Un apunte sobre la nostalgia

Cuando yo era joven, en los primeros años de la década de los setenta, no existía gran preocupación por el calentamiento del planeta, que es hoy probablemente el más grave de los problemas a que se enfrenta la humanidad. A pesar de que en los cincuenta una gripe bastante dura había hecho más daño del que se esperaba, la gente ya lo había olvidado, y tampoco se recordaba la gripe del 18, que provocó estragos, pero dio paso -después de la guerra- a un tiempo de alegría. En los setenta, la industria farmacéutica, la revolución médica, los trasplantes, las vacunas, nos hacían pensar que la salud estaba garantizada para la mayoría, al menos en los países desarrollados. A principios de la década aún no existía una preocupación sería por la superpoblación, que pondría por primera vez sobre el tapete la Unesco, declarando 1974 año mundial de la población. Y en España fenómenos como el de la inmigración eran completamente desconocidos. Para los chicos, tropezarnos con un asiático o un africano por la calle era un acontecimiento exótico. Los emigrantes éramos los españoles, y además muchos empezaban a volver de Francia y Alemania con dinero, confianza en sí mismos y un espíritu muy diferente al que les había visto partir. Los colegios españoles estaban llenos de niños y jóvenes y nadie creía que el sistema de pensiones pudiera llegar nunca a estar en peligro, que el envejecimiento demográfico se convertiría en un problema, o que el país pudiera vaciar de vecinos sus zonas rurales. Los robots, los algoritmos y la inteligencia artificial eran apenas un recurso de la literatura de ciencia ficción, había trabajo suficiente y cada generación tenía la impresión de vivir un poco mejor que la anterior. La confianza de la gente en los bancos era ciega: no había productos tóxicos, ni derivados, ni apalancamiento. La deuda pública era casi inexistente, y la privada estaba muy controlada. Cuando llegaron la crisis del petróleo en el 73, y luego la estanflación que provocó, la mayoría lo sintió como un asunto que acabaría por resolverse. El fin de la dictadura parecía próximo, y una inmensa mayoría de los ciudadanos aspiraban a alguna forma de superación del pasado, a la democracia y a la incorporación al club europeo, donde se alternaban sin aspavientos en los distintos gobiernos partidos moderados de corte socialdemócrata o de centro derecha. Nadie creía en una derrota del comunismo que pudiera desestabilizar los equilibrios en Europa, ni en el populismo, ni mucho menos en que el odio entre ciudadanos podría llegar a ser un problema para las democracias. China y la India eran países pobres, y nadie esperaba que superaran jamás su pobreza de siglos. Además, no existían ni internet ni las redes: la presión informativa era escasa, todos los periódicos contaban lo mismo, y la tele y sus dos canales públicos también, lo suficiente para desconfiar de lo que decían. Pero el país entero veía las mismas películas, las mismas series antes de irse a dormir, y los comentaba al día siguiente. La gente hablaba más y con más educación que ahora, sin miedo a ofender a los demás por pensar distinto.

Cuando Franco murió en su cama, después de 40 años de Gobierno sin críticas públicas que trascendieran, todos creímos que había llegado el momento del gran cambio. Costó mucho más trabajo, esfuerzo y muertos de lo que hoy se cuenta, pero el cambio llegó, y a España no la reconocía ya ni “la madre que la parió”.

Creímos que había ocurrido por ganar la democracia, pero más o menos las mismas cosas acabaron por pasar en todas partes, donde había libertad y dónde no la había, también. El mundo se fue volviendo cada vez más complejo y complicado, y la ilusión dio paso al cansancio cuando no a la decepción. Nadie nos había preparado para algo tan distinto de lo que creímos que íbamos a vivir.

Es verdad que pasaron buenas cosas: comíamos y vestíamos mejor, podíamos hablar en voz alta de todo, empezamos a viajar, cayó el muro en Berlín… Pero también ocurrían malas cosas: las familias dejaron de ser cómo eran, nuestras calles y plazas se llenaron primero de gente sin trabajo y luego de gente que venía de otros sitios buscándolo, nos enteramos de que los políticos nos roban y de que lo habían hecho siempre, dejamos de ser primero una nación que veía junta la tele, y luego descubrimos ser incapaces de hacer casi cualquier cosa juntos, porque ya éramos una nación de naciones, un país de gente diferente y enfrentada, gente que pensaba y sentía distinto sobre casi todo, y que incluso se odiaba por ello.

Y fue entonces cuando descubrimos que habían pasado por nosotros más años de los que pasó Franco en El Pardo, y éramos todos mucho más viejos, y no habíamos hecho casi nada realmente bien. Sólo gastar nuestro tiempo, achicharrar una a una nuestras ilusiones, entregarnos al consumo y sus liturgias y decirnos que eso era vivir.

Nos queda esta nostalgia de ancianos acongojados, ante un futuro que no entendemos porque ya no nos pertenece. Y es de lo poco que aún podemos defender…