La espantada

Supongo que habrá mucha gente entusiasmada con la decisión del Museo Rodin de dar plantón al proyecto de establecerse en Santa Cruz. Probablemente los más activos en su entusiasmo, los que más apasionadamente celebren la decisión del Museo, no sean los que con buena voluntad han discrepado legítimamente de la conveniencia de un proyecto quizá demasiado ambicioso para esta ciudad de provincias, sino quienes han convertido una apuesta de política cultural –acertada o no- en una guerra sin cuartel. Una guerra dirigida  no ya contra los gestores de la cultura municipal (si es que se puede hablar de cultura local sin sentir un poco de bochorno), sino especialmente contra el propio Museo parisino, convertido en los últimos días en las redes sociales y plataformas mediáticas, en trasunto mafioso de todos los trapicheos habidos y por haber en el mercado del arte, e incluso –en un desmelene insensato- contra la figura histórica del propio escultor, Auguste Rodin, contra el que no han faltado todo tipo de disquisitorias inflamadas e inquisitoriales. Resulta cuando menos chocante que los mismos imbéciles que han estado alentando –exigiendo, diría yo- la inmediata censura cantada de las murgas del Carnaval a todo el proyecto, cuestionen sin rubor la indiscutible grandeza de uno de los escultores más influyentes de la historia, para poder oponerse a un proyecto que no comparten.

Es como si en estos últimos años se hubieran perdido todos los límites del decoro, y la política fuera suficiente excusa para dejarse arrastrar no ya al aldeanismo –algo que nos define mucho más de lo que creemos- sino incluso a la negación militante de la verdad. Porque, guste o no a los asirocados, el nombre de Rodin es reconocido universalmente como el del artista que llevó la escultura clásica a la modernidad. Rodin es hoy, a pesar de los años trascurridos desde su muerte, el escultor más reconocidos del mundo, con fundiciones de ‘El Pensador’ y otras de sus obras fundamentales en las capitales más importantes del planeta. Rodin fue el primero de los escultores que renunció al realismo clásico y experimentó con un uso completamente nuevo de las texturas, las luces y sombras y los detalles para transmitir su voluntad de crear sensaciones. La forma en que su obra revolucionó el arte y logró transmitir la emoción interior, el dolor, el sufrimiento, el desconcierto ante el nuevo mundo, provocó un punto de inflexión, hacia el modernismo y abrió la puerta al trabajo de otros grandes, como Brancusi, Giacometti, Moore o Louise Bourgeois. Pero eso, a esta panda de belicosos analfabetos que tienen que ciscarse en un gigante del arte para poder defender su inexistente enfoque del hecho cultural, les importa mismamente una higa. Como tampoco les sacará de su sinrazón la decisión fulminante e irrevocable de la dirección del Museo de mandar a esta ciudad y su griterío al carajo y poner tierra de por medio. Por supuesto no demuestra nada que renunciarán a esos millones que –según nos dijeron a coro- habían movido la avaricia cuando no algo incluso peor, de un grupo de directivos que andaban buscando embolsarse la pasta a cambio de cuatro copias pequeñitas y unos pellejos de yeso.

Sospecho que la pandilla de siempre estará satisfecha de haberlo logrado tan pronto: hoy se gobierna a golpe de redes, se cambia el mundo en Change.org, y la única opinión que se escucha es la que acusa a otros de cometer delitos o vilezas. En vez de reclamar al Ayuntamiento que este asunto contara con consenso público, con la debida transparencia y con un proyecto detrás que pudiera –salvando las distancias que haya que salvar- suponer para Santa Cruz la dinamización cultural que para Bilbao trajo la construcción del Guggenheim, también demonizado en su momento por el sector más radical de la sociedad vasca, aquí lo que se ha hecho ha sido la misma operación que en Tindaya, el ‘todo o nada’ que define la naturaleza perversamente irracional de todas nuestras polémicas, especialmente las culturales. Pero el Museo Rodin es un instituto del Estado francés, y lo que teníamos enfrente es un país que no juega tan alegremente como se juega aquí con el prestigio de los suyos. 

Otra oportunidad perdida, una más, en una ciudad donde la cultura sigue siendo asunto de élites, gente de la administración y jubilados con tiempo libre. No aprendemos. Espero que al menos se gasten los cuartos que iban a poner para arreglar el edificio y los jardines del Viera y Clavijo. Otra vergüenza agusanada desde hace más de una década.