La pérdida

La pérdida por situaciones catastróficas -y su aceptación- tienen sus propios ritos y protocolos. Es un proceso psicológico conocido, que no aparece inmediatamente en las personas afectadas por una gran destrucción de sus bienes y propiedades –guerra, inundación, terremoto…-, sino con el paso de los días. Al principio, el choque que se recibe es tan fuerte que incluso nubla la percepción de la magnitud de lo que ha sucedido. Algunas personas se instalan en un estado de incredulidad. Ocurre sobre todo en los casos en los que la pérdida material va también acompañada –como sucede en guerras o grandes desastres naturales imprevistos- por la muerte de familiares o personas próximas. En La Palma –afortunadamente- la erupción era esperada, y –sobre todo- no se produjo en una zona urbana o muy densamente poblada. Gracias a eso, y a la rapidez en la evacuación ante los previsibles efectos de la colada, no se han perdido vidas humanas. Hasta hace algunas décadas, probablemente los palmeros habrían evitado construir en las cercanías de Cumbre Vieja y el dorsal volcánico de la isla. Pero el recuerdo de Teneguía, hace 50 años, o más aún el recuerdo vicario del volcán de San Juan, a mediados del siglo pasado, pesan ya muy poco en la memoria colectiva. Hasta hace un par de días, cuando la gente comenzó a percibir la magnitud del destrozo que producirá este nuevo volcán, Teneguía –a pesar de la pérdida de los cultivos de vid, de algunas pocas viviendas y de una playa ya recuperada- se recordaba casi como el regalo mágico de unas cuentas fanegadas de tierra ganadas al mar.

Pero lo que está ocurriendo ahora no tiene que ver con eso: a pesar de la velocidad a la que se olvidan hoy los acontecimientos, este volcán será recordado como un volcán dañino y destructivo que hizo perdurar  en la isla sentimientos de miedo, desolación y pérdida.

Al principio, esas perdidas se miden en bienes, incluso en capital: tanto por una casa destruida, tanto por los muebles y enseres, tanto por la cosecha arrasada, tanto por las futuras oportunidades perdidas, por la inversión arruinada, por la tierra cubierta por el malpaís… Es posible que así –cuantificándola y buscando reparación en las indemnizaciones del consorcio- logren superar lo ocurrido a sus viviendas y propiedades los más jóvenes, pero para los mayores, para quienes no tienen ya tiempo de reescribir una vida en espacios a descubrir, con nuevos vecinos, hábitos distintos y amaneceres diferentes, será mucho más difícil. La pérdida de la vivienda no se compensa con otra vivienda, no es algo que pueda ser resuelto con el dinero que aporte el Gobierno de Canarias –esos ridículamente escasos dos millones de euros de los que ayer hablaba el consejero Franquis-, o con lo que pueda llegar a aportar la solidaridad europea o el Gobierno de España, si su compromiso no se apaga con el último telediario que retrasmita la última fumarola. Para los mayores, la mayor pérdida de este desastre va a ser el desarraigo que provoca, un desarraigo que ni todos los recursos del mundo pueden evitar, y que se asienta sobre el dolor por lo perdido –en este caso los espacios de la vida ya vivida- y por la desubicación, la ruptura obligada con la tierra donde uno se crió, una tierra que ni siquiera puede ser incorporada al presente, porque en el presente ya ha dejado de existir, sepultada por la escoria. Cuando esto pase, veremos mucha gente –sobre todo ancianos, o personas con vínculos recios con su legado- volver a los restos de lo que fue suyo –incluso si apenas quedan unas paredes en pie- y aferrarse al pasado. Las administraciones tienen que atender y reubicar a la gente lo mejor posible, y hacerlo cuanto antes mejor. Pero tendrán que ser los propios palmeros, la gente de El Paso y Los Llanos, quienes reconstruyan sus vínculos y superen sus pérdidas después de este monumental mazazo.