PP Wars: una inacabable saga familiar

En la era dorada del cine norteamericano, allás por los 40 y 50, los buenos escritores estaban a sueldo de Hollywood. El cine se hacía refritando descaradamente las mejores novelas del momento. De esa época son ‘El Halcon Maltés’, o ‘Tener o no Tener’ o ‘Como un torrente’. 

El cine de ahora anda con la imaginación más bien pisoterada por los fabricantes de ‘best seller’: por eso se alimenta de la historia, las tradiciones y las leyendas, que son las tres fuentes de las que se nutre la memoria arcana de los hombres. Ellas nos hablan de familias poderosas, de padres y de hijos: nos dicen que Filipo fue el padre de Alejandro Magno, y que Seti lo fue de Ramsés II; que Sela fue quien puso su simiente para el alumbramiento de Noema; que Fitio fue progenitor de Helena, y que Layo lo fue de Edipo; y hasta que Caín engendró a Enoch, aunque no he logrado enterarme todavía de quien fue la señora que aguantó a Caín, con lo mal bicho que dicen que era. De la historia nos llega la certeza de que Cefiso se encargó de traer al mundo a Diógenes. Y que Demaratio fue hijo de Tarquino. Las leyendas nos confirman que Telémaco fue hijo de Ulises y que Vol y Vili lo fueron de Bor. Y los rumores aseguran que Carlos V fue el ilustre papa del ascético Felipe II. La historia nos dice, en fin, que el difunto don François Miterrand nació hijo de un funcionario de los Caminos de Hierro de Francia, casualmente apellidado igual que él, pero que su hija tuvo un nombre distinto. Tambien nos dice la historia -historia conventual, pero historia al fin y al cabo- que el padre de Julio Iglesias es un médico que liga mucho, y que de vez en cuando viaja más o menos de incógnito a Canarias y se hace fotos con guapas que salen luego acompañando al viejo carcamal en el ‘Diez minutos’.

Pero no hay porqué creerse a pies juntillas lo que nos dicen la historia, la tradición o las leyendas. Y es que afirmar paternidades -lo sabe todo el mundo- es bastante más díficil que negarlas. Pudiera ser que a lo mejor Filipo no fuera realmente el padre del gran Alejandro, o que el mimado de Edipo no tuviera tantos motivos como él creía para odiar africanamente a ese señor que andaba con su mamá. Y que nadie se escandalice: eso le puede ocurrir a cualquiera. Tanto es así que la cofradía del hijo no reconocido es una de las que cuentan con mayores acólitos en el universo mundo, con la particularidad añadida de que son muchos los que pertenecen a tal sindicato como socios de mérito y sin conocimiento de causa. 

Osea, que el hijo sin padre conocido es injustamente despreciado, mientras se alaba a su progenitor posible, al que se atribuyen todo tipo de virtudes capitales en el afán del engendro. Es sabido que George Washington se convirtió en padre de la patria americana a base de pernoctar cada noche en una morada diferente. Más de diez mil placas repartidas por toda la geografía americana en las fachadas de otras tantas vetustas mansiones nos recuerdan que don George no sólo dormía cada noche en una distinta, sino que probablemente dormía poco y bien acompañado.  

La última entrega de la saga galáctica del otro gran George americano -el fundador y único propietario del imperio Lucasfilms- vuelve a poner de actualidad la cosa de la paternidad. Primero porque esta última entrega es padre y madre de las primeras, y segundo -más importante- porque en ella se nos revela como el niño Anakin Skywalker inició el camino hacia el éxito que le llevaría primero al himeneo de la reina Amidala y luego a ser padre de Luke -obviamente Skywalker- y su secreta hermana gemela, la princesa Leia Organa. Del éxito al fracaso de Anakin hay sólo un paseo por el reverso oscuro de la fuerza, pero eso es ya materia de otra entrega de la saga, que Lucas anda pariendo a toda prisa en su laboratorio monacal de San Francisco. Lo mejor de esta entrega de ahora es que sabemos que el bueno de Anakin se convertirá en breve en el perverso y oscuro Dark Vader, con lo cual ese repelente niño Vicente que lo interpreta logra caernos algo más simpático. Pero lo más divertido es que Lucas -a fin de cuentas italiano, católico y sentimental- pretende hacernos creer que Anakin fue concebido de madre intacta: por lo menos eso es lo que le dice su propia mama, esclava en el árido planeta de Taatonie, aunque la verdad es que lo dice con cierta cara de recochineo. Queda a la buena voluntad del espectador creerse la mentirijilla de la señora: si uno va a ver la película con imaginación suficiente para creer en Jedis, espadas laser y poderes mágicos… también puede hacer el esfuerzo de aceptar que la señora quedó encinta sin previa retozada.

Pero en la cuestión de la relación entre paternidad y filictud, no todo se agota en el sufrimiento privado y escarnio público del hijo que desconoce su ascendencia. Además del drama de Anakin, hijo de padre desconocido que a la larga acaba convirtiéndose en un grandísimo hijo de puta, existe también el drama del padre que desconoce la existencia de su descendientes, o de aquél que aún conociéndola, se niega a reconocerla o incluso la repudia. 

Ese es, precisamente, el problema del oscuro Dark Vader. Y también el de nuestro José Miguel Bravo, que más que meter miedo inspira el hombre una infinita ternura. Si al malvado Anakin-Vader sus hijos se le ponen farrucos y le revolucionan la galaxia en cuanto el se va de copas con el emperador, a esta compungida e indefensa reina Amidala de andar por casa que es nuestro Bravo, le pasa tal que lo mismo. Sus hijos reconocidos se le han subido a las barbas y le están líando una pelotera de mucho cuidado en el PP, por asuntos apenas más domésticos que familiares. Le pasó primero con Nacho -hijo repudiado y de pronto pródigo- y ahora le pasa con el muy requetemalvado Soria, alcalde y jefe máximo de las fuerzas oscuras. 

En la era dorada del cine norteamericano, allás por los 40 y 50, los buenos escritores estaban a sueldo de Hollywood. El cine se hacía refritando descaradamente las mejores novelas del momento. De esa época son ‘El Halcon Maltés’, o ‘Tener o no Tener’ o ‘Como un torrente’. 

El cine de ahora anda con la imaginación más bien pisoterada por los fabricantes de ‘best seller’: por eso se alimenta de la historia, las tradiciones y las leyendas, que son las tres fuentes de las que se nutre la memoria arcana de los hombres. Ellas nos hablan de familias poderosas, de padres y de hijos: nos dicen que Filipo fue el padre de Alejandro Magno, y que Seti lo fue de Ramsés II; que Sela fue quien puso su simiente para el alumbramiento de Noema; que Fitio fue progenitor de Helena, y que Layo lo fue de Edipo; y hasta que Caín engendró a Enoch, aunque no he logrado enterarme todavía de quien fue la señora que aguantó a Caín, con lo mal bicho que dicen que era. De la historia nos llega la certeza de que Cefiso se encargó de traer al mundo a Diógenes. Y que Demaratio fue hijo de Tarquino. Las leyendas nos confirman que Telémaco fue hijo de Ulises y que Vol y Vili lo fueron de Bor. Y los rumores aseguran que Carlos V fue el ilustre papa del ascético Felipe II. La historia nos dice, en fin, que el difunto don François Miterrand nació hijo de un funcionario de los Caminos de Hierro de Francia, casualmente apellidado igual que él, pero que su hija tuvo un nombre distinto. Tambien nos dice la historia -historia conventual, pero historia al fin y al cabo- que el padre de Julio Iglesias es un médico que liga mucho, y que de vez en cuando viaja más o menos de incógnito a Canarias y se hace fotos con guapas que salen luego acompañando al viejo carcamal en el ‘Diez minutos’.

Pero no hay porqué creerse a pies juntillas lo que nos dicen la historia, la tradición o las leyendas. Y es que afirmar paternidades -lo sabe todo el mundo- es bastante más díficil que negarlas. Pudiera ser que a lo mejor Filipo no fuera realmente el padre del gran Alejandro, o que el mimado de Edipo no tuviera tantos motivos como él creía para odiar africanamente a ese señor que andaba con su mamá. Y que nadie se escandalice: eso le puede ocurrir a cualquiera. Tanto es así que la cofradía del hijo no reconocido es una de las que cuentan con mayores acólitos en el universo mundo, con la particularidad añadida de que son muchos los que pertenecen a tal sindicato como socios de mérito y sin conocimiento de causa. 

Osea, que el hijo sin padre conocido es injustamente despreciado, mientras se alaba a su progenitor posible, al que se atribuyen todo tipo de virtudes capitales en el afán del engendro. Es sabido que George Washington se convirtió en padre de la patria americana a base de pernoctar cada noche en una morada diferente. Más de diez mil placas repartidas por toda la geografía americana en las fachadas de otras tantas vetustas mansiones nos recuerdan que don George no sólo dormía cada noche en una distinta, sino que probablemente dormía poco y bien acompañado.  

La última entrega de la saga galáctica del otro gran George americano -el fundador y único propietario del imperio Lucasfilms- vuelve a poner de actualidad la cosa de la paternidad. Primero porque esta última entrega es padre y madre de las primeras, y segundo -más importante- porque en ella se nos revela como el niño Anakin Skywalker inició el camino hacia el éxito que le llevaría primero al himeneo de la reina Amidala y luego a ser padre de Luke -obviamente Skywalker- y su secreta hermana gemela, la princesa Leia Organa. Del éxito al fracaso de Anakin hay sólo un paseo por el reverso oscuro de la fuerza, pero eso es ya materia de otra entrega de la saga, que Lucas anda pariendo a toda prisa en su laboratorio monacal de San Francisco. Lo mejor de esta entrega de ahora es que sabemos que el bueno de Anakin se convertirá en breve en el perverso y oscuro Dark Vader, con lo cual ese repelente niño Vicente que lo interpreta logra caernos algo más simpático. Pero lo más divertido es que Lucas -a fin de cuentas italiano, católico y sentimental- pretende hacernos creer que Anakin fue concebido de madre intacta: por lo menos eso es lo que le dice su propia mama, esclava en el árido planeta de Taatonie, aunque la verdad es que lo dice con cierta cara de recochineo. Queda a la buena voluntad del espectador creerse la mentirijilla de la señora: si uno va a ver la película con imaginación suficiente para creer en Jedis, espadas laser y poderes mágicos… también puede hacer el esfuerzo de aceptar que la señora quedó encinta sin previa retozada.

Pero en la cuestión de la relación entre paternidad y filictud, no todo se agota en el sufrimiento privado y escarnio público del hijo que desconoce su ascendencia. Además del drama de Anakin, hijo de padre desconocido que a la larga acaba convirtiéndose en un grandísimo hijo de puta, existe también el drama del padre que desconoce la existencia de su descendientes, o de aquél que aún conociéndola, se niega a reconocerla o incluso la repudia. 

Si Lucas tuviera tiempo y ganas de acercarse por Canarias, la saga familiar del PP podría inspirarle un nuevo drama galáctico de infinitos episodios. A nosotros, espectadores pacientes, las guerras del PP nos provocan un bestial dolor de cabeza. Y es que los efectos especiales son tan cutres que parecen obra de Arquímedes. Y si los efectos son cutres, mejor no pararse a hablar de los protagonistas y los extras.

Ese es, precisamente, el problema del oscuro Dark Vader. Y también el de nuestro José Miguel Bravo, que más que meter miedo inspira el hombre una infinita ternura. Si al malvado Anakin-Vader sus hijos se le ponen farrucos y le revolucionan la galaxia en cuanto el se va de copas con el emperador, a esta compungida e indefensa reina Amidala de andar por casa que es nuestro Bravo, le pasa tal que lo mismo. Sus hijos reconocidos se le han subido a las barbas y le están líando una pelotera de mucho cuidado en el PP, por asuntos apenas más domésticos que familiares. Le pasó primero con Nacho -hijo repudiado y de pronto pródigo- y ahora le pasa con el muy requetemalvado Soria, alcalde y jefe máximo de las fuerzas oscuras.