Lo que nos faltaba

Nos lo tenemos merecido, por consentidores: la alerta se desató sobre las cuatro menos veinte, hora canaria, cuando un objeto luminoso de color rojo vivo sobrevoló el cielo de las islas del osete al este, dejando tras él una estela de humo, para acabarestampándose frente a la costa de Arucas,provocando fuertes temblores en la isla y una gran explosión sobre el mar.   

Era lo que faltaba, lo que todos veníamos temiendo: EL METEORITO. Ya sólo nos queda la invasión extraterrestre, el tsunani y la plaga de pulgas. Está claro que el pedrusco celestial venía con ganas de caer sobre Arucas, ya supondrán ustedes lo que venía buscando. Pero primero se dio el gusto de acongojar a los satauteños, liándola parda por la caldera de Bandama. Hasta se produjo un incendio, y la gente debió pensar que se acercaba el Apocalipsis, aunque luego se vio que el meteorito no tenía nada que ver con el incendio, ni tampoco venía con ganas de arrasar Arucas. Digo yo que los pobres aruquenses no tienen la culpa de que su ex acalde sea mitad cenizo, mitad sombrón, y en el último minuto, un soplo de divina compasión debió desviar unos metros la trayectoria. Escapamos todos por los pelos de los estragos que podría haber causado el bólido sideral si hubiera caído sobre nuestras cabezas. 

Pero pudo pasar. Y por eso yo no me resisto ya a decirlo: no soy supersticioso, no creo en la maldición de las escaleras y los gatos negros, ni en los años de desgracia de los espejos rotos o la desventura por la sal vertida en el mantel. Pero al frente de esta región, permítanme que lo afirme con el debido respeto, se nos ha instalado un gafe. Y no un gafe cualquiera, un gafe del montón, no. Es un gafe poderoso: en los años que llevamos de esta legislatura que por fin se acerca a su fin, Canarias ha soportado la peor etapa de su historia reciente, con una cadena inagotable de catastróficas desgracias: incendios, quiebra de Thomas Cook, confinamiento y pandemía, el volcán palmero… y eso sin contar la desdicha de soportar el dúo dinámico del pacto de las flores, nuestro soberbio don sondeos amañados y nuestra muy querida consejera no es culpa mía. Canarias sobrevive a duras penas a la aviesa combinación de una gestión pública digna de territorio caníbal y a la mala suerte de que nos toque todo lo malo. Llegados a este punto uno se vuelve pesimista: lo único que parece que merece la pena en este reinado gafe es la pasta gansa que –dicen los que dicen repartirla- nos está llegando de Bruselas. Es verdad que yo no la veo por ningún lado, como no sea en los sillones de estreno del Parlamento, la fiesta mediomillonaria de Maspalomas o el reparto munificente de dádivas, canonjías y sinecuras a la alegre tribu de los amigos de toda la vida: vendedores de humo o mascarillas, sociólogos canaristas, convidados fullfree del sindicato olivar o comerciantes de casetas de madera. Pero no hay porqué descreer a los que mandan, si ellos dicen que hay más pasta que nunca, será que la hay, y puede que incluso sea verdad que se está repartiendo. 

Aunque es obvio que por mucho que Bruselas le haya dado a la manivela, ni siquiera cuando llueve torrencialmente se empapa todo el campo. Lo que me preocupa es la próxima desdicha: esa relación inapelable entre la inflación que empobrece a los más pobres, y la tendencia al derroche que se manifiesta en los que controlan el dinero europeo. ¿Será cuestión de tiempo que esto pete? 

Queda así como medio año de legislatura –tiempo de elecciones y palabras afiladas- y aún nos caben un par de gafadas más para redondear la faena: que la guerra de Ucrania agudice la crisis energética y alimentaria, oque la selección la pifie en octavos de final y se nos acabe la única felicidad deparada porestos mezquinos y bastardos tiempos. Si ocurre lo primero, siempre podremos echarle la culpa a la maldad de Putin y jurar en casubio (o kachubo o kashubo) que es un hijo de Putina (María Ivánovna). Pero si ocurre lo segundo, eso sí será una verdadera desgracia nacional. Horror y pavor.

Crucemos los dedos, hagamos abluciones y recemos tres avemarías. Evitemos que el gafe nos muerda de nuevo.