La rubia

Hace algo más de dos años, después de una negociación catastrófica para el PP, que perdió la posibilidad de hacerse con la presidencia del gobierno regional, Asier Antona tuvo que renunciar al liderazgo del partido. Antona había intentado exportar al Gobierno de Canarias, y a los Cabildos y ayuntamientos de las islas, el pacto suscrito por el PP con el PSOE en La Palma. Consiguió hacer prosperar ese acuerdo en La Palma, en Lanzarote y en algún otro lugar, y maniobró para sacar a Clavijo de la Presidencia del Gobierno. Durante un encuentro en el palacete de Ciudad Jardín, reunidos con Coalición, Ciudadanos, los gomeros y Román Rodríguez, comenzó a hablar a gritos y muy enfadado, dando golpes en la mesa y haciendo brincar algunos postres no acabados. “Se equivocan si creen que yo voy a ser un presidente para ir a las procesiones” …“Yo quiero mandar, yo mando, yo mando en el PP y mando donde voy y si no, no voy”… “Si mi partido lo que quiere es colgar una chincheta de color azul en Canarias, que se olvide de eso, yo no me voy a prestar a eso, yo mando en mi partido”… Nadie decía ni pío: la cosa estaba en verdad muy tensa, con todo el mundo pasmado viendo a Antona aporrear la mesa, completamente desatado. Y entonces ocurrió algo absolutamente chusco: cuando Antona comenzó a gritar, María Australia se levantó y se fue a sentar a una silla un poco alejada del salón, a fumarse un cigarrillo mientras el otro seguía con su alegato, muy enfadado y todo el mundo escuchaba al futuro presidente presumir de sus superpoderes. Y fue entonces cuando Antona se dirigió a su compañera Australia (ya se sabía que Coalición la prefería como candidata a la presidencia) y señalándola le dijo: “si yo le digo a aquella rubia que no se mueva no se mueve. Porque yo soy el que manda en mi partido”. Soltó eso, y después se hizo un silencio sepulcral.

Antona nunca llegó a mandar mucho, y la derecha tampoco. El gomero Curbelo y Román Rodríguez (que a aquella reunión dijo haber ido de oyente) prefirieron acampar en el pacto floral. Antona fue discretamente cesado por su partido, consolado con la sublimación percuriente de una patada al Senado, donde aún languidece mientras conspira con su propia sombra. Y a Australia la hicieron provisionalmente presidenta de un PP canario en estado de catalepsia. Ahora desde Génova le han pedido que lo deje, y ella ha obedecido, con la misma determinación militante con la que asumió el trabajo de pacificar un partido condenado por su propio presidente a la oposición. Unas semanas antes de retirarse, un grupo de afiliados sorianos le montó una pequeña revuelta en Gran Canaria, y ella aguantó sin protestas ni alharacas. Ha sido María Australia, en fin, una presidente de transición en el PP, alguien que asumió sus funciones, consciente de que le entregaban un partido muy pero que muy tocado por las alucinaciones de Antona, y probablemente sabiendo que no contarían con ella a la hora de la verdad, porque siempre ha sabido que el panocho Egea juega al regate. Génova prefiere que esta nueva etapa la lidere Manuel Domínguez, alcalde realejero, y el político local más votado de Tenerife. Ella podría haber entrado a la pelea y movilizado la tropa grancanaria. Pero ha hecho lo que suele: retirarse a fumar a una silla cercana cuando las cosas no pintan como a ella le gustaría.         

Los partidos no suelen ser muy agradecidos con quienes actúan con lealtad. Nunca le he encontrado la lógica, pero suelen premiar sobre todo a los que se portan mal y hacen trampas, los que la joroban intencionadamente y alientan el lío y el fracaso. A los sensatos y decentes se les agradecen los servicios prestados con un ‘ahí te quedas’ que significa justo lo contrario, y –si hay suerte- con una afectuosa palmadita en la espalda como despedida. Pero quizá eso no ocurra esta vez: María Australia es la mejor parlamentaria de su partido, una diputada correosa que conoce mejor que nadie en el PP el trabajo en Teobaldo Power, dura como el pedernal en la oposición y generosa con los otros cuando los suyos han estado en el Gobierno. Una mujer capaz que ha sido portavoz del grupo parlamentario en tiempos de dificultad, y lo ha hecho bien. Es probable que Manuel Domínguez –un político local, práctico y sin complejos- nos dé una sorpresa con la rubia.