Marielitos

Miami, octubre 1985: todo el que conoce algo la ciudad tiene sus propias experiencias. El disc jockey Pedrito, hijo de un financiero, me habla de la familia latina que compró la casa de la esquina y luego se gastó dos millones de US dolars en equipos de protección; recuerda también el día en que estaba paseando y se encon­tró un coche estacionado en una curva cercana a su casa, con dos hombres muertos dentro. Y el día que su hermana entró en un probador de un almacén de ropa en Dodeland Plaza para probarse un conjunto de dos piezas y descubrió un cargador de municiones oculto bajo el taburete.

Pero no siempre fue así: durante mucho tiempo, la ciudad supo convivir tranquilamente con el negocio. Incluso las amas de casa angloparlantes de West Kendall ganaban doscientos mil dólares al año como corredoras de fincas, sin preguntar ni por asomo a sus clientes hispanos cómo conseguían dinero para cambiar de casa cada seis meses. Con el río de dinero de la droga, todo el mundo era feliz y nadie hacía preguntas indiscretas. A fin de cuentas, Miami ha tenido siempre un lado oculto: se cuenta que la Mafia poseía una buena parte de Miami Beach, se sabe que Meyer Lansky (el viejo judío cabroncete de la segunda parte de ‘El Padrino’) controlaba las operaciones de la canalla cubana en los años cincuenta desde su base en la ciudad. Los periódicos hicieron su agosto durante años desvelando otras conexiones, como la que relacionaba el dinero de la droga con la ascensión del poder político americano-cubano en el sur de Florida, o las turbias insinuaciones que relacionaban a exiliados y mafiosos cubanos con los Kennedy, con Bahía de Cochinos y con Grassy Knoll.

Enterarse de que el vecino de uno estaba vinculado al negocio resultaba casi divertido, porque el negocio era todavía un negocio limpio, incruento, tranquilo. ‘Esos cubanos’, por muy mafiosos que fueran, eran gente tranquila y colocada, gente que hacía meriendas con hamburguesas en sus patios. Con ellos se podía hablar de béisbol, y con sus mujeres intercambiar recetas de cocina.

Fue entonces cuando se produjo el desembarco del Mariel, la importación política de más de veinte mil ‘delincuentes profesionales’ enviados por Castro ‑así los denominó la policía‑, junto a los otros cien mil exiliados cubanos para los que la ciudad no estaba preparada. A muchos los alojaron durante semanas y hasta meses, primero en el estadio de Orange y luego en campamentos provisionales. Pero un día de 1980, la capital hispana de América, la ciudad más rica del Sur, la tierra de las oportunidades y el dinero facil y tranquilo, no dió abasto para todos. Y entonces empezaron los tiros.