Un sueño breve

Highgate, septiembre 1985: se ha quedado dormida sobre la hierba, mecida por los últimos cálidos rayos. Hasta aquí no llega «el aviso musical, la hora irrevocable, los círculos de plomo disueltos en el aire…» que fijaban el corazón de Virginia Woolf al despertar de noche y descubrirse Clarisa. Los tañidos del alma de la ciudad, su pulso mismo, dejaron de sonar hace tiempo. No, el Big Ben no puede interrumpir este sueño sobre la ladera del cementerio de Highgate. Ella duerme y yo persigo indolente la inquietud de las ardillas.

Enfrente mismo, sobre la base del horrible poliedro de granito, los negros ojos de herr Marx miran por encima de la colina hacia un rincón perdido de la ciudad: quizá aquel apartamento minúsculo de Chelsea donde enterraron al pequeño Föxchen tras su muerte por infección pulmonar; o quizá el piso de una sola habitación que compartió con Jenny y con Helene Demuth, su criada, madre del único hijo varón que le sobrevivió; o tal vez los pubs que visitaba con su amigo el exiliado Wilhelm Liebknecht; o puede que la sala de lecturas del Museo Británico en la que pensó por vez primera ‘El Capital’.

Los ojos negros de herr Marx podrían estar mirando hacia cualquier lado. El artista que los esculpió no se detuvo demasiado en darles forma. Apenas un punto de referencia en el centro casi preciso de la enorme testa, entre la barba enmarañada y espesa y la frente poderosa y despejada: el monumento fue construido después de la Segunda Guerra Mundial por el Partido Comunista de Gran Bretaña. A la muerte de Marx, en marzo de 1883, fue enterrado en un extremo de la colina del cementerio, bajo una lápida al pie de unos árboles. Engels leyó ante una docena de personas un grandilocuente discurso que ha sobrevivido en los libros de la Editorial Progreso.

Pero la tumba se cubrió de yerba. Nunca hubo más flores que las que allí dejó la fiel Helene durante siete años. Su hijo no reconocido le olvidó. Sus hijas murieron: Tussy y Laura eligieron el suicido. La estirpe se quebró.

En 1956 respondiendo a un ‘ukasse’ de Moscú, los marxistas londinenses compraron un terreno en la mitad de la colina y levantaron la gigantesca cabeza hasta la altura de tres metros y medio. Impresionante y vulgar, realismo socialista en estado puro. En la base de granito grabaron la frase: «trabajadores de todo el mundo, uníos». No es de Marx. Fue escrita por Karl Schapper y Engels la eligió como fronstispicio del ‘Manifiesto Comunista’. La frase atrae cientos de visitantes, pero sigue sin haber flores en la tumba. Apenas una ajada corona con una banda roja que identifica en inglés a un sindicato indonesio.

Mi ardilla juguetea con ella… Verónica despierta.