo menos sensual, un mucho más autoritaria, nos ha pedido que permanezcamos sentados-, una azafata derrama un vasito con aceite sobre el almuerzo de mi compañera vasca. Itziar protesta y pretende que le cambien su ración, pero la azafata ni se inmuta, como si le hubieran hablado en marciano. Itziar está enfadada: viaja con su novio, un fornido levantapiedras que ha estado a punto de comerse cruda a la tripulación dos horas antes. Facturaron juntos, pero a él lo han sentado dieciséis filas más atrás, entre dos cubanos blancos con pinta de asesores de embajada. Intentaron reclamar un asiento común e intervino hasta el piloto: le recordó que las cosas son así, la vida muy dura, el avión mío, y si se pone pesado, compañero, le llevo colgado del ala. Itziar tuvo que aplacar las ínfulas batasunas de su novio y acabó sentándose entre el mandingo de dientes interminables y yo. Cada diez minutos se levanta a vigilar a su chicarrón del norte, que -pasillo por medio- ha empezado a ligar con una catalana con pinta de cristiana de base reconvertida al maoismo.

Me concentro en solicitar una cerveza y abandono a Itziar a sus lamentaciones aceitosas. La cerveza está caliente, pero la azafata ha incluido en el lote un pedrusco de hielo: la azafata es como un cielo electrizado por los destellos azules y rojos de su uniforme fosforescente. El uniforme de la cerveza es aún más borde que el de la azafata, pero con los mismos colores nacionales. El uniforme de la cerveza, en cualquier caso, en infinitamente mejor que la propia cerveza. Mandingo dará buena cuenta de ella dentro de un rato, tras esbozar una sonrisa kilométrica y muy persuasiva. Yo pido un poco de agua, mientras Itziar se duerme.

Intento hacer lo mismo, vaya si lo intento. Pero me lo impiden los ronquidos sincronizados de los tres delegados de Comisiones que ocupan el asiento de atrás.