JB

Decía Oscar Wilde que simpatizar con las penas de un amigo es mucho más sencillo que simpatizar con sus éxitos, y es absolutamente verdad. Ayer la Asociación de la Prensa de Tenerife (la gente que representa al gremio) homenajeó a Jorge Bethencourt, compañero de años en estas lides, y además compadre en cuatro periódicos por los que ambos hemos ido pasando, primero como director él de uno, luego como director yo en otro, y después como plumíferos del montón los dos. Antes de ser compadres de prensa escrita fuimos conocidos, socios, adversarios, nuevamente compañeros y lo cierto es que –por esas razones inexplicables que la razón no es capaz de explicarse- siempre amigos, lo cual no quiere decir que siempre nos hayamos tratado como en teoría suelen hacer los amigos. Entre periodistas, ser amigo de alguien no impide que alguien te pise la chancla al primer descuido, te venda una moto a ver si picas, o te bautice inmisericorde y públicamente con nombretes como ‘osteogodon’ que es el nombre de un dinosaurio que ni siquiera existe. A pesar de eso y de otras pequeñas traiciones más o menos mundanas que nos hemos profesado en cuarenta largos años de relación ininterrumpida, JB y yo nos toleramos lo suficiente como para haber convertido la rutina de desayunar juntos todos los días laborables de los últimos diez años en una costumbre placentera. Ahora, además de compartir periódico, compartimos antena en Radio Club, y salimos del trabajo siempre juntos y siempre a la misma hora. Yo, de siempre numerario de la Santa Cofradía del Puño Cerrado, descubrí hace años que a JB le gusta pagar siempre el desayuno –el suyo, el mío y el de cualquiera que se siente con nosotros- y ya me dirán ustedes quien soy yo para llevarle la contraria. Esa costumbre suya rumbosa, y el ser JB una fuente permanente de ingenio, ocurrencia y sabiduría, nos ha convertido en una pareja de hecho bastante reconocida. Compartimos historias bien distintas, pero muy cercanas: detestamos con fiereza a la misma gentuza, y nos gusta presumir de logros y merecimientos más o menos exagerados, sumados con el pasar del tiempo. JB siempre ha sido brillante, ocurrente, ingenioso y desparpajado (a pesar del apellido tengo para mí que por sus venas corre sangre andaluza), y yo siempre lo he envidiado por esa habilidad suya para ciscarse en todos sin que nadie se le moleste demasiado. Envidio también, y eso es la primera vez que lo confieso, que siga llegando a la radio en moto, él que es un par de años más viejo que yo, aunque parezca justo lo contrario, y envidio mucho –eso no es ningún secreto- que todo el mundo todo el mundo todo el mundo –incluso los que tienen cuentas que saldar con él- le aprecie sin disimulo. Es el suyo un caso extraordinario de periodista sin enemigos, ni mucho menos enemigos grandes. Podría decir algunas cosas más de este lerenda, incluso intentar explicarles porqué carajo la Asociación de La Prensa ha decidido condecorarle en vida con algo tan rancio como un premio con nombre patricio, como se hacía en los tiempos del cantón de Cartagena.

Pero eso no viene al caso. Si viene que ayer no pude ir a su homenaje o lo que fuera, porque estaba yo haciendo el idiota en otra cosa. Por supuesto que me excusé, pero confieso que me alegré de tener amparo para el escaqueo. No porque no me apeteciera aplaudirle, escuchar el sentido recitado de su cursus honorum que le dedicó Chicha Arozarena y tomarme luego un par de tragos sin necesidad ninguna. Me alegré porque hoy, en el desayuno, podré por fin presumir de haber hecho algo que él también habría querido hacer y no hizo. En fin, por acabar esta tira sin repetirme, voy a contarles algo básicamente intrascendente. Cuando yo era muuuuy joven publiqué un libro en el que salía en la solapa bien repeinado (tenía pelo entonces, encima de la cabeza) y acariciando como a mi gata (Isabel, se llamaba) y él escribió una columna muy simpática, ingeniosa y precisa que tituló algo así como ‘Un tipo con un gato’ en la que alababa mi impostada pose de Corleone mucho más que mi libro, o eso me pareció. Desde entonces siempre he querido hacer lo mismo, devolverle aquél cumplido suyo por peteneras, y esperar además a que me pague sin rechistar el cortado. Y si algún lector pensaba que tendría hoy la decencia de hablar de JB, de su discurso de agradecimiento con las manos en los bolsillos, y no de mis tres mil desayunos con él, ya sabe lo que hay. Él es de Güímar: café con leche (a veces dos) y pulga secreta al colesterol. Yo siempre descafeinado, de máquina y con sacarina.