Los malos, los buenos y los que se la pisan

Román Rodríguez tiene razón, en que hay malos. Y también hay buenos. Sin duda alguna, el consejero y yo no estamos de acuerdo en quienes son los unos y quienes los otros, pero me aceptarán que eso es cuestión de lo que piense cada uno. En lo que no tiene -y es algo objetivo- razón ninguna Román Rodríguez en es eso que dijo ayer, en la misma rueda de prensa en la que habló de los malos, sobre que esto de no presentar las cuentas es un asunto que solo incumbe a su partido. Eso no es cierto: cuando un político incumple  la ley -o cuando lo hace un partido-, pues claro que deja de ser un asunto privado y pasa a ser un asunto público. Y no solo porque no cumplir la ley durante cuatro años consecutivos, escapando a los sistemas de control económico que establece la legislación sobre partidos, no es una cuestión administrativa, o un error disculpable porque el partido no dispone de gente preparada (como nos dijo ingenuamente Carmelo Rámirez en su primera comparecencia sobre este caso), sino porque abre la sospecha de que exista algo que ocultar en las cuentas. 

Yo no voy a señalar a nadie: pero Román Rodriguez tendrá que aceptar que los ciudadanos de Canarias, y más específicamente sus votantes, tengan derecho a pensar que con el dinero que no se ha sometido a control y sobre el que no se da ninguna explicación en cuatro años alguien pueda haber pagado  las cuotas de la hipoteca de un chalé en ciudad jardín, o contratado un estudio para ver si es viable volver a venderle Amurga a Antonio Morales o alquilar los servicios de un diplomático para transmitir a Marruecos que el Gobierno de Canarias está en conversaciones para que el Polisario participe como invitado en las conversaciones sobre la mediana y las aguas territoriales. 

En fin, yo no creo que Nueva Canarias haya hecho nada ilegal con el dinero que no ha justificado, pero si creo que es ilegal no justificarlo, y que las ilegalidades que cometa el partido que preside el consejero de Hacienda son de interés público. Y también creo que el consejero de Hacienda no tiene ningún derecho a tratarnos a los ciudadanos de las islas como si fuéramos tontos del culo.

La cuestión central de este asunto es que el motivo por el que la ley exige a los partidos que sometan sus cuentas al control del Tribunal de Cuentas es exactamente el mismo por el que la Consejeria de Hacienda exige a los empresarios o particulares a los que subvenciona, que rindan explicación documentada de lo que han hecho con esos dineros. Porque en ambos casos -el del dinero que recibe el partido ahora extinto y el del que Hacienda usa para subvencionar proyectos de interés- estamos hablando de dinero público, no de cuartos que a Román Rodríguez y los suyos les han tocado jugando a los ciegos. 

Me pregunto cuál habría sido la reacción de este consejero que ahora nos dice maleducadamente que nos metamos en nuestros asuntos y que dejemos de ocuparnos del caso, si el partido que hubiera escondido durante cuatro años sus cuentas, no contestando a ninguno de los requerimientos del ministerio o de la judicatura, fuera distinto del suyo. Yo les diré lo que habría pasado: Román estaría hablando de corrupción intolerable, de falta de transparencia y de atentado al interés público. No acusando a la Mesa del Parlamento de ser incoherente por recomendar al grupo parlamentario de Nueva Canarias qué a partir de ahora no traspase ni un euro más a Nueva Canarias hasta que la Mesa aclare si puede hacerse o no. La Mesa ha tenido la sensatez de recomendar a los cuatro diputados que aún siguen en el grupo -contando al propio Román- que se abstengan de un proceder que podría ser considerado prevaricación. No es de criticar con soberbia y desdén  a una Mesa que actuó por unanimidad de sus miembros, con la abstención de Esther González, diputada de Román que prefirió no intervenir, sino de agradecerles la solicitud demostrada. En este asunto el consejero de Hacienda vuelve a demostrar su talante asirocado y belicoso cuando algo le incomoda. Porque es su partido quien no ha presentado las cuentas. Su partido, no los otros partidos, que en esto se han portado como los buenos, mientras él lo hacía como los malos. El malo de esta historia es Román, y además tiene una cara que se la pisa.