Si se seca el maná

Podría ser más o menos así: Moisés conduce al pueblo elegido a través del desierto del Sinaí, y llevan ya 40 años de torrarse al sol, pasando pestes y calamidades y un hambre de mil demonios, y Moisés, que es especialista en zarzas ardientes y tiene buena mano con Yavé, le implora que mande alguna ayudita para su pueblo, para aguantar lo que queda de travesía hasta la tierra prometida del nuevo modelo productivo. Y el poderoso Yavé, que comparte silla en el Consejo con los señores de negro más reputados, se compadece de su pueblo ultraperiférico y ordena darle duro a las máquinas de imprimir euros del cielo y manda una lluvia persistente de maná. No cualquier llovizna o aguacero, no: una tormenta tropical por valor de 1.584 millones de euros, a gastar sin descanso ni mesura entre 2021 y 2024, cuartos frescos y bien dispuestos del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia, de los fondos Next Generation, para acelerar la transición ecológica y energética, mejorar los servicios sociales, gastar a manos llenas en educación, vivienda, agricultura, economía azul y verde y de todos los colores del arcoíris, y pone sólo una condición: que las perras que han caído del cielo se justifiquen con detalle, porque los serafines alemanes y los guerreros caídos que se reúnen en el salón Walhalla de la ciudad de Asgard, que son los que ponen la mayor parte de la pasta, se gastan una mala leche de cuidado, propia de gente que pasa frío casi todo el año, y no transigen por seguir aflojando pasta a los Pigs y los isleños si las cuentas no están claras. 

Y promete Yavé a Moises que si se gasta el maná y lo justifica a tiempo, habrá máspara repartir. Pero si no, la cosa se pondrá muy fea, y hasta habrá que devolverlo. Y Moisés, que está el hombre agobiado y lampante dice que sí, por supuesto, que tengo aquí yo a un secretario que es mismamente un cruce entre un grenlim ruinito y un cantante de boleros, que en esto de justificar es capaz de lo que haga falta. 

Y Yavé deja caer sus 1.548 millones, y el maná cubre todas las tierras del desierto, las playas, las escuelas, las centrales eólicas, solares y geotérmicas, las empresas de comunicación, más toda la I+D+I, e incluso los trenes que aún ni existen. Alegría, alegría, se acabaron los apuros. 

Y pasa un año, y salen los consultores a pescar millones, pero del maná caído se recoge una mínima parte, poco menos de 44millones; y el año después, 183, y el último año, algo más de 250. Que en total no llega ni la tercera parte del regaló de Yavé. 

Pero claro, a esas alturas alguien mojó al grenlin ruinito y está el pobre ya fuera de juego, y todo el mundo sabe que el maná que no se gaste se pierde, y resulta que gastar era mucho más complicado de lo que contó Fermín, y esta vez no se puede conveniar con las Cámaras de Comercio para que repartan, como se hizo para repartir las ayudas del Covid. Esta vez hay que hacer el trabajo en serio.

Y empiezan los asesores y consejeros a hacer cuentas y preocuparse, a echarse las culpas unos a otros de que el pan que llega directamente desde el cielo gris de Bruselas no lo recoja nadie, y entonces dice la consejera Asian que hay que ponerse las pilas, porque los fondos que no se gasten tendremos que devolverlos y no estamos para desperdiciar regalos, aunque a veces parezca que sí. Y prepara la consejera unos presupuestos 2024 declarando inversiones por 460 millones de euros de los fondos de Recuperación y Resiliencia, y anuncia que en 2025 y 2026 habrá que comerse 300 kilos al año de ese rico maná, y a los que la escuchan les entra como una risa boba con temblores, porque saben que gastar en el segundo trienio el doble de lo que se ha gastado a duras penas en el primero no va a ser en absoluto tarea fácil. 

Porque este maná europeo no es como el del pueblo de Israel, que dice la literatura rabínica que a los niños les sabía a miel y a los mayores les parecía pan hecho con semillas de cilantro. Bastaba con recogerlo y listo, no hacía falta echar cuentas ni antes ni después, sólo evitar adorar becerros dorados o mirar a tu padre en bolas, que son cosas condenadas por el Mishná desde aquellos arcanos tiempos en los que no existía el Talmud, y los rabinos discutían la Halajá en las academias de Palestina y Babilonia. 

No todo el mundo piensa lo mismo del maná hebreo: el etnobotánico Terence McKenna, autor de ‘The food of te Gods’reveló en su libro que las características del maná son similares a las del Psilocybe cubensis, hongo psicotrópico que provoca pérdida del apetito y sensación de paz y contento. Si la señora Asián no logra poner las pilas a los funcionarios de Hacienda (entre otros), algo de ese maná enteógeno y sustitutivo nos va a hacer falta a todos, empezando por el Gobierno. Habrá que probarlo: la Johns Hopkins University diceque no provoca secuelas psicológicas graves, y tiene un interesante uso terapéutico contra la depresión y el estrés.