‘Sombrerito’

Jinotega, agosto de 1985: le gustan los gallos. Su abuelo era criador y le llevaba a las peleas para que cuidara a las bestias cuando los hombres andaban de caña y de hembras y para que aprendiera los números. También aprendió en ellas el ritual de la muerte y el combate, y en ellas, viendo morir y morir gallos descubrió el valor de la vida. Su abuelo se lo dijo, que los gallos son como los hombres, nacen para morir, y que el gallo que no muere en combate cobra el premio que sólo a los elegidos les reserva la vida, que es la posibilidad de vivirla.

De su abuelo supo también que las órdenes no se discuten, que el ron se bebe de un trago si hay más y a tragos cortos si se toma estando solo, y que las mujeres son flojas pero necesarias. Sobre todo de día: de noche, las mujeres pueden a los hombres y los hacen sus esclavos. «Si un hombre pierde las pilas por una hembra, entonces ya no es hombre y la hembra es su dueña. Pero si un hombre anda con todas, entonces no hay dueña, sino fiesta». Por eso, ‘Sombrerito’ quiere tener muchas mujeres, para que le libren de esta vida de mierda que le ha tocado arrastrar. Para ser más macho que un gallo de gallera, «más macho que uno fiero de Nindiri, todo pico y espuelas».

Estuvo una vez en la gallera Nindiri, y conoció a Noel Chavez, el ‘gato susero’, un personaje mítico del mundo de las peleas, que pasaba todos los días de la ruina a la fortuna y de la fortuna a la ruina. Y un 25 de julio, día de Santiago, Patrón de Jinotepe, fue con su abuelo al mejor torneo de gallos que él recuerde. Una pelea «con toda clase de navajas, navajas de oro ví allí, de un gallo muy fiero, asesino, pues, que llamaban ‘el macho de la cresta’, y había que ver a los demás gallos, y todo el mundo apostaba, muchos córdobas, no mil ni dos mil pesos, muchos córdobas cambiando de manos. Había gallos de León, y de Chinandega, de Estelí, de Matagalpa, de Boaco, de Chontales. Y gallos de Masaya, de Granada, de Carazo de Rivas y del circuito de Managua… El mejor torneo que nunca ví, pues. A cada gallo herido sacaban otro, y luego otro y otro y otro, y no paraba: duró tres días y ya no había arena para tapar tanta sangre, y allí fue donde le rompieron a mi abuelo su gallo Renco, pero no murió, pues, que quedó para cubrir gallinas…»

Y entonces me mira con sus ojos negros y perdidos, apenas disimulados sus pocos años por el flequillo bajo el sombrerito guerrillero de los BLI: «eso tiene el gallo fiero, que cuando no puede matar más, si queda tuerto o cojo, lo ponen a hacer más gallos con todas las gallinas que quiera y le dan de comer y su dueño le cuida y le dice: jode, jode, gallito, ya cumpliste… Y, pues, compa, eso quiero yo, que me ‘charnelen’ -un ojo no más, pues- y luego estar como un gallo mismo en el mismo paraíso…»