Talibanes

Dicen que Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, ha dicho en una entrevista en OK Diario que Almudena Grandes no merece ser hija predilecta de Madrid, pero que para sacar los Presupuestos del ayuntamiento hay que hacer concesiones. En este caso a tres de los cuatro concejales díscolos de Más Madrid, que decidieron votar los Presupuestos, a cambio de que la escritora sea declarada hija predilecta de la ciudad donde nació. 

Con su declaración sobre el escaso merecimiento de Almudena Grandes para ser reconocida por sus paisanos, Almeida no solo demuestra una concepcion básicamente instrumental de la política, también la creciente mezquindad instalada en el paisaje y el paisanaje. 

Personalmente, creo que Almudena Grandes es una extraordinaria novelista, pero eso es lo de menos: se puede considerar a cualquiera merecedor (o no) de algo, sin que eso implique una cuestión de fe. Discrepar sobre los méritos y deméritos de alguien es legítimo, sobre todo si se hace desde la solvencia de conocer su trayectoria personal. La derecha madrileña, o una parte de ella, ha optado por anatemizar a Almudena Grandes por ser una escritora de izquierdas. Pero ha preferido buscar una excusa, y la ha encontrado  entre sus miles de artículos y colaboraciones en prensa. Entre todos ellos hay uno de 2008 en el que cita con escasa fortuna a la Madre Maravillas, monja y mística perseguida durante la Guerra Civil y canonizada en 2003. Almudena Grandes se equivocó en la cita -no es de la monja marquesa, sino de San Juan de la Cruz- e ironiza con pésimo gusto, trivializando sobre las violaciones y martirio de monjas y novicias por aguerridos y sudorosos milicianos en los primeros días de la guerra. Supongo que es ese inesperado desliz de una feminista confesa (y no su error de cita) lo que la convierte a ojos del alcalde madrileño en no merecedora de ser declarada predilecta, aunque está claro que eso puede cambiar cuando se trata es de aprobar nada menos que los Presupuestos de la capital de España. 

En fin… pertenezco a una generación en la que no es delito pensar que un error -y más de opinión, por grave que sea- no  inhabilita por siempre jamas una trayectoria. La propia Almudena intentó enmendar su metedura de pata, señalada por Antonio Muñoz Molina, en un breve intercambio de opiniones disidentes entre los dos colaboradores de ‘El Pais’.  Sacar ahora el asunto de aquel desafortunado artículo para desacreditar la memoria de una mujer feminista y comprometida con las causas de las mujeres, es una vileza, pero es -sobre todo- la consecuencia de una forma absolutamente talibán de juzgar la vida ajena. 

La cultura de lo instantáneo, y la comunicación de ideas y conceptos  al estilo Twitter, idiotiza. Provoca que valoremos a las personas no por el saldo de sus aciertos y errores, sino por un aislado renuncio, gazapo o dislate. El sectarismo ideológico con el que se juzga a ‘los otros’, a los que no piensan como nosotros, contribuye a extremar la importancia del equívoco, a radicalizar el juicio y a convertir a quien yerra en un malvado, en un desecho moral. 

Son estos que vivimos malos tiempos para el humanismo: cualquier adversario se convierte en enemigo, y cualquier enemigo puede -incluso debe- ser linchado en las redes. Son tiempos en los que la ideología construye los currículos y reinventa la historia. Se retiran estatuas de Colón por considerarlo un genocida, o del Cid Campeador, por ser un fascista. Se queman los libros de Tintín porque Hergé era un racista, o se acusa a Domingo Pérez Minik de colaborador del régimen y delator, solo porque fue de los que lograron sobrevivir al franquismo. Son tiempos en los que todos parecemos instalados en el ejercicio de la denuncia de los errores ajenos y el señalamiento del contrario. Hemos convertido internet en un tribunal sin más jurado que el de los dedos para arriba, y los debates públicos en un vigoroso recitado de argumentarios, cuyo objetivo no es convencer al que no comparte nuestro criterio, sino lograr el aplauso de quienes sí lo comparten. 

Almudena Grandes se equivocó en aquél artículo, vale. Como todos, algunas o muchas veces.