La ruptura con Argelia

La escalada contenciosa con Argelia -que ayer decidió suspender el tratado de amistad y buena vecindad con España- se ha convertido en una perfecta muestra  de como el Gobierno recurre sistemáticamente a fórmulas de ‘pensamiento mágico’ para enfrentarse al rechazo -sea este nacional o internacional- que provocan sus decisiones. 

Supongo que muchos recordarán las atropelladas declaraciones del ministro de Exteriores, el pasado 22 de marzo, cuando el Palacio Real marroquí filtró a los medios la sorprendente misiva con la que Sánchez ponía punto final a casi cincuenta años de política española en relación a nuestra antigua colonia. Lo que dijo entonces el ministro Albares es que no había que preocuparse por la reacción de Argelia, porque el asunto había sido previamente tratado con ellos. Cuando desde Argel contestaron poniendo al Gobierno español a caer de un camello, nadie se tomó la más mínima molestia de explicar por qué el ministro se había descolgado con una falsedad semejante. Sencillamente, se insistió en el hecho de que las relaciones comerciales con Argelia, principal proveedor de gas a España, no solo no se habían deteriorado, sino que incluso mejorarían, gracias a las buenas relaciones tradicionales. No pasó una semana antes de que el primer ministro italiano, Mario Draghi,  viajara a Argel para cerrar un contrato de abastecimiento de gas que mejoraba sustancialmente las condiciones del anterior acuerdo entre Argel y España. Desde nuestro país se filtró que ese contrato no afectaba para nada los acuerdos comerciales sobre el gas. Argelia replicó sobre la marcha aclarando que ya estudiaba el cambio de las condiciones económicas con las que se proveía a España, para hacerlas más duras. Nuevo mentís (este no oficial) desde Moncloa, asegurando que sólo era baladronadas argelinas, amenazas que no llegarían a ninguna parte. Y ayer, apenas un par de horas después de que Sánchez reiterara en el Congreso su apoyo a la posición marroquí sobre el Sahara, el presidente Abdelmayid Tebune  anunciaba la suspensión inmediata del acuerdo de cooperación suscrito con España hace 20 años. 

El comunicado oficial de la presidencia argelina  asegura que las autoridades españolas han llevado a cabo un “giro injustificable” de su política sobre al Sáhara Occidental, al apoyar la propuesta marroquí de autonomía para los territorios ocupados, que Argelia -como la mayoría de los países- considera “ilegal e ilegítima“,  por ser la base más seria, realista y creíble para lograr una solución duradera del conflicto. La nota de la presidencia argelina es durísima: dice que España viola la legalidad internacional, que no respeta sus compromisos como ex potencia colonial -hoy potencia administradora- y que  contribuye con su cambio de posición al deterioro de la situación en el Sáhara Occidental y en toda la región magrebí. 

Ante el chorreo, Sánchez y los suyos se refugian de nuevo en el pensamiento mágico: proclaman que esta ha ido la gran jugada en política internacional de la legislatura. Solo escuchan sus propios aplausos, el “no pasa nada”, que se repite como un estribillo cada vez que la situación empeora, el “estamos de acuerdo en lo fundamental” con el que Sánchez niega las heridas y cicatrices de su coalición franquestein, cada día más enfrentada y dividida. 

Pero si pasa, vaya, pasa que mienten: Sánchez volvió a repetir hoy los dos éxitos inmediatos que ha aportado su decisión. El reconocimiento de la españolidad de Ceuta y Melilla, y la puesta en marcha de fronteras entre las plazas y Marruecos. Tales éxitos son solo nuevos recursos del pensamiento mágico sanchista: no se han puesto en marcha las fronteras, sólo se ha permitido la circulación de personas, pero no funciona la aduana. Y eso en Melilla. En Ceuta ni existe frontera ni va a crearse. Y nadie en Marruecos, ni uno solo de los míl leales servidores que trabajan en el Majzén,  ha reconocido la españolidad de las plazas africanas. Ni es probable que eso ocurra. Sería como si Londres nos pidiera que Moncloa  aceptara que Gibraltar es territorio británico.

Aunque con este Gobierno de elfos, gnomos y merluzos, quien sabe. A lo peor es el próximo gran giro de nuestra política internacional.