Una creciente desmotivación

Hace seis o siete años, durante una entrevista a un importante empresario local, le pregunté por qué -con un crecimiento económico y de empleo considerable- no se estaba produciendo una reducción del paro local; cómo era posible que una parte importante de los puestos de trabajo estuvieran siendo ocupados por trabajadores de fuera, que no se empleara a más población autóctona, especialmente en sectores como el turismo o la construcción, los dos motores de la economía isleña, tradicionalmente válvula de escape del empleo local. Me contestó sin inmutarse con un par de lugares comunes que ni recuerdo, pero al acabar la entrevista, a micrófono cerrado, volví a insistirle: “¿De verdad no vas a decir que es lo que está pasando?”. Me hizo un gesto displicente: “Pues no, no estoy loco, no voy a contestarte, no quiero que me linchen…” Y luego, con un compromiso de no identificarle como fuente,  me dijo lo que ya sabíamos los dos: que desde el final de la crisis de 2008 se había detectado un desinterés creciente de una parte de los trabajadores locales por emplearse en la construcción y la hostelería. Lo achacaba a las bajadas salariales sufridas en el sector como resultado de la crisis, y a un cambio inquietante en las expectativas laborales de la mayoría de los trabajadores sin especial cualificación, que estaba empezando a afectar también a los licenciados universitarios. ”Entre quienes han estudiado hay dos tendencias: la de los que quieren ser sus propios jefes, y descubren que montar una empresa no es fácil, que muchas veces se fracasa; y la de los que aspiran a lograr un  puesto garantizado en la administración. Antes muchos licenciados acababan trabajando en puestos de menor cualificación, hurtando esos puestos a gente menos preparada, pero ahora ya no ocurre tanto. Ahora los puestos menos cualificados los ocupa gente que viene de fuera, en turismo y atención al público, es más frecuente personal comunitario, en trabajos de limpieza, reparaciones, jardines… gente no comunitaria, o de los países comunitarios más pobres.”

Recuerdo que publiqué alguna reflexión personal sobre esa tendencia, señalando posibles causas, como el apoyo familiar a los más jóvenes, la generalización de ayudas o el desencanto ante salarios muy bajos y rutinas de trabajo demasiado exigentes. También pregunté a políticos y empresarios, pero nadie entraba al trapo. Ni siquiera se reconocía esa negativa creciente de los jóvenes a ocupar puestos de trabajo que pasaban a ser para los emigrantes.

A principios de la pasada semana, la ministra Yolanda Díaz habló sobre el fenómeno de la ‘Gran Dimisión’ o ‘Great Resignation’, como se la conoce en EEUU, donde afecta a once millones y medio de trabajadores que han decidido no volver a sus trabajos tras la pandemia. Díaz quiere aplicar medidas para frenar el fenómeno, que en España –un país que acumula casi la tercera parte del paro de la eurozona- afecta ya a 110.000 trabajadores. Desde el Ministerio se asegura que las causas de esta situación tienen que ver con los bajos salarios, el deseo de conciliar la vida familiar y laboral y también se citan los problemas de salud mental, consecuencia del desgaste psicológico y emocional de estos dos años excepcionales. Por supuesto, no se reconoce la existencia de una posible desmotivación para trabajar, fruto de las ayudas que se perciben. Ése sigue siendo un asunto oficialmente tabú. Como también parece tabú hablar de los trabajadores que quieren seguir en Erte, que piden a sus empresas seguir percibiendo medio salario sin trabajar, o de esos empleados públicos que se resisten a incorporarse y quieren seguir teletrabajando (ejem), al menos una parte del tiempo. Díaz considera que en España esto afecta sólo al 0,7 por ciento de la población laboral, que esa es la tasa de vacantes no cubiertas. Y es cierto que es muy inferior a lo que ocurre en Europa -2,5 por ciento de media- o en países como Alemania -cuatro por ciento-, o Italia, con un millón de empleados que no se han reincorporado a sus trabajos prepandemia. Es probable que nuestra situación sea mejor: trabajar en España puede ser menos alienante que en otros lugares donde la exigencia empresarial de productividad es más alta.

Pero conviene no confiarse: el portal InfoJobs publicó el mes pasado que un 27 por ciento de los españoles se plantea dejar su trabajo en 2022, frente a un 23 por ciento que pensaba hacerlo en 2021, alegando las razones de salud mental, bajos salarios, deseos de mejor empleo y conciliación que esgrime el Ministerio. Hace falta repensar que es lo que está pasando. Sin tabús o consignas.