Liderazgos de hoy

Hay estilos y estilos, y en materia de liderazgo partidario hay estilos repetidos. Los militantes tienden a inspirarse más o menos simiescamente en sus líderes, utilizar sus muletillas, repetir sus poses, vestir imitando el atuendo de los jefes. El joven González puso de moda vestir chaquetilla de cuero con corbata, y miles de dirigentes socialistas arrinconaron la pana y le copiaron con alborozo. Cuando Felipe se convirtió en presidente del Gobierno desterró la chaquetilla a actos de partido o de campaña (incluso entonces venían a ser lo mismo), empezó a endosarse trajes bien cortados, y el común socialista hizo lo propio. Las reuniones de la ejecutiva federal parecían encuentros sindicales de vendedores de grandes almacenes, todos de Emidio Tucci, todos con su traje de chaqueta, su corbata y su canesú. Un día se le ocurrió al secretario general meter en un discurso la muletilla “en consecuencia”, y hasta el último fogonero del PSOE la incorporó a sus disertos. Hasta Saavedra, que tenía un estilo propio, muy saavedrino, le copió lo de “en consecuencia”: el Diario de Sesiones del Parlamento de Canarias está plagado de las veces que Saavedra coló ese recurso más o menos copulativo (con perdón) en todas sus intervenciones. Se resistió Jerónimo, sin embargo a usar otra muletilla felipista de largo recorrido: el sevillano iniciaba sus largas peroratas con un rebuscado “en el frontispicio de mi intervención”, una suerte de piranésica evocación que copiaron pepitoriamente legiones de sus seguidores…

Hoy a Felipe González no le imita nadie en el PSOE: es un señor mayor que a los jóvenes y jóvenas [email protected] que hoy hacen guardia para no perder la oportunidad de medrar, les parece mismamente de derechas, quizá porque –muletillas aparte- no habla en el lenguaje cantinflesco, politiqués y tuitero, en el límite mismo de lo insultante, que es hoy la cháchara preferida de los que mandan o aspiran. Hoy, el liderazgo en el PSOE no lo definen las arrugadas formas de la socialdemocracia que cambió este país, sino los gestos patricios de Pedro Sánchez, sus trajes esculpidos más que cortados, su verbo más batracio que impostado y ese culto a la personalidad que le ha convertido en el rey del ordeno y mando. Nunca antes en la historia del PSOE, el partido había estado más sometido a las decisiones exclusivas de un solo hombre. No porque los líderes de antes tuvieran menos amor por la autoridad, sino porque antes en el partido campaban gentes de otra textura, más difíciles de pastorear con la promesa de un cargo, sueldo y coche oficial, o la amenaza de perderlo.

Este estilo de sumisa obediencia al jefe ya contamina sin remedio la mayoría de las estructuras y organizaciones territoriales del PSOE. Por eso hoy los concilios socialistas parecen más bien fiestas con reparto de premios, saraos de conmilitones autocomplacientes, o festivales de fans del que parte y reparte, que son los que se llevan la mejor parte en la Ejecutiva. Es difícil escapar en ellos a la sensación de que la izquierda se entretiene y evapora en gestos y titulares, quizá convencida de que lo importante no es lo que pueda hacerse con el poder, sino lo que puedes llevarte si aparcas un tiempo cerca.

Dicen que el próximo Congreso socialista canario se presenta caliente, porque el secretario general ha decidido montar la ejecutiva regional pasando de acuerdos o cuotas territoriales. Parece que Torres se ha asegurado un equipo de cinco obedientes y ni habla ni negocia con nadie, y que eso tiene cabreados a los de esta provincia de acá, porque esa guardia pretoriana de Torres es toda grancanaria y solo hay un palmero y una de Tacoronte que no les representa. ¿Y qué quieren? Mandar sin nadie que te chiste o te corrija, rodearte de ivanes prescindibles a los que cargar el muerto, condenar al ostracismo a los no serviles… eso justo es hoy el sanchismo como estilo importado: sonrisitas, frivolidad y marketing, soltura para mentir sin torcer el gesto, un tanto de chulería y control absoluto de todas las listas y todos los cargos. De eso se trata.