Retrato con postdata

Confieso que cuando escuché que los restos del lanzador chino Larga Marcha caerían en algún lugar de la Tierra, lo primero que pensé es que con Torres de presidente teníamos muchos boletos para que nos cayera encima, aunque solo fuera por darle al presidente del gobierno más excusas para justificar esta legislatura inútil y perdida a pesar de la lluvia de millones que han recibido las administraciones, y que básicamente han servido para que a la postre a los ciudadanos todo nos salga un diez por ciento más caro, mientras algunas consultoras y empresas tecnológicas se ponen las botas.

Volviendo al asunto: el cohete chino cayó afortunadamente sobre el Pacífico y no sobre nuestras cabezas, una oportunidad perdida para que el equipo de habituales propagandistas presidenciales añadieran una nueva calamidad, una nueva desdicha catastrófica, al catálogo de daños que no han impedido al presidente Torres seguir esbozando esa sonrisa de hombre cordial, incapaz de matar un mosquito, que tanto le define y caracteriza. Yo no creo que el presidente Torres responda realmente al feliz y amable dibujo animado que su gabinete de imagen nos presenta, alguien atribulado por el peso de la responsabilidad, paternal y amable, sencillo y modesto, siempre dispuesto al bien, al volante del bólido gubernamental, repartiendo munificentemente los beneficios del Estado del Bienestar a propios y extraños.    

Yo creo que Torres es exactamente lo contrario de lo que nos dicen. No es ese ser seráfico y bondadoso que nos cuentan sus corifeos: es un político hábil y duro, casi correoso, a veces taimado, siempre ambicioso y decidido a mantener el poder, aunque luego lo ejerza vicariamente, compartiéndolo con políticos más dados que él a la inquina, o con su equipo de asesores, que son los que le hacen las trapisondas en su nombre, sin que él tenga siquiera que despeinar uno de sus rizos. A las buenas, Torres es dado a facilitar soluciones personales, e invitar a los que están con él al banquete, cual si fuera un hombre cargo de la Polinesia, un río de oro para su pueblo, pero intuyo –aunque no pueda asegurarlo- que es básicamente honrado, todo lo que puede serlo un político que ha llegado tan lejos, y que además él está convencido de serlo. Torres es una bien sazonada mezcla del estilo más que reconocible del típico alcalde de pueblo –algo parecido a un Paulino Rivero, para entendernos-, pero con los complejos del político local mucho más templados, más embridados, y aunque parece que no le gusta que le señalen mucho, aparenta ser un hombre muy tolerante. Son los años de carrera en un partido –el PSOE- en el que es imprescindible aprender buenos modales para prosperar, y Torres los tiene: aunque no le complacen (a nadie, al menos que yo conozca) aguanta con estoicismo las críticas y no es cerrilmente vengativo, aunque procura cobrarse las facturas y –sobre todo- que se sepa que las cobra. Aun siendo de natural pacífico, su conversión al sanchismo le ha convertido en alguien capaz de sembrar de muertos su trasiego por el poder. Pero es porque en las guerras internas no se dejan prisioneros. Y cuando no queda más remedio que sacrificar a otro, aunque sea de los más leales de los tuyos, se hace sin remordimientos.

Conrado Domínguez lo sabe. Ahora lo sabe.

La cuestión es cuanta gente más acabará por saberlo también en los próximos meses. Porque en el caso mascarillas –del que Torres se enteró por los medios, según nos dice él mismo- hay dos o tres cortafuegos más que quizá haya que sacrificar. Inevitablemente.

————————————–

Postdata: La política tiende a convertirse en un asco, en el que la verdad no tiene ninguna importancia y la virtud menos aún. Estoy convencido de que -de la parte que se metió en el embrollo, no de la que se enriqueció con él-, todos –todos- lo hicieron porque creían hacer lo correcto en un momento de necesidad y emergencia. Si por mi fuera, dejaría el asunto en paz: con miles de enfermos muriendo de forma atroz, quizá conviniera limitar el concepto de prevaricación a los que actuaron para a llenarse las alforjas. La cuestión ahora es adivinar dónde tropezara con hueso esa segadora de cabezas que es un procedimiento judicial. Yo creo que será precisamente en el último cuello que Torres ponga delante del suyo.