Menos mal que se acabó

Este es un país de papanatas. Y los más papanatas, esa cuerda de periodistas del corazón, tertulianos de las tripas y portavoces del cuché que están exprimiendo el inevitable fallecimiento de una reina anciana como el acontecimiento del siglo, dedicando a la difunta ríos de lágrimas, cataratas de tinta e hipos de compungido abatimiento. No entiendo yo tanto dolor por la pérdida de una señora que llevaba ya al menos dos décadas reinando de prestado. Menos mal que ya la enterraron, a ver si esto remite. 

Somos un pueblo bastante ridículo, capaz de masacrar a nuestros propios monarcas y de aplaudir a rabiar a los ajenos. Tiene eso que ver con una vieja actitud muy española, que es la de considerar lo nuestro de menor valía, calidad o enjundia, apreciar lo ajeno, idolatrar lo extraño y extranjero, ya se trate de naranjas de la china, zapatos italianos, vinos o quesos franceses o monarcas británicos. 

Para un país que ha depuesto dos monarquías a las bravas, y va camino de cargarse la tercera, este amor por el supuesto glamour de la Casa Windsor se me antoja bastante aldeano, más propio de súbditos que de ciudadanos. No digo yo que Isabel fuera una mala soberana, en casi ochenta años de reinado le tocó ser testigo y a veces incluso parte de la historia, pero eso, más que un mérito, es mera circunstancia. 

Si la doña logró aguantar hasta convertirse en reina uva pasa, un objeto de recuerdo de su propio jubileo, fue más por su tendencia a no hacer absolutamente nada (ni siquiera renunciar para que reinara su hijo) que por aciertos demostrados y constatables

Con la muerte, hasta el más ruin y malvado se agiganta y ennoblece, pero lo de Isabel es otra cosa. Después de días y más días de fastos funerarios, que el común tertuliano siga gimoteando por su óbito es más un hábito de nuestra fanfarria nacional que otra cosa. Como lo es también ese deicidio previo desatado contra su vástago, casi cono una respuesta al monarquismo imperante: “que buena era la reina y que malo el hijo Carlos.” Es como el reverso de aquella otra sentencia castiza que ahora encandila a nuestros republicanos de corte: “que gran rey el rey Felipe para ser hijo de quien es”. Paparruchas. 

El mayor mérito de esta reina que se ha ido fue durar. Y su mayor demérito también.  Su hijo Carlos es el producto inevitable de la educación de la casa, sus manías, caprichos, veranos en Balmoral e inacabables nubes de leche sobre el té amargo. La fortuna inabarcable del antiguo heredero Carlos, hoy multiplicada por mil, es la demostración de que nuestra monarquia, en esto de amasar riquezas es más zarrapastrosa que alguna cooperativa sindical de viviendas. Lo justo para pagarse algún pendón aristo de tercera fila, cacerías paquidérmicas y un apartamento de soltero en Abu Dabi. Nada que ver con el catálogo de aquilatados joyones, caballos y otros marciales sementales con pedigrí, barcos reales financiados por la Navy, palacios y castillos en cada pueblo que se precie y una sastrería tan hortera como very expensive

Sí, se me nota, y no voy a disculparme: me cae más bien mal esta gente tan estirada. Esta monarquía que hunde sus raíces en la Edad Media es la monarquía dueña de Gibraltar y sus bancos opacos, la que limpió Norteamérica de nativos para hacerse sitio, la que financió a Bolivar, destruyó la India del millón de aldeas, nos lleno de oprobio y falsedades la Historia de España, fue derrotada en Tenerife, y levantó al derrotado un himno pétreo en la mejor square del imperio, que aquí no tienen ni el general Gutiérrez ni Blas de Lezo. Y la que se sacó las tripas en las guerras civiles de las Rosas, cortó femeninas testas consortes sin necesidad de una revolución contra los reyes, y creó una religión para que un rey pudiera folgar sin esconderse.

Que quieren que les diga: los franceses me caen bastante mejor. Cuando se ponen a cortar regias cabezas no se preocupan tanto por lo del género.