País, el nuestro

El nuestro es un curioso país, plagado de historias difíciles de explicar o digerir en cualquier otra latitud que no sea ésta. Un país de golfos que han saqueado impunemente durante décadas los recursos públicos, amasando privilegios de oro macizo sobre la miseria de los más, un país de empresarios ventajistas más pendientes de la subvención o la concesión que de la clientela o el producto, un país de ex presidentes filibusteros que venden sus buenos oficios a dictadores sanguinarios, o de presidentes en activo que después de entregarse a la sedición y lo que haga falta para poder gobernar, reparten impúdicamente credenciales de lo que es ser patriota y lo que no. Un país de dirigentes que se lavan poncia y pilatamente las manos cuando hay riesgo de recibir estopa, pero las ponen cuando lo que hay que recibir son dividendos. Un país de empresas que alquilan políticos, de puertas giratorias y poses egipcias, un país de Gurtels y Bárcenas, de eres junteros y Fernándezvillas, de Noos y Palmaarenas, de Pujoles y Pokemons, de Filesas y tarjetas black, operaciones púnicas, papeles de Panamá que esconden cajas de Pandora y botines con B mayúscula que no acaban en prisión.

Pero somos también un país de pícaros y capones que se lo hacen revendiendo compromisos. Una tierra de abogados, fontaneros y talleres de chapa y pintura que no emiten factura, funcionarios que se llevan a casa los paquetes de folios y la grapadora, periodistas que se alquilan perrunamente por temporadas a tanto el dos por ciento de audiencia, comerciantes que venden productos caducados o ropa de los chinos como si fueran de boutique, médicos que mercadean bajas y recetas, gente que se cuela en las colas, conduce bebida, pide recomendaciones en todas partes y considera muy meritorio hacer trampas a Hacienda. 

Un país que a pesar de ser de golfos y de pícaros, lo es también de inquisidores, y a veces de inquisidores que son los más golfos y golfos que son los más inquisidores: un país de gentes que se rasgan las vestiduras cual filisteos cada vez que surge una sospecha o una denuncia. Tipos que cuando hablan de justicia se refieren a montar la pira en cualquier esquina, linchar preventivamente, aplicar la guillotina. Un país de indocumentados dispuestos a liarla parda en cualquier barra, que viven de pedir responsabilidades por lo que hacen y no hacen los demás, un país de gente relamida y camuflada que se escandaliza y desfoga en tuiter por las pajas y las vigas ajenas, pero jamás ve sus propias pajas y vigas. Un país de Torquemadas, ajustacuentas, jueces de la horca y creadores de bulos, infamias y mentiras, de gente sedienta de cárcel, sangre y cadalso, que dispara mejor a escondidas.

Y también somos un país de iluminados, de gente que cree que todo tiene arreglo si alguien se lo propone, que adora las fórmulas de Fierabrás, las grandes soflamas, las soluciones que arreglan el mundo en dos días, las promesas últimas que mañana nos van a defraudar, los programas imposibles, los milagros de la voluntad y el esfuerzo. Un país centrífugo y desquiciado, incapaz de entenderse y aceptarse a sí mismo, decidido a romperse sólo por probar lo que aguanta, dispuesto a recurrir a los tanques para aplastar al que no está conmigo, o a la pena de muerte, los GAL, la ley antiterrorista o los jueces justicieros (de tu propio bando), un país que se traga sin chistar las bonitas palabras que inventa: honradez, eficacia, libertad de prensa, independencia, justicia, “nadie quedará atrás…”

Un país que vota por rechazo y no por convicción, que exige de sus dirigentes, políticos, reyes, jueces, policías, artistas y curas, lo que no exige nunca a sus ciudadanos. Un país que se cree sus propias y cambiantes mitologías, que descubre el Mediterráneo cada amanecer y que cree que son los otros los que tienen que arreglar el papelón que hemos montado nosotros. Así somos ahora: un país de asquito, un paisaje deprimente y un paisanaje cobarde, amedrentado, temeroso, con miedo a arriesgarse por nada. Y encima vamos por ahí queriendo darle lecciones al pasado.