Olarte no tiene quien le escriba (y se ha buscado un gallo de pelea)

La mayoría de los críticos literarios consideran ‘El coronel no tiene quien le escriba’ como el mejor cuento largo de García Marquéz. Personalmente, prefiero ‘La increible y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada’, pero yo no soy crítico, y además siempre he sentido más interés por las historias de mujeres que por las historias de hombres.

Con ‘El coronel’, ocurre que es sobre todo una historia de hombres, y más concretamente de uno, uno que rumia en soledad la esperanza de que el Estado le agradezca los servicios prestados en una lejana guerra: los valores principales del alegato sobre la dignidad del coronel silente son básicamente valores viriles. Frente a la decencia pétrea del coronel, frente a su hambre de héroe, García Marquez contrapone la absoluta desesperación de su pobre y desolada mujer. Confieso que siempre me resultó más creíble el personaje de la ‘coronela’ que el coronel mismo. Algo parecido me ocurrió cuando Arturo Ripstein convenció a Marisa Paredes para que protagoniara su particular revisión cinematográfica de ‘El coronel’. Creo que la historia central que nos cuenta Ripstein con los personajes de Gabo es la de dos mujeres, la de la madre del difunto Agustín, el hijo pendenciero y ‘gallómano’ del coronel, y la de la amante puta, un magnífico personaje añadido en el film y que ni siquiera asoma el lomo por las páginas de García Marquez.

En cuanto al coronel, su historia es la de un hombre que se resiste a aceptar que la vida se ha acabado para él. El gallo luchador heredado de su hijo Agustín representa la única oportunidad de salir de la nada a que ha sido conducido por el olvido de los demás. Una historia tan vieja y repetida que resulta patético encontrarle el vuelto.

Sin embargo, Lorenzo Olarte lo ha logrado: preterido por Coalición Canaria tras su injusto aparcamiento de la carrera por la Presidencia del Gobierno, Olarte se resiste al abandono y el olvido. No es diputado regional, ni es presidente de Coalición… es apenas caudillo discutido de un partido que prácticamente no existe, como se atreven a recordarle (y recordarnos a todos) algunos de sus propios afiliados más lenguaraces. Olarte es hoy en la política canaria apenas una sombra de lo que fue. Y es así por una confluencia despiadada de factores, entre los que los errores del propio Olarte en esta última etapa no son precisamente los menos determinantes: Olarte no quiso aceptar la presidencia de Coalición Canaria cuando se la ofrecieron, ni quiso aceptar el puesto de candidato a la alcaldía de Las Palmas desde el que habría ganado la ‘legitimidad moral’ para seguir en primera línea. Prefirió adoptar una actitud de herida dignidad y forzar la quiebra de su propio partido -ese CCN que al decir de Paula Monzón está ya muerto- sin tener el valor de apartar realmente a quienes pensó que le habían traicionado. Apoltronado en esa postura cínica, Olarte participó en la campaña electoral desde su casa del Monte Lentiscal, poniendo todas las piedras que pudo en el camino de sus colegas de Coalición. No se lo han perdonado, desde luego. Y menos que nadie quienes ahora se hacen los nuevos y ‘reinventan’ viejas lealtades.

Tras las elecciones, Olarte intenta volver por sus fueros. Su renuncia a la Presidencia del Gobierno de Canarias a favor de Román Rodríguez no fue una renuncia a todo: se hizo más por cálculo que por convición. Olarte no está dispuestro a dejar de ser en la política regional. Esperaba que Coalición le reconociera los servicios prestados durante más de diez trienios con alguna canongía. La presidencia de la Caja Insular de Las Palmas, por ejemplo. Pero los nacionalistas se han olvidado de él. De ahí su apuesta por ‘fichar’ a Ignacio González para el CCN.

Algunos creerán que se trata de una nueva torpeza del ‘viejo coronel’ del nacionalismo canario: no en balde, Nacho González ha sido los últimos años la bestia negra de Coalición Canaria, el socio más díscolo y conflictivo con el que han tenido que vérselas los nacionalistas. Incorporarlo al partido de Olarte supone recordar a los que hoy gobiernan que Olarte sigue en sus trece, jugando por libre como siempre. Y esa es una táctica que a Olarte no le ha reportado hasta ahora beneficio alguno, sino todo lo contrario.

Claro que a lo peor Olarte esta jugando a otra cosa: acostumbrado al regate corto y la maniobra de encaje, el ‘viejo coronel’ podría estar haciendo su última puja. Como no se acuerdan de él, él va a recordarnos a todos que aún le quedan algunas balas en la recámara. Una: fichar al ‘gallito’ Nacho y a algunos otros ‘quíqueres’ más del PP de Tenerife. Dos: pasarse con armas y equipo al PNC del profesor García y hacerse con el control de ese conglomerado de ‘damnificados’ y ‘autoexiliados’ de Coalición (Dimas, Fonfín, el propio García Ramos y su equipo mediático, tradicionalmente entragado a ‘los Ignacios’). Tres: presentarse bajo las siglas del PNC en toda Canarias, buscando sobre todo ‘colocar’ alguna pieza en el Senado por las islas periféricas. Una pieza que pueda servir para ‘renegociar’ con Coalición.

La mayoría de los críticos literarios consideran ‘El coronel no tiene quien le escriba’ como el mejor cuento largo de García Marquéz. Personalmente, prefiero ‘La increible y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada’, pero yo no soy crítico, y además siempre he sentido más interés por las historias de mujeres que por las historias de hombres.

Con ‘El coronel’, ocurre que es sobre todo una historia de hombres, y más concretamente de uno, uno que rumia en soledad la esperanza de que el Estado le agradezca los servicios prestados en una lejana guerra: los valores principales del alegato sobre la dignidad del coronel silente son básicamente valores viriles. Frente a la decencia pétrea del coronel, frente a su hambre de héroe, García Marquez contrapone la absoluta desesperación de su pobre y desolada mujer. Confieso que siempre me resultó más creíble el personaje de la ‘coronela’ que el coronel mismo. Algo parecido me ocurrió cuando Arturo Ripstein convenció a Marisa Paredes para que protagoniara su particular revisión cinematográfica de ‘El coronel’. Creo que la historia central que nos cuenta Ripstein con los personajes de Gabo es la de dos mujeres, la de la madre del difunto Agustín, el hijo pendenciero y ‘gallómano’ del coronel, y la de la amante puta, un magnífico personaje añadido en el film y que ni siquiera asoma el lomo por las páginas de García Marquez.

En cuanto al coronel, su historia es la de un hombre que se resiste a aceptar que la vida se ha acabado para él. El gallo luchador heredado de su hijo Agustín representa la única oportunidad de salir de la nada a que ha sido conducido por el olvido de los demás. Una historia tan vieja y repetida que resulta patético encontrarle el vuelto.

Sin embargo, Lorenzo Olarte lo ha logrado: preterido por Coalición Canaria tras su injusto aparcamiento de la carrera por la Presidencia del Gobierno, Olarte se resiste al abandono y el olvido. No es diputado regional, ni es presidente de Coalición… es apenas caudillo discutido de un partido que prácticamente no existe, como se atreven a recordarle (y recordarnos a todos) algunos de sus propios afiliados más lenguaraces. Olarte es hoy en la política canaria apenas una sombra de lo que fue. Y es así por una confluencia despiadada de factores, entre los que los errores del propio Olarte en esta última etapa no son precisamente los menos determinantes: Olarte no quiso aceptar la presidencia de Coalición Canaria cuando se la ofrecieron, ni quiso aceptar el puesto de candidato a la alcaldía de Las Palmas desde el que habría ganado la ‘legitimidad moral’ para seguir en primera línea. Prefirió adoptar una actitud de herida dignidad y forzar la quiebra de su propio partido -ese CCN que al decir de Paula Monzón está ya muerto- sin tener el valor de apartar realmente a quienes pensó que le habían traicionado. Apoltronado en esa postura cínica, Olarte participó en la campaña electoral desde su casa del Monte Lentiscal, poniendo todas las piedras que pudo en el camino de sus colegas de Coalición. No se lo han perdonado, desde luego. Y menos que nadie quienes ahora se hacen los nuevos y ‘reinventan’ viejas lealtades.

Tras las elecciones, Olarte intenta volver por sus fueros. Su renuncia a la Presidencia del Gobierno de Canarias a favor de Román Rodríguez no fue una renuncia a todo: se hizo más por cálculo que por convición. Olarte no está dispuestro a dejar de ser en la política regional. Esperaba que Coalición le reconociera los servicios prestados durante más de diez trienios con alguna canongía. La presidencia de la Caja Insular de Las Palmas, por ejemplo. Pero los nacionalistas se han olvidado de él. De ahí su apuesta por ‘fichar’ a Ignacio González para el CCN.

Algunos creerán que se trata de una nueva torpeza del ‘viejo coronel’ del nacionalismo canario: no en balde, Nacho González ha sido los últimos años la bestia negra de Coalición Canaria, el socio más díscolo y conflictivo con el que han tenido que vérselas los nacionalistas. Incorporarlo al partido de Olarte supone recordar a los que hoy gobiernan que Olarte sigue en sus trece, jugando por libre como siempre. Y esa es una táctica que a Olarte no le ha reportado hasta ahora beneficio alguno, sino todo lo contrario.

Claro que a lo peor Olarte esta jugando a otra cosa: acostumbrado al regate corto y la maniobra de encaje, el ‘viejo coronel’ podría estar haciendo su última puja. Como no se acuerdan de él, él va a recordarnos a todos que aún le quedan algunas balas en la recámara. Una: fichar al ‘gallito’ Nacho y a algunos otros ‘quíqueres’ más del PP de Tenerife. Dos: pasarse con armas y equipo al PNC del profesor García y hacerse con el control de ese conglomerado de ‘damnificados’ y ‘autoexiliados’ de Coalición (Dimas, Fonfín, el propio García Ramos y su equipo mediático, tradicionalmente entragado a ‘los Ignacios’). Tres: presentarse bajo las siglas del PNC en toda Canarias, buscando sobre todo ‘colocar’ alguna pieza en el Senado por las islas periféricas. Una pieza que pueda servir para ‘renegociar’ con Coalición.

En fin: Olarte no tiene quien le escriba, nadie se acuerda de que existe. Pero al menos se ha buscado un buen ejemplar de pelea. Uno con el que espera volver a la gallera.